Carlos Bassas: una voz fundamental del noir español
Carlos Bassas del Rey ha construido una de las obras más singulares del noir español actual. Profesor, guionista, narrador de largo aliento, con Luna abandona el arquetipo y se sumerge en un territorio más íntimo, más áspero, más humano. La novela es seca, directa, emocionalmente desollada. Finalista del Premio Cartagena Negra 2025, Luna es el relato de un descenso. Y también, quizás, de una revelación.
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Esta entrevista —es más una conversación que un cuestionario— indaga en los pliegues éticos, estéticos y narrativos de la novela. Y en lo que la escritura, cuando es honesta, puede todavía nombrar.
La escritura desde la herida
- Luna arranca con una muerte, pero enseguida deja claro que el crimen no es el centro, sino la consecuencia. ¿Cuál fue el punto de partida real de la novela?
El punto de partida de la novela fue profundizar en mi interés acerca de la maldad y de a qué edad empieza a manifestarse. La maldad infantil siempre me ha fascinado, en especial desde que leí la novela “El juego de los niños”, de Juan José Plans. Desde ese momento, cada vez que leo una noticia en la que un niño o un menor comete un asesinato, como el caso del pequeño James Bulger en Liverpool en 1993, me planteo cómo es posible que dos chavales de 10 años secuestren y asesinen a un niño de dos… ¿Hasta qué punto eran conscientes de lo que hacían y qué les impulsó? ¿Puede alguien ser consciente de su propia maldad a esos años? Ese fue el el impulso que me llevó a crear a Luna. Después me planteé si esa maldad puede ser genética, y, por lo tanto, hereditaria. De ahí nacen los personajes de Sara y de Adoración, su madre y su abuela, que cargan con su propia maldad y muertes a sus espaldas, fantasmas del pasado que tratan de acallar y olvidar.
- El título es tan simple como cargado de resonancia: Luna. Nombre propio, metáfora, hija, presencia constante incluso cuando no aparece. ¿Cuándo supiste que ese sería el centro gravitatorio de todo?
Desde el principio. Todo gira alrededor de esta adolescente que hace tiempo que sospecha que es diferente y que al fin se atreve a dar el paso final, lógico según su criterio, y acepta ser quien ya es. El nombre surge de la idea de que la luna tiene dos caras, la que nos ofrece a nosotros, que la observamos, con sus ciclos, desde la Tierra, y otra siempre oculta que nadie es capaz de ver, tal vez de intuir, como hace su abuela, pero que siempre permanece oculta.
- La protagonista es una adolescente que se define por su incapacidad para amar y dejar de matar, y, sin embargo, el lector conecta con ella. ¿Cómo se construye un personaje así sin justificarlo?
Jamás trato de justificar a ninguno de mis personajes, tan solo mostrarlos y construirles una lógica interna, por muy extrema, rara o enferma que pueda ser, de modo que el lector pueda llegar a comprenderlos. Creo que ese es el secreto. También trato siempre de que los “malos” hagan cosas “buenas” y los “buenos” hagan cosas malas. Es un modo de mostrar que tanto la bondad como la maldad anidan en todos, ambas, siempre.
- La voz narrativa es seca, sobria, contenida. Pero debajo de cada línea hay ternura, ira y redención. ¿Cómo trabajas ese equilibrio?
Hace tiempo que trabajo en encontrar una voz propia, una especie de poética de lo negro, de lo oscuro que puede encontrarse también en otros escritores del género. Para mí, las novelas, todas, se sostienen sobre tres grandes patas: trama, personaje y estilo. Si falta una, el taburete se cae. Buena parte de las novelas que llegan a las mesas de novedades hoy viven un desequilibrio enorme entre esas tres patas. La mayoría se asientan sobre la trama y sacrifican personaje y estilo. Son los que yo llamo películas escritas. Otras, en cambio, se centran en el personaje, dejando de lado en gran medida la trama y algo menos el estilo. Y hay otras que se centran única y exclusivamente en el estilo, en la voz narrativa del autor y abandonan toda trama y un poco también al personaje. Son esas novelas que están escritas de un modo increíble, pero en las que no pasa nada, ni siquiera a nivel interno. Lo perfecto es ser capaz de conseguir que cada pata tenga su largura idónea, pero es una de las cosas más difíciles de alcanzar en literatura.
