Sinopsis: «El hermano y la hermana: Una historia italiana» (The Brother and Sister: An Italian Story) es un cuento de Mary Shelley, publicado en 1832 en The Keepsake y recogido luego en el libro Tales and Stories (1891). Ambientado en la Siena medieval, narra la historia de Lorenzo y Flora Mancini, dos jóvenes marcados por el exilio, la ruina familiar y la enemistad entre clanes. Huérfanos y en la pobreza, deciden regresar a su ciudad natal con el propósito de reconstruir su fortuna y recuperar el honor perdido. Allí, Lorenzo deberá enfrentarse al joven conde Fabián Tolomei; sin embargo, una situación fortuita lo arrojará a una nueva desgracia, que lo obligará a confiar el cuidado de su preciada hermana en manos de sus enemigos.

El hermano y la hermana
Mary Shelley
(Cuento completo)
UNA HISTORIA ITALIANA
Es bien sabido que el odio entre familias y las luchas de facciones, que a menudo desembocaban en derramamientos de sangre en las ciudades italianas durante la Edad Media, tan vívidamente descritas por Shakespeare en Romeo y Julieta, no se limitaban a los Montecchi y los Capelletti de Verona, sino que existían con igual animosidad en casi todas las demás ciudades de aquella hermosa península. Los más grandes hombres eran sus víctimas; y multitudes de exiliados —familias que apenas el día anterior disfrutaban de los lujos de la vida y de los entrañables lazos familiares— eran vistos, de tanto en tanto, saliendo por las puertas de sus ciudades natales, despojados de toda posesión, arrastrando con pasos cansinos sus miembros fatigados hacia el más próximo asilo que se les ofreciera, para comenzar desde allí una nueva vida de dependencia y pobreza, que habrían de soportar hasta el fin de sus días o hasta que algún golpe de suerte les permitiera intercambiar lugares con sus enemigos, convirtiendo en víctimas a quienes antes habían sido sus tiranos.
En aquel país, donde cada ciudad constituía un Estado independiente, cambiar de una a otra equivalía a abandonar el suelo venerado como patria y hogar y convertirse en un desterrado —o incluso peor—, pues, como cada ciudad albergaba odio o desprecio hacia su vecina, sucedía con frecuencia que el desdichado exiliado se veía forzado a residir entre un pueblo al que había injuriado o del que se había burlado. El servicio en tierras extranjeras ofrecía una salida a los jóvenes audaces; pero había que dejar la amada Italia, romper los lazos del corazón y dispersar para siempre los dulces vínculos de sangre y de patria. Los italianos fueron siempre especialmente sensibles a estas desventuras. Amaban las murallas natales, las moradas de sus antepasados, los paisajes familiares de la juventud, con todo el ardor apasionado característico de aquel clima.
Por eso, no era raro que alguno de ellos, como el Foscari de Venecia, prefiriese la indigencia y el peligro en su propia ciudad a una precaria subsistencia entre extraños en tierras lejanas; o que, si se veía obligado a abandonar el amado recinto de sus murallas natales, siguiese merodeando cerca, dispuesto a aprovechar la primera ocasión que se presentase para revertir el decreto que lo condenaba a la miseria.
Durante tres días y tres noches hubo combates en las calles de Siena: la sangre corrió en torrentes; y, sin embargo, los gritos y gemidos de los caídos no movieron a sus enemigos a la piedad, sino a sus amigos a vengarlos. En la mañana del cuarto día, Ugo Mancini fue expulsado de la ciudad con un escaso grupo de seguidores: habían llegado refuerzos de Florencia para sus adversarios y él se vio obligado a rendirse. Ardiente de furia, consumido por una impotente sed de venganza, Ugo recorrió los pueblos vecinos para incitarlos, no contra su ciudad natal, sino contra los victoriosos Tolomei. Al fracasar en su empeño, recurrió luego al paso más incierto: buscar ayuda militar entre los pisanos. Pero Florencia mantenía a Pisa a raya, y Ugo, que esperaba encontrar aliados activos, no halló allí sino un refugio sin gloria.
Había resultado herido en aquellas luchas, pero, animado por un espíritu sobrehumano, había olvidado el dolor y vencido su debilidad. No fue hasta que recibió una fría negativa a sus enérgicas gestiones cuando sucumbió bajo el peso de sus padecimientos físicos. Estaba postrado en un lecho de tormento cuando le llegó la noticia de que se había promulgado un edicto de destierro perpetuo y confiscación de bienes contra él. Sus dos hijos, ahora reducidos a la mendicidad, fueron enviados a su lado. Su esposa había muerto y ellos eran los únicos parientes cercanos que le quedaban. Sus sentimientos amargos eran aún demasiado dominantes para hallar consuelo en su presencia y, sin embargo, con el paso del tiempo, aquellas emociones agitadas y ardientes le parecieron un remanente de felicidad en comparación con la pérdida total de esperanza, con la acción corrosiva de la enfermedad y la pobreza.
Durante cinco años, Ugo Mancini permaneció postrado en su lecho, oscilando entre estados de intenso dolor y una debilidad abrumadora, hasta que murió. Durante ese tiempo, los despojos de su fortuna —la renta de una pequeña granja y el uso de un dinero prestado— apenas le sostuvieron. Sus pocos parientes y seguidores se vieron obligados a buscar sustento en otros lugares y él se quedó solo con su dolor y con sus dos hijos, que aún se aferraban a él.
El odio hacia sus enemigos y el amor por su ciudad natal eran los sentimientos que poseían su alma y que inculcó con todas sus fuerzas en la mente receptiva de su hijo, que los absorbía como metal fundido. Lorenzo tenía apenas doce años cuando su padre se exilió, por lo que era natural que se volviera con cariño hacia aquel lugar donde había gozado de toda felicidad, donde cada hora había transcurrido en jovial despreocupación y donde la bondad y la deferencia de muchos lo acompañaban en sus pasos. ¡Qué triste contraste ahora! Una penuria sombría, una soledad sin sonrisas ni halagos, la asistencia perpetua a su padre y los cuidados prematuros proyectaban sus negras sombras sobre su suerte transformada.
Lorenzo era muchos años mayor que su hermana. En el desamparado hogar del desterrado, fue él quien administró sus moderados gastos, quien fue a la vez enfermero de su padre y guardián de su hermana, y quien actuó como cabeza de familia durante la incapacidad del progenitor. Pero, lejos de agobiarlo o minar su espíritu, estas cargas hicieron que su alma ardiente creciera y se engrandeciera, elevándose ante los desafíos a los que se enfrentaba. Su semblante era serio, no consumido por la preocupación; su modo, sereno, no humilde; su voz tenía toda la ternura de una mujer; su mirada, todo el orgullo y el fuego de un héroe.
Aun así, su desdichado padre se consumía, y las horas de Lorenzo transcurrían enteramente a su lado. Era inagotable en sus atenciones: el cansancio nunca parecía alcanzarle. Sus miembros siempre estaban alertas y su palabra era alentadora y amable. Su único pasatiempo era escuchar los elogios de su padre a la ciudad natal y la historia de las afrentas que los Mancini habían soportado de los Tolomei desde tiempos inmemoriales. Lorenzo, aunque colmado de nobles cualidades, era también italiano, por lo que el amor ardiente por su patria y el odio violento hacia los enemigos de su familia se convirtieron en las pasiones predilectas de su corazón. Alimentadas en soledad, estas pasiones cobraron fuerza, y las noches que pasaba velando junto a su padre se alternaban con meditaciones sobre la carrera que habría de seguir: su regreso a la amada Siena y la venganza que tomaría sobre sus enemigos.
Ugo solía decir: «Muero porque soy un exiliado». Y al fin estas palabras se cumplieron: el desdichado hombre sucumbió bajo los males de la fortuna. Lorenzo vio expirar al amado padre —aquel padre al que había querido como una madre ama al hijo enfermizo que conduce desde la cuna hasta su temprana tumba de cinco años—. Parecía depositar en aquella tumba oscura todo lo que más merecía reverencia y honor en el mundo; y, apartando sus pasos, lamentaba la triste ocupación de tantos años y deploraba el trueque que hacía del lecho de su padre a una libertad solitaria y sin precio.
