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    Tres inéditos de Jorge Pérez Cebrián (Poesía española) – Circulo de Poesía

     

     

    Jorge Pérez Cebrián (Requena, 1996) ha trabajado como gestor cultural, profesor en talleres literarios y como conferenciante acerca de la historia de la poesía universal. Actualmente reside en Requena, Valencia. Participa ocasionalmente en revistas literarias como​​ 21veintiúnversos, Anáfora, Estación Poesía o Zenda,​​ entre otras.​​ En​​Madrid,​​ en 2019, da a la imprenta su primer libro,​​ La voz sobre las aguas​​ (Valparaíso, 2019). Su segundo libro​​ La lumbre del barquero​​ (OléLibros, 2021), fue candidato al Premio de la Crítica de la Comunidad Valenciana en 2021 y al Premio Nacional Ciudad de Churriana.​​ Recibió​​ el Premio Internacional de poesía Arcipreste de Hita del año 2021​​ por​​ De cuánta noche cabe en un espejo​​ (Pre-Textos, 2022). Tras dos años se le concede el XVI Premio RNE de Poesía Joven – Fundación Montemadrid con su obra​​ Pero nunca los huesos de las aves​​ (Pre-Textos, 2024) obra finalmente galardonada con el Premio de la crítica de la Comunidad Valenciana 2025.

     

     

    Instagram: @jorgepcebr

    Facebook: Jorge Pérez Cebrián

     

     

     

     

     

    ***

     ΑΠΟΚΑΘΙΣΤΏ

     

    Wir sinken auf der Nacht Altar

    Aufs weiche Lager –

    Die Hülle fällt,

    Und angzündet von dem warmen Druck

    Entglüht des süßen Opfers

    Reine Glut.

     

    Novalis,​​ Hymnen an die Nacht.

     

     

    Ahora

    que como cada noche

    imitamos la muerte para invocar el sueño,

    y el suspiro es el aire que se queda,

    y es la sangre del tiempo derramada.

     

    Ahora,

    una vez más,

    miento tu cuerpo

     

    Ahora,

    en silencio,

    desabotono la camisa,

    la doblo con cuidado,

    retiro mis zapatos y los guardo

    ritualmente,

    como un recuerdo.

     

    Callado, sin moverme y sin vergüenza,

    me descubro para sentir de pronto

    como tú,

    que soy el único animal o ángel

    que desnuda su cuerpo con sus manos.

     

    Recojo

    a oscuras esta flor que nadie sabe,

    que es roca de Betel y que es mi vida

    y me pregunto

    qué puede hacer las cosas

    menos sagradas.

     

    Cierro los ojos

    como a la espera de nacer

    de un mundo diluido y ser el mundo

    de un tiempo sin memoria y ser sin tiempo.

     

    Sé que no.

     

    Que no desciende el orden a medida y,

    sin embargo, tu mano

    cabe en mi mano,

     

    la justicia en la boca de los hombres,

    el ancho de los mares y la tierra,

    en los ojos oscuros del jilguero.

     

    Y ahora, despierto,

    como si hiciera del espacio todo

    un cómputo de espera y tacto

    siento la lenta piel que me retiene.

    Toda la vida

    como una forma extraña del olvido.

     

    Ahora que duermes,

    has apartado el velo de tu nombre

    y todo lo que miro ya es sagrado,

    y todo lo que miro, eso eres.

     

    Ahora

     

    el recuerdo y la piel que nos alejan

    tan sólo para hacernos más posibles,

    se prenden y derogan como excusas.

     

    Caen la voz y el ayer como murallas

    a una voz silenciosa de trompetas,

    a los sedosos sellos,

    al trueno detenido.

     

    Y todo sueño, digo todavía,

    es un discreto simulacro,

    igual que cualquier música

    es el himno lejano de una patria

    y más recuerdo aún que una memoria.

     

    Así que, amor, no tengas miedo

    porque nada se teme

    o se ama

    sino aquello que viene o que se aleja.

     

    Pero has apartado el velo de tu nombre:

    todo es sagrado tras tus párpados

    y todo lo que miras, eso eres.

