Tobías “el negro” Dannazio es un invocador y librepensador antioqueño nacido a finales del siglo XX. Se le conoce como novelista por La Mariamulata (2019), su obra más popular, y como ensayista por El Siglo del Diablo/Las Recámaras (2023), su más reciente publicación. Pese a no haber editado su poesía en algún tiempo, en la capital del país se proyecta como poeta lírico, más que como prosista. Sus obras en verso incluyen títulos como Los Necroterios de Sal (2018), la serie Mitopoemas (2019-2021) y sus Poemas Sinceros y Ultra-contemporáneos (2020).
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Respuesta-Abierta
(sobre el Festival “Las cosas son iguales a las cosas”)
Escribo estas opiniones en suscripción a la carta abierta del escritor Sergio Muñoz, que abre un debate necesario en torno a la primera edición del Festival de Poesía de Bogotá.
Lo primero es aclarar que asistí a una serie de eventos divertidos y relativamente variados, que muchas amigas y conocidas leyeron o participaron de otros modos y eso siempre se les agradecerá. Hay un esfuerzo importante y vital en gestar este tipo de espacios y eso nadie lo puede discutir. Que exista un festival de poesía con cierta muestra más juvenil o reciente del ámbito literario es importante para la ciudad y para el panorama cultural de la época, sin embargo, que todas las iniciativas culturales sean nobles no significa que tengamos que ser irresponsables en cuanto a lo que un escritor debe esperar y devolver a la literatura, en función a cierta consistencia ética con los horrores que se ciernen sobre nosotras, a lo que nos agrada y nos gustaría leer y conocer en el siglo XXI, a la necesaria dignidad del oficio literario y, así, a todo lo que podríamos esperar de nuestras obras y de las obras de nuestras colegas y contertulias.
Le debemos respeto a todo lo que podríamos ser, hacer y obtener si fuéramos menos anticuadas y mediocres a la hora de comprender y trabajar los aspectos formales de nuestras obras. No es que tenga algo de malo ser poeta y ser a la vez un chirrete o un vago, pero incluso un vago o un chirrete le debe mucho a su poesía a partir del momento en que decide hacer públicos sus intentos.
Existen dos consignas desagradables que escuché repetirse a lo largo del festival como un eslogan implícito y que me gustaría desmontar o combatir.
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Que la poesía es amistad, es decir, que la poesía es un asunto de popularidad y camaradería y eso es todo.
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Que la poesía no sirve para nada, y que esa es la única razón para seguirla escribiendo.
Ideas lamentables, en parte porque promueven la mediocridad formal e intelectual innecesariamente, y en otra medida, porque desmeritan y denigran los esfuerzos que todas hemos hecho para poder pensar ciertas cosas y vivirlas y escribirlas y publicarlas de ciertas maneras. Pero lo más desagradable es que esta forma de hablar le quita a la literatura todo su inherente poder de transformación de la realidad, reduciéndola a la impotencia generalizada con que aceptamos todas las trampas más ociosas y miserables de la vida neoliberal y el nihilismo posmoderno.
La posmodernidad cultural, entendida aquí como correlato del neoliberalismo, es esta voz que te dice que todo lo que podés hacer es necesariamente poco; que no tenés derecho a que tus actos tengan un sentido que te trascienda, que el cambio profundo de la realidad es imposible, que la innovación y la ética de trabajo son incompatibles con la simpleza, la honestidad y la felicidad de la vida y que a la cultura ya no le queda más que repetir los gestos saqueados del siglo XX hasta desaparecer. Es esta voz que se burla del sentido espiritual y vital que las cosas tienen para vos, que se ríe y te humilla cuando querés gritar que creés en tu arte y que es bueno y mágico y lo amás igual que amás tu comida favorita o tu canción favorita, porque es tuyo y te ha cambiado y te ha valido decisiones de vida y esfuerzo, paciencia y dificultad. Es la voz que te menosprecia cuando exponés la importancia de tu lenguaje personal y la fuerza que te permite compartirlo con otros, y dar algo de tu sangre y de tu vida para hacerlo como sabés que debe hacerse. Se supone que te dicen esto para bajar la literatura del pedestal del absoluto hegeliano, de la camorra política y de la megalomanía que divinizaba el yo del artista. Pero este pedestal se cayó hace mucho, y en lo que se están cagando ahora es en la artesanía, en el valor de la honestidad, no de tu personaje, sino de un trabajo duro que se hace en privado para perdurar, como un zapatero que recose y re-pega porque quiere que sus zapatos no se desarmen a la primera puesta. Estas voces de la irrelevancia y la ignominia se están cagando en el oficio, en el artesanado, en la literatura como un trabajo sucio y constante: una fragua, una minería en las rocas del lenguaje: un ritual de restitución del equilibrio del mundo: una orfebrería del signo y el símbolo hierático.
Cuando Picasso tenía catorce años ya era capaz de pintar retratos realistas al modo barroco, pero le tomó toda una vida aprender a trazar mamarrachos como un niño de diez años. A lo que voy es que las revoluciones formales que acercaron la poesía a lo cotidiano y a lo simple tuvieron valor porque fueron elecciones basadas en la libertad. Había mucho mérito en escribir chiste-poemas cuando Luis Vidales o Nicanor Parra lo hacían, o cuando Carranza y los conversacionales acercaron su poesía al ritmo de la jerga de calle, pero este mérito radica en que estos escritores también dominaban y comprendían las formas tradicionales de la poesía. No es lo mismo escribir poemas en chiste y en verso libre pudiendo optar por escribir sonetos endecasílabos, que escribir poemas callejeros y en chiste porque uno no es capaz de escribir nada más. El sentido de las revoluciones formales ha sido tergiversado, al punto de que ahora sería más genuino y aportante que alguien volviera a escribir versos rimados con métrica, a que alguien intente convertir el post de redes sociales en el único género literario posible, porque eso ya se hizo, eso ya pasó y no nos trajo nada bueno (ni nada malo): no nos trajo nada en realidad. Creo que por eso ahora apreciamos más a los raperos que a los poetas, es porque sabemos que los raperos siguen trabajando la lírica como antaño, con rigor, con sudor y sangre traducidos en una fusión orgánica de personalidad, melodía, prosodia y ritmo. Los poetas de ahora, en cambio, son gente que cree que basta
con escribir posts con alguna astucia, o que la poesía es una especie de stand-up-comedy o de concurso de popularidad.