El primer uso que dio a la libertad recién adquirida fue regresar a Siena con su pequeña hermana. Entró en su ciudad natal como si fuese un paraíso, y la encontró un desierto en todo, salvo en los tintes de belleza y deleite con que su imaginación se complacía en revestirla. No había allí un solo amigo al que pudiera acercarse con confianza. Según la bárbara costumbre de los tiempos, el palacio de su padre había sido arrasado, y las ruinas luctuosas se erguían como una tumba que conmemoraba la caída de su fortuna. No fue así como las vio Lorenzo: a menudo se escabullía al anochecer, cuando sólo las estrellas presenciaban su entusiasmo, y, trepando a la parte más alta de aquellos fragmentos macizos, pasaba largas horas reconstruyendo en su mente las desoladas paredes y consagrando una vez más el hogar cubierto de maleza al amor familiar y a la hospitalidad festiva. Le parecía que el aire era más suave y ligero al respirarlo en medio de aquellas reliquias del pasado; y su corazón se inflamaba de júbilo con la historia que le contaban acerca de lo que habían sido sus antepasados —y lo que él volvería a ser—.
Y sin embargo, si hubiese contemplado su posición con sensatez, la habría hallado llena de mortificación y dolor; habría comprendido que su ciudad natal era quizá el único lugar del mundo donde su ambición fracasaría en alcanzar su objetivo. Los Tolomei reinaban en ella. Habían conducido a sus ciudadanos a la victoria y los habían enriquecido con botines. Eran adorados; y, para halagarlos, el populacho se mostraba propenso a denigrar y burlarse del nombre de Mancini. Lorenzo no tenía un solo amigo dentro de sus murallas: oía el murmullo del odio cuando pasaba y veía a sus enemigos elevados al pináculo del poder y del honor; y, sin embargo, tan extrañamente está formado el corazón humano, que seguía amando Siena, y no habría cambiado su oscura y penosa morada dentro de sus muros ni siquiera por convertirse en el favorecido seguidor del emperador alemán. Tal era el lugar que Siena ocupaba en su imaginación, por educación y por los prejuicios naturales del hombre, que una condición humilde allí le parecía un destino más noble que ser grande en cualquier otro sitio.
Recobrar la amistad de sus conciudadanos y humillar a sus enemigos era el sueño que derramaba una dulce influencia sobre sus horas más sombrías. Dedicó su ser entero a esa tarea y no dudaba de su éxito. La casa de Tolomei tenía por jefe a un joven apenas uno o dos años mayor que él: con él, cuando se presentara la ocasión, entraría en liza. Le parecía una dádiva de la Providencia que le ofreciese un rival casi de su misma edad; y, durante el intervalo hasta que pudieran enfrentarse, se dedicaba con ahínco a educarse para la lucha. El conde Fabián de’ Tolomei gozaba de la reputación de ser un joven lleno de promesas y talento; y Lorenzo se alegraba de anticipar un antagonista digno. Se ocupaba en la práctica de las armas y se aplicaba con perseverancia al estudio de los pocos libros que caían en sus manos. Se mostraba en la plaza pública en ocasiones solemnes, vestido con modestia; pero su elevada estatura, su porte digno y la expresión pensativa de su noble rostro atraían la atención de los presentes, aunque, tal era el prejuicio contra su nombre y la adulación hacia el partido triunfante, que las burlas y maldiciones lo seguían. Su noble apostura era tildada de orgullo; su afabilidad, de bajeza; sus aspiraciones, de facción; y se declaraba que sería un día feliz aquel en que dejara de manchar con su sombra el sol de la ciudad.
Lorenzo sonreía: desdeñaba resentirse o siquiera sentir los insultos errados de la multitud que, si la fortuna cambiaba, al día siguiente alzaría sus gorros por él. Sólo cuando se acercaban enemigos más encumbrados su frente se ensombrecía, se erguía en toda su estatura y devolvía su desprecio con miradas de desafío y de odio.
Pero, aunque estaba dispuesto a enfrentar en su propia persona las injurias de sus conciudadanos y caminaba con semblante sereno sin hacer caso de sus burlas, cuidaba con esmero de preservar a su pequeña hermana de tales escenas. La conducía cada mañana, cuidadosamente velada, a oír misa en una iglesia apartada. Y cuando, en los días de fiesta, los paseos públicos se llenaban de caballeros y damas con espléndidos atavíos, y de ciudadanos y campesinos en sus galas, esta tierna pareja podía verse en algún lugar solitario y umbroso, él inclinado y sonriendo a la hermosa niña, que alzaba hacia él los ojos expresivos de un afecto inefable.
En todo el mundo, Flora no conocía a nadie más a quien amar sino a su hermano. Era siete años menor que él y había crecido bajo su mirada desde la infancia; y, mientras él atendía al lecho de su padre enfermo, había sido para ella padre, hermano, maestro, tutor —la madre más tierna no habría sido más indulgente— y, aun así, había en su trato con ella algo más, propio de su diferencia de sexos. Siempre atento y bondadoso, la trataba como si fuera una dama de alto linaje, criada en la más alegre de las moradas.
Su atuendo era sencillo —pero así, le decía, correspondía vestir a toda doncella—; sus bordados eran de tal calidad que una princesa podría haberlos envidiado; y, mientras aprendía bajo la tutela de su hermano a ser reservada, amante de la discreción y laboriosa, se le enseñaba que tales eran las virtudes propias de su sexo, sin que en su mente se despertara idea alguna de dependencia o pobreza. Si él hubiese sido el único ser humano que se le acercaba, habría podido creer que estaba al nivel de las más encumbradas damas del reino; pero, al entrar en contacto con criadas y con mujeres de las clases humildes, Flora conoció su verdadera condición y aprendió al mismo tiempo a comprender y apreciar la incomparable bondad de su hermano, considerando sus virtudes como sobrehumanas.
Dos años transcurrieron mientras aquel hermano y aquella hermana, en la pobreza y la oscuridad, seguían alimentando las más preciadas bendiciones de la vida: la esperanza, el honor y el amor mutuo. Si alguna inquietud turbaba a Lorenzo, era el porvenir de Flora, cuya hermosura infantil prometía una perfección aún mayor en el futuro. Por ella ansiaba iniciar la carrera que se había trazado y resolvió no postergar más sus intentos de reavivar a su partido en Siena y de buscar, antes que evitar, un encuentro con el joven conde Fabián, sobre cuya derrota él se elevaría. El conde Fabián, el favorito de los ciudadanos, ensalzado como modelo de caballero joven, rebosante de cualidades, adornado de galantería, ingenio sutil y modales alegres y atrayentes, ocupaba por derecho de nacimiento y naturaleza el pedestal que lo convertía en ídolo de todos los que lo rodeaban.
Fue en un día de fiestas públicas cuando Lorenzo se presentó por primera vez como rival de Fabián. El conde, engalanado con ricos atavíos y espléndidos arreos, miraba desde lo alto con una sonrisa de superioridad al joven, pobremente montado y vestido con sencillez, que se disponía a desafiarlo en la justa. Pero antes de aceptar el reto, alguien le susurró el nombre de su antagonista. Entonces, toda la amargura engendrada por las enemistades familiares y todo el espíritu de venganza inculcado como una religión surgieron de inmediato en el corazón del joven noble. Dio media vuelta a su caballo, se acercó con rudeza a su competidor y le ordenó retirarse inmediatamente del torneo, advirtiéndole que no debía perturbar los festejos de los ciudadanos con la odiada presencia de un Mancini.
Lorenzo respondió con igual desprecio y Fabián, dominado por una pasión incontenible, llamó a sus seguidores para expulsar ignominiosamente al joven de la liza. Se reunió un temible grupo contra el indeseado intruso, pero, aunque su número se hubiese triplicado, el espíritu altivo de Lorenzo los habría enfrentado a todos. Uno cayó y otro resultó herido antes de que lo desarmaran y apresaran. Sin embargo, su valentía no sirvió para ganarse la admiración de sus enemigos prejuiciados, que lo colmaron de maldiciones por las funestas consecuencias de sus actos, mientras lo arrastraban a una mazmorra pidiendo su castigo y su muerte.
Lejos de aquella escena de tumulto y sangre, en su pobre pero tranquila habitación, situada en un apartado y oscuro rincón de la ciudad, Flora estaba ocupada en su bordado, soñando con el proyecto de su hermano y anticipando su triunfo. Las horas pasaban y Lorenzo no regresaba. El día declinaba y él aún no volvía. La imaginación de Flora inventaba mil causas para la demora. La destreza de su hermano habría despertado el entusiasmo adormecido de los partidarios de su familia; sin duda, estaría festejando con ellos y ya se habría colocado la primera piedra para la restauración de su casa.
