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    Reseña de El jardinero y la muerte de Gueorgui Gospodínov – Leer es vivir dos veces

    Imposible leerlo sin leerme a mí mismo

    No son pocos los libros reseñados en este blog sobre la muerte de un padre. No tengo hecha una etiqueta ad hoc, pero así a bote pronto se me ocurren Mañana y tarde de Fosse, No entres dócilmente en esa noche quieta de Menéndez Salmón, Mi padre el pornógrafo de Offutt o Salvatierra de Mairal. Hoy os traigo El jardinero y la muerte, del escritor búlgaro Gueorgui Gospodínov, publicado originalmente en 2024 y en 2025 en castellano por Impedimenta. Hacía años que no leía nada de Gospodínov. Aún tengo pendiente Las tempestálidas y un libro de relatos, pero ha tenido que cruzarse en mi camino otro libro sobre la muerte de un padre para que me siente de nuevo con él.

    En El jardinero y la muerte, Gueorgui Gospodínov nos sumerge en los interminables meses durante los que, día tras día, vio cómo se iba apagando la vida de su padre. Mientras este moría a su lado consumido por la enfermedad, Gospodínov le sostuvo la mano hasta que llegó el fin. Y aun en su lecho de muerte, para él seguía siendo el más alto, el más guapo, el más amable, seguía siendo su padre: “Se ha consumido, pero para mí sigue siendo el mismo, el más hermoso, el más alto, mi padre”. Entre los campos de fresas de la infancia y el inevitable adiós, Gospodínov teje un relato íntimo sobre el duelo y la memoria, porque como señala hacia la mitad de libro: “Mi padre murió y Mi padre se muere son dos frases completamente distintas. La primera es un hecho, una conclusión; la segunda, una novela”. Y mientras relata esa parte de su vida, el libro va planteando una serie de preguntas para dialogar con el lector: ¿cómo se despide una vida en sus últimos días? ¿Cómo se enfrenta un hijo al derrumbe del héroe que lo protegió? ¿Seguimos existiendo si se va la última persona que nos recordaba como niños? ¿Y cómo afrontamos la ausencia de quienes nos hicieron ser como somos?

    El libro debe ser bellísimo, pues así lo refieren la mayoría de los críticos literarios y de los perfiles de lectores y lectoras que sigo en redes sociales. Sin embargo, yo he tenido un “problema” con este libro. Lo leo y lo llevo todo el rato a mi padre. Lo que coincide con mi experiencia lo destaco (como la filosofía epicúrea -p.44- y en ciertos puntos estoica -p. 104- del padre), lo que difiere casi lo salto leyéndolo en diagonal… Leo buscando no sentirme solo en la experiencia de perder a un padre. ¿Podría haberlo leído de otra forma? No lo creo. Aún así, rescato muchas frases que dejo subrayadas (como por ejemplo “¿De qué hablamos cuando hablamos de la muerte? De la vida, por supuesto, en toda su fascinante fugacidad”) y comparto situaciones como las de acompañarle: “simplemente estaba en el cuarto con él, quizá para compensar todas mis ausencias. Ahora puedo decir, por extraño que suene, que mientras estaba a su lado, sobre todo cuando el dolor remitía, pensaba en lo bonito que era estar juntos. Incluso en esa situación” o en los momentos antes de morir, cuando le decía “tranquilo papá, estamos juntos, estoy aquí, estamos aquí contigo, vete tranquilo (…) hacía de padre para él, adoptaba a mi propio padre, hablaba con sus palabras (…) lo que importaba era aferrarle la mano, él apretaba la mía (…) esto es lo que queda al final, unas cuantas inspiraciones y espiraciones compartidas”. Es durísimo leerlo, es más duro vivirlo, pero es reconfortante no sentirse solo en esa vivencia, encontrar en otro autor, en esta otra vida que es la literatura, experiencias similares. Consuela. También hay reflexiones que no comparto como cuando Gospodínov reconoce que no le perdonará a la enfermedad que haya humillado a su padre; y es que no se humilla a quien lucha hasta el final. No en una enfermedad. Además, he leído en una entrevista que el autor defendía que la mayor lección que deja un padre no es cómo vivir, sino cómo morir. Esa lección está exenta de humillación. Esa lección es pura vida, lucha, humildad, tenacidad, sentido del humor y resignación. Eso es vivir y eso es morir.

    El libro en realidad habla del propio autor. No se puede decir que el duelo sea generoso, “el duelo en realidad es egocéntrico, duelo por uno mismo en un mundo abandonado. Cómo viviré yo sin…” y casi en los últimos compases del libro, Gospodínov mete el dedo en una llaga todavía sangrante -al menos para mí-, “no sé qué hacer con todas las preguntas que irán apareciendo en el futuro”. Eso es lo más duro de perder a un padre; perder el referente, las respuestas esperadas, no siempre las soluciones, a veces eran tan solo orientaciones o incluso contradicciones o excusas para andar en sentido contrario, pero todo eso ahora falta y mi brújula ya no tiene un norte. Ya solo me quedan los libros. Aquí, como ya dije antes, iremos reseñando los que vayan cayendo en mis manos. En este caso, no sé si es el mejor, quizás no, pero da lo mismo. Todos los testimonios, ficcionados o no, sobre una experiencia tan relevante en la vida, son bienvenidos. Y todos nos enseñarán algo. O al menos nos consolarán y serán reconfortantes. Este, sin duda, lo es.

    ¡Nos vemos en la próxima reseña!

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