     

    Tomo tu mano una vez más,

    cierro los ojos,

    como si sólo fuera un simulacro.

     

    Pero duermes

    como una flor que arde.

    Y sé que el tiempo acaba,

    pero no importa.

     

    Cierro los ojos

    y mi tiempo

    y mi nombre

    van cayendo.

     

    Pues sólo lo que muere sobrevive,

     

    cierro los ojos y te miro.

     

    Y pienso que esta noche, amor,

    como todas las noches,

     

    el mundo se deshace,

     

    quizá,

     

    para encontrarnos.

     

     

     

     

     

     

     

     

    An die jungen dichter

     

     

    See, they return…

    Ezra Pound

     

    Será el tacto templado de otra carne.

    o el otro y mismo sol de otro verano.

     

    No la roca, soberbia, de la Historia

    ni la plegaria enferma de infinito

    ni la orgullosa voz que miente el tiempo.

     

    Será otra cosa.

     

    Será un páramo azul que ya marchita.

     

    Porque Ellos, los dadores de miseria,

    fatigados de eternidad,

    acaso sueñen.

     

    Y acaso esté ocurriendo ahora,

    que un ser ordene su alma sin permiso,

    que con su idioma ajado

    y un puñado de polvo haga su reino.

     

    Sólo ahora, en este instante,

    acaso ocurra

    que alguien diga a solas lo que acaba

    sin pronunciar su nombre,

    sin perturbar las hojas.

     

    Alguien

    quizá con miedo, con vergüenza,

    con el tacto templado de otra carne

    o el otro y mismo sol de otro verano

    dirá la vida.

     

    Será, al fin, ahora:

    diremos de lo eterno lo que muere:

     

    haremos que los dioses se conmuevan.

     

     

     

     

     

     

     

     

    Una llegada

     

    Y quizá

    todo lo que nos deje el paraíso

    sea este llanto.

     

    Ya se ha alzado la espada ardiente,

    te ha ungido el polvo silencioso.

     

    Así que llora.

     

    Llora mientras nosotros,

    los enfermos de vida, sospechamos

    el calor del paraíso por tu frío.

     

    Habrá tiempo para blandir los nombres,

    otras formas de articular tu llanto

    para ocultar tu vientre,

    para callar de dónde tanto exilio.

     

    Vendrán días para embestir los muros,

    para buscar,​​ como un recuerdo,

    algún regreso al fin de tanta búsqueda.

     

    Llora tu cuerpo al fin, el hueco de tus manos:

    la ansiosa y frágil carne te reclama,

    la luz que fuera tuya y que ya olvidas,

    la terca lejanía de lo simple.

     

    Tú, a quien sólo el​​ no​​ le era atributo,

    te has hecho carne y

    hambre y

     

    sólo tiempo.

     

    Mientras tanto, nosotros

     

    que sabemos del agua por la sed,

    que anduvimos como siguiendo un rastro,

    que vivimos

    como se olvida una promesa,

    que lloramos sin saberlo,

    que soñamos,

     

    nosotros,

    que escuchamos la eternidad a solas,

    en un vacío,

    en el rostro de los suicidas,

    en el silencio

     

    y que guardamos sólo llanto

    y una lejana vida y

    la espada ardiente.

     

    Nosotros​​ te miramos

     

    como esperando en vano tu palabra.

     

    Y mientras lloras,

     

    como tan sólo lloran

    los que saben,

     

    sólo callamos.

     

    Quizá porque ya es tarde

    para saber por fin

    si fue tan dulce como la muerte dice,

    o qué se esconde

    tras la puerta más última del mar,

    si se parece a algo

    aquel júbilo de los ángeles

    o preguntarte cuándo y cómo y,

    si es que recuerdas,

    por qué apartaste

    de nosotros

    tu Mirada.

     

    Pero tú,

    en este lado de la espada,

    caído, ungido por el polvo,

     

    sólo lloras.

     

    Y callamos

     

    porque quizá

    todo lo que nos queda de lo eterno

    sea esta muerte,

     

    y quizá

     

    todo lo que nos deja el paraíso

     

    sea este llanto.

     

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