Al fin, un tropel de pasos en la escalera y el clamor confuso de voces femeninas, pidiendo con apremio ser admitidas, la hicieron levantarse y abrir la puerta. Varias mujeres irrumpieron presurosas: el espanto se reflejaba en sus rostros, las palabras brotaban atropelladas de sus labios y sus gestos ansiosos completaban el sentido. En medio de la confusión, Flora alcanzó a comprender la desgracia: el encarcelamiento de su hermano, la sangre que había derramado y el fatal desenlace que semejante hecho aseguraba.
Flora palideció como el mármol. Su joven corazón se llenó de un terror indecible; no lograba dar forma a la imagen de aquello que temía, pero la vaga idea bastaba para helarla de espanto: ¡Lorenzo estaba en prisión! ¡El conde Fabián lo había encerrado! ¡Iba a morir! Abrumada por la noticia, se sobrepuso, sin embargo, al poder paralizante del miedo. Sin pronunciar palabra, ni escuchar las preguntas y ruegos de las mujeres, pasó corriendo junto a ellas, descendió la alta escalera y salió a la calle. Luego, con paso veloz, se dirigió hacia la prisión pública.
Sabía adónde quería ir, pero, como rara vez había salido de casa, pronto se perdió en el laberinto de calles y avanzó al azar. Jadeante, se detuvo por fin ante el portal de un gran palacio. No había nadie cerca y la rápida caída de la tarde italiana se había transformado en absoluta oscuridad. En ese momento, el resplandor de las antorchas iluminó la calle y un grupo de jinetes se acercó hablando y riendo. Oyó que a uno lo llamaban conde Fabián. Retrocedió instintivamente, llena de odio, y luego corrió hacia él y se arrojó a los pies de su caballo, exclamando:
—¡Salvad a mi hermano!
El joven caballero contuvo bruscamente a su encabritado corcel, la reprendió con enojo por su imprudencia y, sin dignarse a decir más, entró en el patio. Tal vez ni siquiera había oído su súplica y había hablado únicamente movido por la impaciencia del momento, pero la pobre niña, profundamente herida por lo que le pareció una afrenta personal, se apartó con orgullo de aquella puerta, reprimiendo las amargas lágrimas que le llenaban los ojos.
Siguió caminando, pero la noche le quitaba toda esperanza de encontrar el camino hacia la prisión, por lo que decidió regresar a casa para pedir a alguna de las mujeres que la acompañara. Incluso orientarse de vuelta resultó difícil, y vagó sin rumbo, sin descubrir pista alguna que la guiara, demasiado tímida para dirigirse a los transeúntes. El cansancio y el temor se sumaron a sus otras penas, y las lágrimas corrían abundantemente por sus mejillas mientras caminaba desesperada.
Al fin, al doblar una esquina, reconoció una imagen de la Virgen en un nicho, con una lámpara encendida sobre ella, que le resultó familiar por estar cerca de su hogar. Se arrodilló con piadosa gratitud para dar gracias y ofrecer una oración por Lorenzo, cuando el sonido de pasos la hizo levantarse. Entonces, oyó la voz de su hermano y sintió que la rodeaban sus brazos. Parecía un milagro, pero allí estaba él, y todos sus temores terminaron.
Lorenzo le preguntó con ansiedad dónde había estado; ella le explicó rápidamente todo, y él, a su vez, le relató las desgracias de la mañana: el destino que pendía sobre él, conjurado por la generosa intercesión del propio Fabián. Sin embargo, dudaba en revelarle la amarga verdad: no había sido perdonado del todo, estaba allí como un desterrado, condenado a morir si el sol del día siguiente lo encontraba dentro de los muros de Siena.
Mientras tanto, habían llegado a su casa. Con cuidados femeninos, Flora colocó una sencilla cena ante su hermano y luego se afanó en preparar diversos bultos. Lorenzo recorría la estancia absorto en sus pensamientos, hasta que se detuvo, besó a la joven y dijo:
—¿Dónde puedo colocarte a salvo? ¿Cómo preservar a mi bella flor mientras estemos separados?
Flora lo miró con temor.
—¿Acaso no voy contigo? —preguntó—. Estaba preparando nuestras cosas para el viaje.
—Imposible, querida; yo voy a enfrentarme a privaciones y penurias.
—Y yo las compartiría contigo.
—No puede ser, dulce hermana —respondió Lorenzo—, el destino nos separa y debemos aceptarlo. Yo voy a los campamentos, a la compañía de hombres rudos, a luchar con una fortuna que a mí no puede dañarme, pero que para ti estaría llena de peligros y desesperación. No, mi Flora, debo proporcionarte una tutela segura y honorable, incluso dentro de esta ciudad.
Lorenzo volvió a meditar profundamente sobre el camino a tomar hasta que, de pronto, un relámpago de pensamiento iluminó su mente.
—Es arriesgado —murmuró—, y, sin embargo, le hago injusticia al llamarlo así. Si nuestras situaciones se invirtieran, ¿no me sentiría yo mismo altamente honrado con semejante encargo?
Entonces le dijo a su hermana que se vistiera con sus mejores galas, que se envolviera en su velo y que lo acompañara. Ella obedeció, pues obedecer a su hermano era su primer y más querido deber, aunque lloraba amargamente mientras sus temblorosos dedos trenzaban su largo cabello y se cambiaba apresuradamente de vestido.
Salieron de nuevo y avanzaron lentamente mientras Lorenzo aprovechaba esos preciosos minutos para consolar y aconsejar a su hermana. Le prometió volver cuanto antes, pero, si no lograba regresar tan pronto como deseaba, le juró solemnemente que, si vivía y era libre, la vería dentro de cinco años, contados a partir del momento de la separación. Si no aparecía antes, le rogaba encarecidamente que tuviera paciencia y esperara lo mejor hasta la expiración de ese plazo, y le hizo prometer que no se comprometería con ningún voto, ya fuera religioso o matrimonial, en el intervalo.
Llegaron a su destino y entraron en el patio de un espacioso palacio. No había sirvientes, así que lo cruzaron y subieron las anchas escaleras. Flora se esforzaba por escuchar a su hermano. Él le pedía ánimos y estaba a punto de dejarla; le hablaba de esperanza y mencionaba una ausencia de cinco años, un plazo interminable para su mente infantil. Ella le prometió obediencia, pero su voz se ahogaba en sollozos, y sus vacilantes pasos no se habrían sostenido sin el auxilio de él. Percibía que entraban en las salas iluminadas y habitadas de una noble mansión e intentaba reprimir sus lágrimas mientras ceñía el velo más estrechamente a su alrededor.
Pasaron de sala en sala, donde se hacían preparativos para una fiesta. Los sirvientes los condujeron como si fueran invitados y los llevaron hasta un gran salón colmado de lo más noble y bello de Siena. Todas las miradas se volvieron hacia ellos con curiosidad y asombro. La elevada figura de Lorenzo y la noble expresión, grave pero dulce, de su bello rostro pusieron de buen humor a las damas, mientras los caballeros intentaban vislumbrar el rostro velado de Flora.
—Es apenas una niña —decían—, y una niña afligida… ¿Qué puede significar esto?
El joven dueño de la casa reconoció al instante a su inesperado e inoportuno invitado, pero, antes de que pudiera indagar sobre el motivo de su visita, Lorenzo se acercó con su hermana y le habló:
—Jamás pensé, conde Fabián, en estar bajo vuestro techo, y menos aún en acercarme a vos como suplicante. Pero ese poder supremo al que todos debemos someternos me ha llevado a una situación tan adversa que, si es su voluntad, también podría alcanzaros a vos, pese a los muchos amigos que ahora os rodean y al sol de prosperidad en el que os regocijáis. Estoy aquí como un desterrado y un mendigo. Y no me quejo de mi suerte: acepto que sea mi brazo derecho el que forje mi destino y, con la bendición de Dios, espero conducirme de modo que podamos encontrarnos en términos más iguales. Con esta esperanza, me marcho de esta ciudad, tan querida para mi corazón por su nombre y por las asociaciones que ligan sus torres altivas con la memoria de mis antepasados. Me marcho como soldado de fortuna; el modo en que regresaré está escrito en la página, aún no leída, donde se traza vuestro destino y el mío. Pero mi preocupación no termina conmigo. Mi padre moribundo me encomendó a esta niña, mi hermana huérfana, a quien he protegido con amor fraternal hasta ahora. Mal cumpliría con mi deber si arrastrara a esta tierna flor desde su nativo vergel hacia los ásperos caminos de la vida. Conde Fabián, no puedo confiar en ningún hombre como amigo; vuestros favores han ganado los corazones de mis conciudadanos y la muerte y el exilio han golpeado mi casa por mediación de la vuestra, hasta el punto de que no queda nadie con mi nombre dentro de los muros de Siena. Solo a vos puedo confiar este precioso depósito. ¿Lo aceptaréis hasta que se os pida devolverlo a mí, su hermano, o a las manos más justas de nuestro Creador, puro e intacto, como ahora os lo confío? Os pido que protejáis su indefensión y salvaguardéis su honor. ¿Aceptáis este tesoro con la seguridad de devolverlo incólume?
