Lehane conquista en lo emocional no tanto en lo noir
Tener la novela negra como un aliviadero lector es una estrategia que mantengo permanentemente activa. Cuando me canso de lecturas sesudas, cuando pierdo algo de ritmo, cuando he experimentado demasiado y necesito historias bien construidas que me lleven de la mano (aunque me den rodeos) por la trama, entonces recurro a la novela negra. A veces con Camilleri, y otras veces, si quiero algo con más sustrato, me siento con Dennis Lehane. Aquí ya hemos reseñado Ese mundo desaparecido y Golpe de gracia. Y ahora os traigo su novela más laureada, Mystic River, publicada originalmente en 2001. Yo tengo la edición de 2021 de Salamandra (Penguin Random House). Muchos conoceréis la novela por la adaptación cinematográfica de Clint Eastwood. Pero leed esta reseña antes de ir corriendo a Netflix.
La narración arranca una mañana de 1975, cuando un coche se detiene junto a Dave Boyle, Sean Devine y Jimmy Marcus. Son demasiado pequeños para imaginar que su destino va a cambiar de forma irremediable. Dos hombres que pretenden ser policías hacen subir a Dave al vehículo con el pretexto de llevarlo a su casa. El chico aparecerá cuatro días después, pero nunca llegará a saberse qué ha pasado durante ese tiempo. Veinticinco años más tarde, Sean trabaja como detective de homicidios, Jimmy es un expresidiario que regenta un pequeño comercio y Dave está intentando salvar su matrimonio mientras mantiene a raya a sus fantasmas, que lo impulsan a hacer cosas horribles. Cuando la hija de Jimmy, Katie, es terriblemente asesinada, los ecos del secuestro de Dave vuelven a sus vidas. A medida que Sean avanza en la investigación, sus indagaciones harán aflorar un escenario de verdades escalofriantes que lo enfrentan a Jimmy, que intenta tomarse la justicia por su cuenta, y a Dave, que la noche del crimen llegó a casa cubierto de sangre.
La magia de Lehane no está en la construcción o la reconstrucción del asesinato, está en el tratamiento de los personajes infantiles. Es mucho más creíble la parte en la que los protagonistas son niños que en la que son adultos. Es mucho más emocional, los razonamientos y los sentimientos de los niños son más auténticos. Lehane combina emociones epidérmicas como el momento de subirse al coche o las malas decisiones de Celeste, con otras que llegan a hundirse entre el corazón y el estómago, como los remordimientos de Sean y Jimmy, o todo lo que envuelve al pobre de Dave Boyle. La mayoría de mis subrayados están en las primeras setenta páginas, porque ahí es donde está la novela. El asesinato de la hija de Jimmy es una excusa de Lehane para hablar de cómo se agarra a la memoria y a las vísceras un acontecimiento fatal de la infancia. Cómo se puede crecer con un parásito emocional. De eso va el libro. El resto es atrezzo literario.
Lehane brilla en lo visceral. Y eso que el resto está muy entretenido. Mucho más entretenido que en la película de Eastwood, por muchos premios que tenga y por muy bien que lo hagan Sean Pean (como Jimmy Marcus) y Tim Robbins (como Dave Boyle), ambos oscarizados. La película no consigue atrapar la mejor parte del libro, no llega donde llega Lehane, ni a través de esos grandísimos actores. Y la necesaria aireación de la trama, aliviar la compactación de los hechos para poder narrarlos en una película consigue también aliviar la emoción del lector para conocer el final de la historia. Leed el libro y dejad la película para después. Haceos ese favor, priorizar siempre la literatura sobre la adaptación al cine. Al cine a ver cine, no a ver literatura.
¡Nos vemos en la próxima reseña!