Es chistoso ir a un festival de poesía en que todos se jactan de estar dando un salto generacional y de estar dejando atrás los viejos modos y renovando o demoliendo no sé qué cosas del canon, pero todo lo que uno escucha y lee es simpleza mental y vanidad intimista desperdigadas en un material ausente de experimentación, de peligrosidad política; un material inofensivo, pacato, temeroso de los dioses antiguos, de la suntuosidad del pensamiento abstracto y de la poderosa matriz de extrañeza formal que lo altera todo; un material poético completamente apegado a un tipo de modernidad formal que ya se sentía trasnochada desde que Ginsberg y los demás beatniks gringos la instituyeron a finales de los cincuenta del siglo pasado.
Decir que la poesía es amistad es volver a la misma sobadera de sacos y el mismo proselitismo para lagartos del que tanto nos quejamos. Parece que todos cumplieron treinta y tantos y tuvieron crías y ahora quieren ser un Jotamario Arbeláez (o un Jotamario Valencia) o cualquiera de esos payasos nadaistas que nunca se ocuparon en mejorar como escritores, que hicieron fama saboteando la vieja institución literaria solo para llegar a encarnarla, con todos los mismos vicios y decadencias.
Cuando decimos que la poesía es una tontería y que no tiene valor lo que estamos diciendo es que nuestra poesía es tonta y no tiene valor. Cuando decimos que ya no queda nada magnífico por escribir solo estamos diciendo que nos faltan aspiraciones y trabajo duro.
La poesía no es la vida, no es la supuesta autenticidad del individuo, que ahora vendemos como otro commodity. La poesía es un trabajo duro para desnaturalizar el material verbal, es el proceso de convertir una masa informe de oro lingüístico en un lingote, dándole golpes con la cabeza. La poesía lírica no es el género más libre ni el más fácil, al contrario, es el género más denso y puro, y si yo tengo que convertir una costra de metal en un bloque no creo que lo mejor para lograrlo sea una parvada de mis amigos chirretes haciéndome barra y sobándome el saco. Lo que necesito es fuerza, agua, comida, lectura, pensamiento, voluntad y obstinación: necesito providencia divina, algo de luka y una cabeza dura como un martillo.
Cuando alguien dice que la poesía no sirve para nada o que basta con ser popular en Teusa-chimbo y en Chapi-ñero para ser un poeta contemporáneo, es como si me escupieran en la cara, como si se burlaran de mis esfuerzos y de todas las noches que pasé sorbiendo mocos, arrodillado ante el misterio vertiginoso del verso, del tiempo textual y la conciencia transitoria del lenguaje ante el dolor y la muerte. Es como si no hubiera valido nada descartar una vida más cómoda y estable y los trabajos más rentables para dedicarle mi vida a esto. La amistad es hermosa, pero es una necesidad espiritual, no un logro artístico.
Es además una manera aburguesada, frívola, gomela e insustancial de ver las cosas, que menosprecia el esfuerzo económico que una escribiente pobre debe hacer para lograr sus pequeños éxitos formales, para librar sus batallas contra la sociedad de consumo, contra la misoginia, contra la mendicidad mental de la cultura digital y el dolor general de la consciencia moderna ante las dificultades de la vida de una persona consagrada a las letras.
No solamente es un insulto para quienes tenemos la escritura por vocación y proyecto de vida, sino también para quienes la tienen por pasatiempo o incluso como forma de auto-terapia. Cuando una muchacha de quince años cuenta monedas toda la semana para bajar de un barrio popular al centro y asistir a un recital, a un taller literario, o cuando se gradúa del colegio y opta por una carrera en letras y humanidades que su familia no le puede pagar, y hace todo esto porque algo en un verso de sor Juana Inés le habló al alma de su alma y le dijo que todavía quedaba espíritu y futuro en la belleza inmortal de las palabras, ¿acaso no es un irrespeto y una villanía imperdonable decirle que la poesía es una bobada y que no sirve para nada y que basta con ser amigo de los que hay que ser amigo para ser poeta?
Como dice un poema que leí por ahí, la poesía sirve para todo, expresa lo inexpresable, altera lo que el cuerpo no puede alterar, crea y destruye realidades desde la nada. Los que no sirven para nada son los poetas. Pero que no sirvamos, que hasta ahora no hallamos servido, no significa que siempre deba ser así. Antes los poetas eran esa gente que develaba el pensamiento de los dioses, que buscaba las palabras que congregan a la tribu y que se hacía matar de los tiranos en nombre de la libertad de decir y pensar lo que a uno le dé la gana. Ahora los poetas son una gente chistosa, acomodada, carismática y bonita, como si la literatura fuera un reality show.
Lo único en lo que no estoy de acuerdo con Sergio es el tema de la elección de la Casa de poesía Silva para la inauguración del festival. Resultó el lugar idóneo: un rancho muy grande y lujoso que ya nadie usa y que se está cayendo: analogía perfecta para lo que muchos de los participantes de este festival parecen creer de su propio arte y el de sus amigas.
Toby Dannazio, Medellín, 25-08-25.