La profunda voz de aquel noble joven y su elocuencia sincera mantuvieron cautivos los oídos de toda la asamblea, y, cuando cesó, Fabián, orgulloso del ruego y, en el espíritu entusiasta de la juventud, nada reacio a aceptar una empresa que, presentada así ante sus parientes y amigos reunidos, se convertía en un honor, respondió con prontitud:
—Acepto y, solemnemente ante el cielo, asumo vuestra petición. Me declaro guardián y protector de vuestra hermana; ella vivirá segura bajo el cuidado de mi bondadosa madre y, si los santos lo permiten, os la devolveré tan inmaculada como ahora se halla.
Lorenzo inclinó la cabeza; algo ahogaba su voz al pensar que estaba a punto de separarse para siempre de Flora, pero no quiso mostrar aquella debilidad ante sus enemigos. Tomó la mano de su hermana, contempló su frágil y juvenil figura con mirada de tierno afecto, le murmuró una bendición, le besó la frente, saludó de nuevo al conde Fabián y se apartó con pasos firmes y ademán altivo, dejando el salón. Flora, sin comprender del todo lo sucedido, permaneció temblando y llorando bajo su velo. Cedió su mano pasivamente a Fabián, quien la condujo hasta su madre y dijo:
—Señora, os ruego que, con vuestra bondad y la indulgencia maternal que siempre habéis mostrado, me ayudéis a cumplir la promesa hecha a aquel joven, acogiendo bajo vuestro cuidado a esta huérfana.
—Vos mandáis aquí, hijo mío —respondió la condesa—, y vuestra voluntad será obedecida.
Luego, con una seña a una de sus damas, Flora fue conducida fuera del salón. Allí, en soledad y silencio, lloró la partida de su hermano y su propia situación, tan extraña y humillante.
Así fue como Flora se convirtió en habitante de la morada de sus enemigos ancestrales y pupila de su adversario más implacable. Lorenzo se había ido —ella no sabía adónde— y su único consuelo era pensar que obedecía sus órdenes.
Su vida transcurría uniforme y tranquila. Su ocupación era el bordado, en el que mostraba gusto y destreza. A veces, le imponían la tarea más mortificante: servir a la condesa de Tolomei, que, tras haber perdido a dos hermanos en la última contienda contra los Mancini, alimentaba un odio profundo hacia toda la estirpe y nunca dirigía la palabra a la desdichada huérfana. Flora se sometía a cada orden que le imponían. Se alentaba con la idea de que aquellas penas le eran impuestas por voluntad de Lorenzo y se reprendía a sí misma en cualquier momento de impaciencia, pensando que así compartía su adversidad. No se le escapaba una sola queja, aunque su orgullo y su espíritu independiente eran a menudo cruelmente ofendidos por las burlas y la altanería de su patrona, que no era una mujer malvada, sino que creía que era una virtud maltratar a una Mancini. Muchas veces, en verdad, Flora ni oía ni atendía tales afrentas: sus pensamientos vagaban lejos y la pena por la ausencia de su hermano pesaba demasiado como para permitirle gastar más que un suspiro pasajero en agravios personales.
La condesa era áspera y desdeñosa, pero no así las compañeras de Flora. Eran muchachas amables y afectuosas, hijas de burgueses o de empleados de la casa de Tolomei. El tiempo transcurrido desde la caída de los Mancini había borrado de sus jóvenes mentes el amargo deber del odio, y les resultaba imposible convivir a diario con la huérfana de aquella desventurada estirpe sin encariñarse con ella. Carecía por completo de egoísmo y se contentaba con realizar sus tareas en silencio. No albergaba envidia, ni deseos de brillar, ni ansias de placer. Siempre dispuesta a simpatizar con sus compañeras, se alegraba de poder contribuir a su felicidad: ayudarlas en la confección de alguna prenda de lujo, asistirlas en sus labores o, siendo ella misma prudente y reservada, escuchar sus aventuras sentimentales, darles el mejor consejo y socorrerlas en cualquier dificultad. Tales eran los sencillos medios con los que se ganaba sus corazones ingenuos. La llamaban ángel, la veneraban como a una santa y, en su fuero íntimo, la respetaban más que a la propia condesa.
Solo un tema turbaba la serena melancolía de Flora: las incesantes alabanzas que escuchaba sobre el conde Fabián, el rival y opresor demasiado afortunado de su hermano. Esas alabanzas eran para ella un peso insoportable que se sumaba a sus muchas penas. Contenta con su propia oscuridad, toda su ambición, orgullo y pensamientos elevados se concentraban en Lorenzo. Odiaba a Fabián como al destructor de su hermano y la causa de su desgraciado exilio. Despreciaba sus dotes como vanidades fingidas y a él como lo opuesto a su modelo. Sus ojos azules, claros y abiertos como el día, su tez blanca, su cabello castaño claro, su esbelta figura elegante, su voz, cuyos tonos al cantar conquistaban cada corazón oyente, su ingenio, su inagotable alegría y su perpetua jovialidad eran para ella meras frivolidades comparadas con el recuerdo del serio, ardiente y noble corazón de su hermano, siempre entregado a pensamientos elevados y a actos de virtud y sacrificio, cuya fortaleza y afectuosa cortesía le parecían la corona y gloria de la hombría. «Nombrad un águila —decía—, y alzamos los ojos al cielo para contemplar una criatura forjada en la abundancia de la naturaleza; pero es una degradación malgastar un solo pensamiento en el insecto de un día».
Esta expresión fue transmitida con mala intención a la condesa, que idolatraba a su hijo como ornamento y deleite de su tiempo y su patria. Reprendió con dureza a la imprudente Flora, quien, por primera vez, la escuchó con orgullo y firmeza. Desde ese momento, su situación se volvió más difícil; lo único que podía hacer era aislarse por completo y proteger con mayor sigilo su culto a las perfecciones y la más tierna lamentación por la ausencia de su hermano.
Dos o tres años transcurrieron de este modo y Flora pasó de ser una niña de doce años de aspecto infantil a convertirse en una belleza cautivadora de quince. Se abrió como una flor cuyos pétalos más hermosos aún estaban cerrados, pero cuya belleza semi-velada resultaba aún más atractiva.
Fue en esa época cuando, con motivo de honrar a un príncipe de Francia que se dirigía a Nápoles, la condesa Tolomei y su hijo, junto con un grupo de amigos y seguidores, salieron a recibir y acompañar al viajero real en su camino. Reunidos en el salón del palacio, esperando la llegada de algunos de los suyos, el conde Fabián se acercó al círculo de su madre y dijo cosas agradables y alegres a todos. Dondequiera que posaba sus alegres ojos azules, despertaba sonrisas, y cada corazón joven latía con vanidad ante sus inofensivas lisonjas. Tras pronunciar un par de galantes discursos, divisó a Flora, que estaba retirada detrás de sus compañeras.
—¿Qué flor es esta que juega al escondite con su hermosura? —dijo.
Y, sorprendido por la dulce modestia de su semblante, sus ojos bajos y el rubor rosado que teñía su mejilla, añadió:
—¿Qué bello ángel forma parte de vuestra compañía?
—Un ángel, en verdad, mi señor —exclamó una de las jovencitas, que sentía un amor profundo por su mejor amiga—; ella es Flora Mancini.
—¿Mancini? —repitió Fabián, y su porte se tornó al instante respetuoso y amable—. ¿Eres la hija huérfana de Ugo, la hermana de Lorenzo, confiada por él a mi cuidado?
Desde aquel día, por su empeño en mantenerse apartada, Fabián apenas había visto a su pupila. Flora inclinó la cabeza en señal de asentimiento, mientras su corazón palpitante le negaba las palabras. Entonces Fabián, dirigiéndose a su madre, dijo:
—Señora, por nuestro honor espero que esto no haya ocurrido antes. La adversa fortuna de esta joven puede hacer apropiados el retiro y la discreción, pero no es propio de nosotros rebajar a servidumbre a quien desciende de la mejor sangre de Italia. Os ruego que no permitáis que tal cosa vuelva a suceder. ¿Cómo podría redimir mi palabra empeñada o responder ante su hermano por esta indigna degradación?
