No hay mejores cimientos que los literarios
Esta semana voy a recuperar dos temas que suelen ser asiduos al blog, pero que hacía tiempo que no tocaba. El primero va a ser la bibliofilia. El segundo será la muerte del padre (este para la reseña del sábado, estad atentos, librazo). Sobre la bibliofilia hemos leído mucho en este blog. Desde el ya clasicazo de 84 Charing Cross Road de Helene Hanff, hasta Una librería en Argel de Adimi, pasando por La librería de Penelope Fitzgerald (mejor el libro que la peli) y aterrizando en la colección que Periférica lleva labrando durante años en las que destacan Mi maravillosa librería de Petra Hartlieb o La librería ambulante de Christopher Morley (y seguro que ahí más, pero no es cuestión de ser exhaustivo, bucead por el blog). Sin salir de Periférica, hoy os traigo La casa de papel de Carlos María Domínguez, recién publicado en 2025. Y este libro tiene una historia muy bonita, la de una persona que lo lee, se acuerda de mí y me lo regala. No os podéis imaginar la ilusión que me hace eso, y no me lo esperaba. Ahora, más allá de lo que me haya parecido el libro (que os adelanto que me ha gustado), este libro ya es especial para mí. Regalad libros, no son colonias, no son jerséis, son mucho más especiales y duran toda la vida. Vayamos al lío.
Tras una muerte que podría calificarse de libresca, atropellada mientras hojeaba un volumen poesías de Emily Dickinson, Bluma Lennon -profesora de la Universidad de Cambridge- es la destinataria póstuma de un ejemplar de La línea de sombra, de Joseph Conrad. El insólito libro está cubierto de cemento y va a parar a las manos del compañero argentino de departamento que ha asumido las clases de la desdichada Bluma Lennon. Intrigado por el extraño paquete, que proviene de Uruguay, el narrador inicia una pesquisa que lo llevará de vuelta a su continente para ir descubriendo poco a poco qué relaciones azarosas unen la muerte de su colega, el ejemplar encementado y la estela de un misterioso coleccionista de libros -Carlos Brauer- consumido por su pasión. Esta es la trama, pero donde verdaderamente brilla el libro es en la metaliteratura y en las referencias continuas a otras obras, autores y experiencias literarias. Los libros llamados letraheridos tienen esta característica en común; necesitan de una trama, pero no es una trama sino una excusa. Lo que quieren contar es el amor de su autor por los libros. Y ahí tenemos a Conrad y a Dickinson, pero también a Jorge Luis Borges, a Robert Arlt, a Cervantes, a Vargas Llosa, a Balzac, a Neruda, a García Márquez, y a Shakespeare, Vallejo, Kafka y Camus. Todos están dentro. Todos caben y algunos dialogan. Y de fondo hay un amor por el objeto, por el libro, por su lugar en lo sensible y en lo ideológico, por el criterio de selección y por el criterio de ordenación. Por su protagonismo en la vida del lector, del coleccionista y del -en este grupo me ubico yo también- Síndrome de Diógenes literario en particular y cultural en general.
No sé si para disfrutar de estos libritos hay que haber leído mucho. Posiblemente se disfruten más. No sé si para empatizar con el protagonista es necesario tener una librería en casa y volverse loco buscando el criterio de ordenación perfecto. Es probable que esa locura por los libros sea una requisito para adentrarse en esta literatura, que puede sonar vacua a quien no sea un “Diógenes de libro”. No lo sé. Yo he disfrutado mucho de La casa de papel y no descarto que algún día me haga una, aunque espero que no termine como la de Carlos Brauer.
¡Nos vemos en la próxima reseña!