—¿Acaso querrías que hiciera de una Mancini una amiga y compañera? —preguntó la condesa, enrojecida de enojo.
—No os pido, madre, que hagáis nada que os desagrade —respondió el joven noble—, pero Flora es mi pupila, no nuestra sirvienta. Permitidle retirarse; seguramente preferirá la privacidad de su hogar a ser parte de la multitud festiva de los enemigos de su casa. Si no, dejad que ella elija. Decid, dulce niña, ¿te unirás a nosotros o prefieres marcharte?
Ella no habló, pero, alzando sus dulces ojos, hizo una reverencia a él y a su madre y abandonó la sala, eligiendo así en silencio.
Desde aquel momento, Flora nunca volvió a salir de los aposentos más apartados del palacio ni volvió a ver a Fabián. Ignoraba que él había prodigado alabanzas a su belleza y que, aunque con frecuencia expresaba interés en su pupila, evitaba, en realidad, el peligroso poder de su hermosura. Llevaba, en cierto modo, una vida de prisión, paseando únicamente por el jardín del palacio cuando este estaba desierto; pero, por lo demás, su tiempo era suyo, y no había mandatos que limitaran su libertad. Sus labores eran todas voluntarias. La condesa rara vez la veía, y Flora vivía entre los sirvientes de aquella dama como una interna libre en un convento: no podía salir de sus muros, pero no estaba sujeta a reglas estrictas. Se ocupaba más que nunca en su bastidor de tapicería, pues la condesa apreciaba su trabajo, y de este modo podía retribuir en parte la protección que recibía. Nunca mencionaba a Fabián e imponía silencio a sus compañeras cuando hablaban de él. Pero no lo hacía en términos irrespetuosos.
—Reconozco que es un enemigo generoso —decía—, pero no deja de ser mi enemigo; y, mientras por su causa mi hermano sea un desterrado y un errante sobre la tierra, me resulta doloroso escuchar su nombre.
Tras muchos meses de completa reclusión y tranquilidad, se produjo un cambio en la vida de Flora. La condesa resolvió de pronto pasar la festividad de Pascua en Roma. Las compañeras de Flora estaban locas de alegría con la perspectiva del viaje, la novedad y los entretenimientos que prometía la visita, y compadecían la dignidad de su amiga, que le impedía formar parte del séquito de su señora. Pronto se supo que Flora quedaría atrás, y se le informó de que, durante la ausencia de la condesa, residiría en una villa de la familia, situada en un apartado rincón de los Apeninos cercanos.
La condesa partió con pompa y orgullo en su llamada «peregrinación» a la ciudad santa, y, al mismo tiempo, Flora fue trasladada a su retiro campestre. La villa estaba habitada solo por un campesino, con su familia, encargados de cultivar la granja, o podere, adjunta a ella, y por la vieja ama de llaves. La alegría y libertad del campo resultaban deliciosas, y la completa soledad se avenía a las costumbres de aquella muchacha reflexiva, acostumbrada al encierro de la ciudad y al parloteo impertinente de sus compañeras. La primavera se abría con toda la hermosura que esa estación derrama sobre la favorecida Italia. Los almendros y melocotoneros estaban en flor, y el viñador cantaba en su trabajo, encaramado con su podadera entre las ramas. Flores y más flores cubrían risueñas el suelo; los árboles, hinchados de yemas prontas a estallar en hojas, parecían sentir la vida que animaba sus oscuros y viejos troncos. Flora estaba encantada; los trabajos del campo la interesaban, y la experiencia acumulada de la anciana Sandra era para ella un tesoro de sabiduría y entretenimiento.
Hasta entonces, toda su atención se había dirigido a dar con su aguja los matices más vivos y la imitación más fiel a las imágenes que le servían de modelo; pero allí encontró una ocupación nueva. Aprendió la historia de las abejas, observó las costumbres de los pájaros e indagó en el cultivo de las plantas. Sandra estaba feliz con su nueva compañera y, aunque era famosa por su mal genio, podía arrugar sus antiquísimos labios en sonrisas para Flora.
Para retribuir la bondad de su tutor y de la condesa, Flora seguía dedicando muchas horas a su bastidor. Esa tarea absorbía solo la mitad de su atención; mientras la proseguía, se entregaba a infinitas ensoñaciones sobre la suerte de Lorenzo. Tres años habían pasado desde su partida; y, salvo una pequeña cruz de oro que un peregrino llegado de Milán le entregó un mes después de su marcha, no había recibido noticia alguna de él. Si desde Milán se había dirigido a Francia, Alemania o Tierra Santa, lo ignoraba; su imaginación lo conducía por turno a cada uno de esos lugares, inventando las aventuras que podían haberle acaecido. Se figuraba sus arduos viajes, su vida en el campamento, sus hazañas, los honores que reyes y nobles le prodigaban; su mejilla se encendía con los elogios que él recibía y su mirada se iluminaba de deleite al imaginarlo de pie, con modestia orgullosa y ademán erguido pero gentil, ante aquellos ilustres. Luego, la joven entusiasta callaba de pronto: le cruzaba el pensamiento, como una sombra, que si todo hubiese prosperado, él habría vuelto a compartir esa dicha con ella; y su corazón vacilante se volvía a escenas más tristes para explicar su prolongada ausencia.
A veces, mientras trabajaba, llevaba su labor al emparrado del jardín o, cuando el calor era excesivo, se retiraba a una ventana sombreada que daba a un profundo barranco cubierto de bosque, de donde llegaba el murmullo de un arroyo que caía en cascada. Un día, mientras bordaba la figura de un lebrel que formaba parte de la escena de caza que trabajaba para la condesa, un agudo lamento irrumpió en su oído, seguido del relincho de caballos y del ruido precipitado de hombres. Entraron por el lado opuesto de la villa, invisible desde su ventana. Como el alboroto continuaba, se levantó para averiguar qué ocurría, pero, en ese momento, Sandra irrumpió exclamando:
—¡Oh, Madonna! ¡Está muerto! Venid a ayudarlo: ha sido arrojado de su caballo y nunca más hablará.
Por un instante Flora solo pensó en su hermano, como si esperase verlo tendido en su féretro. Corrió junto a la anciana hasta el gran salón, donde, sobre una improvisada camilla de ramas, yacía el cuerpo inerte del conde Fabián. Lo rodeaban criados y campesinos, todos mesándose los cabellos y dando alaridos, sin que ninguno intentara devolverle la vida.
El primer impulso de Flora fue retirarse; pero, al lanzar una segunda mirada sobre la frente lívida del joven conde, vio que sus párpados se movían y que la sangre manaba en rápidas gotas de su cabello sobre el suelo. Exclamó:
—¡No está muerto, sangra! ¡Deprisa, id por un médico!
Entre tanto, corrió a buscar agua, la roció sobre su rostro y dispersó al grupo que lo sofocaba, de modo que la brisa suave, jugando en su frente, lo reanimó y dio señales manifiestas de vida; de manera que, cuando llegó el médico, encontró que, aunque estaba gravemente herido, había esperanzas fundadas de su recuperación.
Flora asumió entonces el papel de enfermera y cumplió sus deberes con infatigable dedicación. Lo velaba de noche y lo atendía de día con ese espíritu de humildad cristiana y benevolencia que anima a una Hermana de la Caridad en el cuidado de los enfermos. Durante varios días el alma de Fabián pareció a punto de abandonar su morada terrenal; y el estado de debilidad que siguió a su inconsciencia resultaba apenas menos alarmante.
Al fin reconoció y agradeció los cuidados de Flora. Solo ella poseía el poder de calmarlo y guiarlo durante la fiebre e irritabilidad que le sobrevinieron. Nada, excepto su presencia, controlaba su impaciencia. Ante ella se mostraba tan dócil que apenas podía creer los relatos que otros le contaban sobre su violencia, a no ser porque, cada vez que regresaba, después de dejarlo solo por un tiempo, oía su voz enfadada a lo lejos y lo encontraba con las mejillas enrojecidas y los ojos brillantes; manifestaciones que se calmaban y se convertían en una docilidad sumisa cuando ella se acercaba.
En pocas semanas estuvo en condiciones de abandonar su aposento, pero se le prohibió montar a caballo, y cualquier ruido o sonido repentino lo volvía casi loco. Y como hasta los movimientos más discretos de un italiano resultan bulliciosos, Flora debía impedir que se acercara a él nadie más que ella misma; su voz suave y su paso silencioso eran la medicina más dulce que podía darle.
Era doloroso para Flora hallarse en perpetua asistencia de aquel que era rival y enemigo de Lorenzo, pero subordinaba su corazón a su deber y la costumbre la ayudaba a resignarse. A medida que él mejoraba, no podía evitar notar la inteligencia de su semblante y la amabilidad y cordialidad de sus modales. Había en su trato con ella una atención delicada y discreta que la ganaba sin proponérselo. Cuando conversaba, su discurso era ameno y variado. Su memoria estaba bien provista de fabliaux, novelle y romances, que pronto descubrió eran de gran interés para ella, y siempre lograba tener uno preparado de su inagotable repertorio.
Aquellos relatos caballerescos le recordaban a Flora las aventuras imaginarias que en soledad y silencio había inventado para su hermano; y cada historia de países lejanos tenía un encanto peculiar que encendía su rostro mientras escuchaba, hasta el punto de que Fabián habría continuado eternamente sus relatos solo para contemplar la cambiante expresión de su semblante conforme avanzaba en la narración.
Sin embargo, ella reconocía en él tales encantos como podría una monja católica admitir las virtudes aparentes de un hereje; y, mientras él se las ingeniaba cada día para aumentar el placer que ella obtenía de su compañía, Flora tranquilizaba su conciencia respecto a su hermano cultivando en secreto un pequeño caudal de odio familiar y procurando envolver sus modales, siempre que lograba recordarlo, en un tono frío y ceremonioso que, con íntima satisfacción, veía que lo molestaba de veras.
Casi dos meses habían pasado, y la salud de Fabián estaba ya tan restablecida, que Flora comenzó a preguntarse por qué no regresaba a Siena. Por un lado, deseaba que se fuera, pero, al verlo con las mejillas hundidas por la enfermedad y el paso lento, ella, como una enfermera deseosa de completar su obra, se sentía reacia a que entrara demasiado pronto en la bulliciosa ciudad y en sus placeres ruidosos.
Por fin, cuando algunos de sus amigos fueron a visitarlo, accedió a volver con ellos. Probablemente, la significativa mirada que le dirigieron a su joven enfermera fue lo que lo decidió. Se despidió de Flora. Lo hizo con grave cortesía y abundantes agradecimientos. Fue distinto a su manera habitual: partió sin aludir a la posibilidad de volver a verse.
Creyó sentirse aliviada cuando se marchó, pero se sorprendió al descubrir que los días se volvían tediosos y que sus pensamientos ya no fluían espontáneamente hacia su hermano. Se mortificó al notar que las ocupaciones de unas pocas semanas habían trastornado su mente y disipado sus queridas ensoñaciones. Así, mientras sentía fastidio por la ausencia de Fabián, lo odiaba aún más por haber invadido, además de con sus demás agravios, el santuario de sus pensamientos más queridos.
Estaba empezando a superar este desánimo y a volver con renovado entusiasmo a sus ocupaciones habituales cuando, aproximadamente una semana después de su partida, Fabián regresó de repente. Se encontró con ella mientras recogía flores para el altar de la Virgen y, al verlo, se sonrojó tanto como las rosas que sostenía. Él tenía un aspecto mucho peor que cuando se marchó: sus mejillas pálidas y sus ojos hundidos le causaron preocupación, pero sus preguntas solícitas y afectuosas le devolvieron algo de aliento. Le besó la mano y permaneció a su lado mientras ella terminaba su ramillete. Cualquiera que hubiese visto la mirada dichosa y tierna con que él la contemplaba mientras ella se ocupaba entre las flores habría predicho su completa recuperación bajo sus cuidados.
Flora ignoraba los sentimientos que se agitaban en el corazón de Fabián y la lucha que libraba para dominar una pasión demasiado dulce y seductora que, al despertar en presencia de un ser tan encantador, resultaba imposible de vencer. Hacía ya tiempo que había quedado prendado de ella y, por eso, la había evitado. Fue por su sugerencia que ella fue enviada a aquella apartada villa durante la temporada de «peregrinación» de la condesa. No había planeado visitarla allí, pero un día, al ir a ver un potro que le criaban, su caballo lo derribó, causándole la caída que lo convirtió en huésped de la misma morada.
Ya predispuesto a admirarla, la bondad, la dulzura y la paciencia infatigable de Flora durante su enfermedad conquistaron con facilidad un corazón dispuesto y, a la vez, reacio a ceder. Había regresado a Siena decidido a olvidarla, pero volvió convencido de que su vida y su muerte estaban en sus manos.
Al principio, el conde Fabián había olvidado que tenía que superar otros sentimientos y prejuicios, además de los suyos propios: los de su madre y los de sus parientes. Sin embargo, cuando el irresistible imperio del amor derribó esos obstáculos, empezó a temer uno más insalvable: la propia Flora. El primer susurro de amor cayó como un pecado mortal en sus oídos y, perturbada e incluso enfadada, respondió:
—Me parece que olvidáis por completo quién soy y quién sois vos. No hablo de antiguas enemistades, aunque bastarían para separarnos para siempre. Sabed que os odio como al asesino de mi hermano. Devolvedme a Lorenzo, llamadlo del destierro, borrad el recuerdo de todo lo que ha padecido por vuestra causa, ganad su amor y su aprobación; y, cuando todo eso se cumpla —lo cual nunca será—, entonces habladme en un lenguaje que ahora me resulta tan amargo como la muerte escuchar.
Dicho esto, se retiró apresuradamente para ocultar el torrente de lágrimas que aquella afrenta —según ella la llamaba— había provocado, y para lamentar aún más hondamente la ausencia de su hermano y su propia dependencia.
Sin embargo, Fabián no se dejó silenciar con tanta facilidad; y Flora, por su parte, no deseaba repetir escenas y palabras violentas tan ajenas a su naturaleza. Se impuso una regla de conducta de la que nunca se apartó: con ella esperaba destruir el amor funesto de su protector. Se apartó de él cuanto le era posible y, cuando estaba en su presencia, adoptaba un aire de indiferencia tan frío, y expresaba en su silencio un rechazo tan absoluto y glacial a todas sus insinuaciones, que, de no reinar en el corazón del joven conde un amor con esperanzas invencibles, habría caído en la desesperación.
Dejó de hablarle de su afecto con la esperanza de recuperar la antigua confianza de Flora. Al principio fue difícil, porque ella era tímida como un pajarito cuyas patas han tocado las ramas encaladas. Pero, crédula por naturaleza e inexperta del todo, pronto empezó a creer que su alarma había sido exagerada y retomó aquellos hábitos de familiaridad que antes existían entre ellos. Poco a poco, Fabián volvió a insinuar la existencia de su apego —no podía evitarlo—. No pedía correspondencia: aguardaría la llegada de Lorenzo, que estaba seguro de que no podía estar lejana. Ni el desagrado de ella ni su silencio podían cambiar o destruir un sentimiento que sobrevivía a ambos. Atrincherada en su frialdad y en su indiferencia, Flora no podía discutir cada palabra que él pronunciaba; y, esperando cansarlo con su defensa constante, se ilusionaba con que pronto cesaría, hastiado, en su persecución.
La condesa había estado ausente largo tiempo: había seguido viaje hasta Nápoles para asistir a la fiesta de San Genaro y no había recibido noticias de la enfermedad de su hijo. Ahora se la esperaba de regreso; y Fabián, que aún permanecía en la villa, decidió volver a Siena para recibirla.
Tanto él como Flora quedaron sorprendidos un día, cuando la condesa entró de pronto en la sala donde ambos se encontraban. Flora llevaba mucho tiempo insistiendo en que él no la interrumpiera mientras bordaba en su bastidor, pero aquel día Fabián había hallado tan buena excusa que, por primera vez, fue admitido y se quedó algunos minutos, ambos sin saber cuántos. Ella estaba absorta en su labor, y él, sentado cerca, contemplaba sin reprimenda su rostro inconsciente y su figura graciosa; se sentía más dichoso que nunca.
La condesa estaba bastante sorprendida y no poco enfadada, pero, antes de que pudiera hacer algo más que soltar una exclamación, Fabián la interrumpió, rogándole que no lo estropeara todo. La apartó, le dio sus propias explicaciones y le expuso sus deseos con una persuasión irresistible. La condesa, acostumbrada a consentirlo en todo, no podía negarle ninguna súplica vehemente; su insistencia, su agitación y sus ruegos la vencieron a medias, y el relato de su enfermedad, junto con la seguridad, corroborada por todos en la casa, de que Flora le había salvado la vida, completaron la conquista. Ella misma se convirtió, en nombre de su hijo, en suplicante ante la huérfana Mancini.
Flora, educada hasta los doce años por un padre que jamás anteponía sus propios placeres ni gratificaciones, sino que avanzaba recto por el sendero del deber sin importarle el dolor o el desengaño, no concebía hacer nada solo porque ella u otros lo quisieran. Desde entonces, arrojada a su suerte y celosamente aferrada a su individualidad en medio de sus enemigos, cada sentimiento de su corazón se había fortalecido por la soledad y por una conciencia de independencia interior. Era, de todas, la menos dispuesta a dejarse arrastrar por la corriente o ceder a la mera influencia de las circunstancias. Sentía, sabía, lo que le correspondía hacer, y eso debía cumplirse a pesar de todos los argumentos.
Las súplicas y ruegos de la condesa fueron inútiles. La promesa hecha a su hermano de no comprometerse con ningún voto en el lapso de cinco años debía cumplirse en cualquier circunstancia. Lorenzo se lo había pedido en la triste y solemne hora de su separación, lo que lo hacía doblemente sagrado. Tal era la intensidad de sus sentimientos, que el más mínimo deseo de su hermano que recordara tenía más peso para ella que las súplicas más urgentes de otra persona. Lorenzo era parte de su religión; la reverencia y el amor hacia él se habían moldeado desde la infancia en la sustancia misma de su alma, y su separación había contribuido a hacer indelebles aquellas impresiones. Durante años las había alimentado en silencio y, cuando nadie le ofrecía simpatía ni generosidad —cuando la condesa la trataba como a una inferior y dependiente y Fabián parecía haber olvidado su existencia—, ella había vivido de mes en mes y de año en año acariciando la imagen de su hermano. Solo podía tolerar las molestias que acosaban su existencia considerando que su paciencia, su fortaleza y su obediencia eran ofrendas en el altar de los deseos de su amado Lorenzo.
Es cierto que el carácter bondadoso y generoso de Fabián la llevaban a mirarlo con un afecto cercano a la ternura, pero esta emoción era débil, apenas como el leve rizo de una ola, comparada con la poderosa marea de cariño que arrastraba toda su voluntad hacia su hermano. Para ella todo era trivial, excepto el regreso de Lorenzo, la existencia de Lorenzo, la obediencia a él. Escuchaba las persuasiones de su enamorado con tal inflexibilidad, que la condesa se irritaba por su terquedad; mas ella soportaba las reconvenciones con tanta mansedumbre y sonreía con tal dulzura que Fabián quedaba aún más cautivado. Flora admitía que le debía cierta sumisión como tutor designado por su hermano, y Fabián habría cambiado con gusto esa autoridad por el placer de estar bajo sus órdenes. Pero, como ese honor le era inalcanzable, se vengaba con dulces juegos, obligándola a pequeñas concesiones. A su deseo, ella apareció en sociedad, vestida como correspondía a su rango, ocupando en su casa el lugar que habría tenido una hermana del propio conde. Ella prefería el retiro, pero era reacia a la disputa; y lo que concedía era mínimo, mientras el propósito de su alma permanecía inmutable.
El quinto año del exilio de Lorenzo se acercaba ya a su fin, pero él no regresaba ni llegaban noticias suyas. El decreto de su destierro había sido revocado, la fortuna de su casa restaurada y su palacio, bajo el generoso cuidado de Fabián, reconstruido. Eran actos que exigían y despertaban la gratitud de Flora, pero se llevaban a cabo sin ostentación, como si los ciudadanos de Siena se hubieran vuelto de repente justos y sabios, sin la intervención del conde. Pero todos esos hechos palidecían ante la prolongada ausencia de Lorenzo, que parecía la prenda de su eterna desdicha; y aquel tácito reclamo de afecto, mientras ella no pensaba en otra cosa que en su hermano, la conducía a la desesperación. Ya no podía soportar la dolorosa anomalía de su situación, ni resistir más la incertidumbre sobre el destino de su hermano, ni las miradas acusadoras de la madre y los amigos de Fabián.
Él, más generoso, leía en su corazón y, al aproximarse el término del quinto año, dejó de aludir a sus propios sentimientos y parecía tan absorto como ella ante las dudas sobre el destino del noble joven, de quien apenas podían albergar esperanza de volver a ver con vida. Esto era un pequeño consuelo para Flora, que había decidido que, cuando la expiración del quinto año le asegurase que su hermano estaba perdido para siempre, no volvería a ver a Fabián.
Al principio había decidido refugiarse en un convento y sellar su vida con votos religiosos, pero recordó cuánta aversión había mostrado Lorenzo a esa vocación, al punto de preferir confiarla al techo de su enemigo antes que a las paredes de un monasterio. Además, siendo aún joven y, en contra de su voluntad, llena de esperanza, no podía aceptar la idea de cerrarse para siempre las puertas de la vida. A pesar de sus temores y su dolor, se aferraba a la creencia de que Lorenzo seguía con vida, lo que la llevó a cambiar de planes.
Cuando recibió la pequeña cruz desde Milán, la acompañaba un mensaje en el que él decía haber hallado un buen amigo en el arzobispo de aquella ciudad. Este prelado, pensó, sabría adónde se había dirigido Lorenzo, y a él acudiría. Su plan se formó con facilidad. Se apoderó de un hábito de peregrina y decidió que, al día siguiente de cumplirse el quinto año, partiría de Siena rumbo a Lombardía, alentada por la esperanza de obtener alguna noticia del objeto de todos sus cuidados.
Mientras tanto, Fabián había concebido un propósito semejante. Por Flora supo que Lorenzo se había dirigido primero a Milán, y decidió viajar él mismo a esa ciudad, con la firme determinación de no regresar sin noticias ciertas. Comunicó su plan a su madre, pero le rogó que no informara a Flora, para no torturarla con una doble incertidumbre durante su ausencia.
Llegó el aniversario del quinto año y, con él, la víspera de aquellas dos partidas, tan distintas y, sin embargo, encaminadas al mismo fin. Flora había decidido retirarse a la villa ya mencionada. Lo hizo por varias razones: desde allí su huida sería más fácil que desde la ciudad y, además, deseaba evitar ver a Fabián y a la condesa, ahora que estaba a punto de causarles una pena tan grande. Pasó el día en la villa y en sus jardines, cavilando sobre sus planes, añorando la quietud de su vida pasada, entristecida por Fabián y llorando amargamente por Lorenzo.
No estaba sola, pues se había visto obligada a confiar en una de sus antiguas compañeras y a obtener su ayuda. La pobre Angeline temblaba de miedo ante el secreto que le habían confiado, pero no se atrevía ni a disuadir ni a traicionar a su amiga. Permaneció a su lado durante aquel último día, ora intentando consolarla, ora llorando con ella.
Hacia el atardecer, salieron juntas hacia el bosque contiguo a la villa. Flora había llevado su arpa consigo, pero sus dedos temblorosos rehusaron pulsar las cuerdas, así que la dejó a un lado, dejó también a su compañera y se internó sola para despedirse de un rincón que había sido su refugio en muchas visitas anteriores. Allí los árboles umbríos se agrupaban sobre ella y la cubrían con su follaje espeso y caído. Un torrente se precipitaba desde una roca vecina y caía desde lo alto en un pilón rústico, labrado para recibirlo. Luego, desbordando por un punto de su margen, seguía cayendo en sucesivas cascadas hasta el fondo de un pequeño barranco, para deslizarse después en un curso plácido y silencioso.
Aquel lugar había sido siempre su predilecto. La penumbra del bosque y el fluir perpetuo del agua, su estrépito, su prisa y su agitación, la variedad dentro de lo eterno, se avenían con la melancolía de sus pensamientos y la sucesión interminable de sus ensueños. Llegó hasta él y contempló la límpida cascada por última vez. Un suave pesar brillaba en sus ojos y su actitud revelaba la tierna pena que llenaba su pecho. Sus largos cabellos, brillantes, caían en gracioso desorden, y su velo ligero y su atavío sencillo, aunque rico, se reflejaban intermitentes en la tersa superficie de las aguas en fuga.
En ese momento, el sonido de unos pasos más firmes y varoniles que los de Angeline llegó a sus oídos, y Fabián apareció ante ella. No había podido marcharse a su viaje sin verla una vez más. Había cabalgado hasta la villa y, al saber que había salido, la buscó y la encontró en aquel rincón escondido donde tantas veces habían pasado horas que para él habían estado colmadas de felicidad.
Flora se entristeció al verlo, pues su secreto estaba en sus labios, pero decidió no revelarlo. Él estaba movido por el mismo sentimiento. Por eso, su encuentro fue breve y ninguno aludió a lo que ambos guardaban en lo más hondo de sus corazones. Se separaron con un simple «Buenas noches», como si fueran a reencontrarse al día siguiente. Cada uno engañaba al otro y, a su vez, era engañado. Sin embargo, en el modo de Flora hubo más ternura que nunca, y esa dulzura alentó el alma vacilante de él. Para ella, mientras pensaba en el golpe que él recibiría, aquella efímera suavidad hacia el enemigo de su hermano le pareció venial.
Fabián pasó la noche en la villa, y a la mañana siguiente partió temprano hacia Milán. La impaciencia lo dominaba; espoleaba con frecuencia a su caballo, pero, aun así, le parecía que avanzaba con lentitud. Sin embargo, era consciente de que su llegada a Milán podía no adelantarle nada respecto al objetivo último de su viaje. Llamó a Flora cruel e ingrata, hasta que el recuerdo de su cariñosa despedida lo volvió a consolar.
Se detuvo la primera noche en Empoli y, tras cruzar el Arno, comenzó a ascender los Apeninos por su ladera norte. Pronto penetró en sus desfiladeros y se internó en lo profundo de los bosques de encinas. Proseguía con perseverancia, aunque los obstáculos eran muchos y los soportaba con impaciencia. Al fin, en la tarde del tercer día, llegó a una rústica posada, escondida en un bosque, que mostraba pocas señales de recibir viajeros con frecuencia. El sol abrasador la convirtió en un refugio bienvenido para Fabián. Dejó a su caballo en el establo, ya ocupado en parte por un hermoso corcel negro, y entró en la posada en busca de alimento.
No fue fácil obtenerlo. La posadera era la única servidora y tardó en presentarse, llena de tribulación. Había llegado un viajero enfermo, un caballero que, al parecer, moría de fiebre maligna. Su caballo, su bien provista bolsa y su rico vestido mostraban que era un hombre importante, por lo que su estado era aún más de lamentar. No había manera de ayudarlo ni de trasladarlo, y gran parte de su sufrimiento parecía provenir de su ansiedad por llegar a Siena.
El nombre de su propia ciudad despertó el interés de Fabián, que subió a visitar al desconocido mientras la mujer preparaba la cena.
Mientras tanto, Flora se había despertado con el canto de la alondra y, con la ayuda de Angeline, se había vestido con su hábito de peregrina. Para su sorpresa, descubrió por el movimiento en la villa que el conde Fabián había pasado allí la noche, así que esperó hasta que partiera —según creía— de regreso a Siena. Entonces abrazó a su joven amiga, le dio infinitas bendiciones y agradecimientos y, sola, con el cielo como único guía, emprendió su peregrinación.
El viaje, realizado a pie, fue lento, sin posibilidad alguna de alcanzar al caballero que ya llevaba muchas millas de ventaja. Una vez iniciada la empresa se le antojó gigantesca y casi flaqueó su ánimo. El sol abrasador la agotaba; jamás se había visto sola en un camino, y mil temores la asaltaban, hasta que el cansancio la venció y apenas podía sostenerse. Siguiendo el consejo de la posadera de una venta donde se detuvo, compró una mula que le facilitara tan largo trayecto. Con todo, recién la tercera noche alcanzó Empoli y, tras cruzar el Arno, como había hecho su enamorado, comenzó también ella a internarse en los sombríos Apeninos.
Entonces le pareció que se desplegaban ante ella infortunios cada vez mayores a medida que se adentraba en la inmensa soledad de aquellos bosques. Su atuendo de peregrina le granjeaba cierto respeto, y pudo alojarse en conventos a lo largo del camino. Las piadosas hermanas levantaban las manos, admiradas de su valentía, mientras el corazón de Flora latía débilmente, consciente de que no lo era. Pero una y otra vez se repetía a sí misma que, una vez atravesados los Apeninos, lo peor habría terminado. Así continuó avanzando: ya fatigada, ya aterrada, lentamente y, sin embargo, deseosa de llegar pronto.
Al séptimo día después de salir de Siena, todavía estaba enredada en los laberintos de aquellas agrestes montañas. Esperaba dormir esa noche en un convento en la cima y llegar al día siguiente a Bolonia. Esa esperanza la había sostenido durante la jornada; pero, al caer la tarde, el camino se volvió más confuso y no aparecía convento alguno. El sol se ocultó y esperó ansiosa la campana del Ave María, que le daría esperanza de hallarse cerca de su meta; pero todo era silencio, salvo el crujir de las ramas de los árboles inmensos y los latidos tímidos de su propio corazón. La oscuridad la envolvió, y con ella la desesperación, hasta que una luz titilante se mostró entre los árboles y le dio algún alivio.
Siguió aquel resplandor hasta llegar a una pequeña posada, donde la visión de una mujer de buen semblante y la seguridad de hallar refugio seguro disiparon sus temores y llenaron su alma de gratitud.
Viéndola tan fatigada, la solícita anfitriona se apresuró a ofrecerle alimento y luego la condujo a un pequeño cuarto donde tenía preparado un lecho.
—Lo lamento, señora —le dijo en voz baja—, por no poder acomodarla mejor; pero un caballero enfermo ocupa mi aposento más confortable, que está al lado de este. Ahora duerme, y no quisiera perturbarlo. ¡Pobre señor! Jamás pensé que sobreviviría. Le debe la vida a un hombre que no sabría deciros si es o no su pariente, pues no viajaba con él. Hace cuatro días se detuvo aquí, le conté mi pena —que tenía un huésped moribundo— y él, caritativamente, lo visitó y, desde entonces, lo ha cuidado como si fuera su hermano gemelo y no un extraño.
La buena mujer siguió murmurando, pero Flora apenas escuchaba. Abrumada por el cansancio y el sueño, no prestó atención a su relato. Habiendo hecho sus oraciones, apoyó la cabeza en la almohada y cayó pronto en el plácido sueño que tanto necesitaba.
Muy de mañana la despertó un murmullo de voces en la habitación contigua. Se incorporó de golpe y, reuniendo sus pensamientos dispersos, recordó lo que la posadera le había contado la noche anterior. El enfermo hablaba, pero su acento era débil y las palabras no alcanzaban a su oído. Escuchó entonces una respuesta: ¿podía Flora creer en sus sentidos? ¿No conocía ella esa voz que decía:
—No temáis nada; un dulce sueño os ha hecho un bien infinito, y me alegra creer que pronto os recuperaréis. He enviado a Siena por vuestra hermana, y en verdad espero que Flora llegue hoy mismo.
Se dijo algo más, pero Flora no lo oyó. Ya se había levantado y vestido apresuradamente; en unos minutos estaba junto al lecho de su hermano, besando su mano consumida y asegurándole que era ella misma, su Flora.
—¡Esto sí que son prodigios! —dijo al fin Lorenzo—. Y si eres realmente mi Flora, quizá puedas decirme quién es este noble caballero que ha velado a mi lado día y noche, como una madre a su único hijo, sin darse reposo, agotándose por mí.
—¿Cómo, querido hermano, puedo responder sinceramente a tu pregunta? Nombrar a nuestro bienhechor es hablar de una máscara y un disfraz, no de algo real. Es mi protector y guardián, quien me ha cuidado y preservado mientras tú vagabas lejos; el corazón más generoso de Italia, que ha ofrecido en sacrificio la enemistad pasada y el orgullo familiar en el altar de la nobleza y la verdad. Es el restaurador de tu fortuna en nuestra ciudad natal…
—Y el amante de mi dulce hermana. He oído hablar de estas cosas —repuso Lorenzo—, y venía dispuesto a confirmar su dicha y a hallar la mía propia, cuando la enfermedad me postró así, y nos habría destruido a ambos para siempre, de no ser por Fabián Tolomei…
—Que ahora ejerce su menguante autoridad para poner fin a esta escena —interrumpió el joven conde—. Hasta hoy no había estado Lorenzo lo bastante sereno para escuchar estas explicaciones, y arriesgamos su salud prolongando demasiado la conversación. La historia de estos sucesos y de sus largas andanzas, ahora tan felizmente concluidas, deberá reservarse para otra ocasión; cuando, reunidos en nuestra amada Siena, ya no como desterrados ni enemigos, gocemos largo tiempo de la felicidad que la Providencia, tras tantas pruebas, nos ha concedido generosamente.
FIN