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El silencio, la paternidad y la herencia emocional
- La violencia en Luna es directa, física, no estilizada. Golpea. ¿Qué importancia tiene la representación del dolor físico en tu literatura?
A veces, es complicado ser capaz de contar la violencia física sin caer en lo puramente gore, de ahí que trate de trabajar mucho esa violencia desde la poética. No caer en lo exclusivamente explícito como si el lector estuviera viendo más que leyendo una escena sangrienta de una serie o película. Pero el dolor es sustancial en todas mis novelas, a veces muy físico, otras puramente interno. Sin dolor, sin que un personaje sufra de algún modo, es difícil conseguir darle cierta profundidad a veces. El dolor surge del conflicto en muchas ocasiones, de lo que el personaje quiere o desea (son cosas diferentes) y lo que puede conseguir y cómo. Diría que sí, que todos mis personajes son dolientes, cada uno a su manera. Antes de crear a cada personaje protagonista siempre le hago cuatro preguntas que necesito tener claras: qué quiere, qué desea, a qué tiene miedo y qué es lo que más teme, y, una vez lo sé, pues sigo adelante.
- Hay pasajes donde el texto roza la poesía: descripciones mínimas, pausas, repeticiones. Los que te leemos sabemos que es tu estilo, pero… ¿escribir en este tono es una decisión estética o narrativa?
Me gusta un tipo de literatura concreta como lector, y supongo que eso ha moldeado mi forma de escribir. Amo el lenguaje preciso (lo que te obliga a estudiarlo mucho) y trato de huir siempre del exceso; cuando dominas tu herramienta de trabajo eres capaz de contar lo que quieres con el mínimo de palabras, ya no solo a la hora de describir, sino también a la hora de narrar y de plasmar el universo interno de los personajes. Es posible que muchos lectores entiendan eso como un lenguaje excesivamente seco y escueto, pero yo creo que es mucho más difícil escribir así. Dicho lo cual, eso no significa que los compañeros que usan un estilo mucho más lleno de adjetivos, por ejemplo, sean peores escritores. Para nada. Eso sí, mi forma de escribir me obliga a corregir muchísimo cada novela. Pulirla. Una vez tengo una primera versión, empieza el trabajo de verdad, página a página, párrafo a párrafo, frase a frase. Siempre que corrijo, me detengo delante de cada frase y me hago la misma pregunta: ¿puedo decir los mismo con menos? Si puedo quitar un adjetivo, un sustantivo, un verbo o un adverbio de la frase que tengo delante sin que pierda significado, fuerza y belleza, lo hago. Fuera. Es cierto que a veces me paso y tengo que volver a añadir algún elemento para que la frase no resulte esquemática en exceso; incluso a veces me permito el lujo de usar dos adjetivos.
Luna y los márgenes del género negro
- Algunos podrían hablar de noir existencial, otros de western urbano, otros de novela psicológica. ¿Dónde pondrías tú a Luna si tuvieras que colocarla en una estantería?
Pues encaja en todas esas categorías, que en el fondo son las que me gustan como lector. Siempre he pensado que el noir no es más que la culminación del western en cierto modo. Aunque lo que realmente me gustaría es que pudiera encajar en un hueco que estuviera catalogado solo como Literatura. Diría que todos los escritores tenemos esa misma ambición, con independencia del género concreto en el que se nos coloque: hacer literatura. Y hacer Literatura no es más que algo tan simple de enunciar como difícil de conseguir que es contar bien una buena historia.
- En la novela se nota la influencia de autores como Manchette, Jim Thompson, incluso algo de Cormac McCarthy. ¿Qué lecturas te acompañaron mientras escribías?
Pues todos esos autores que has mencionado. También añadiría a Izzo, por ejemplo. Los escritores no somos más que el producto de nuestras propias lecturas a lo largo de los años. La Literatura es una contaminación constante y maravillosa. Cuando empiezas, tratas siempre de copiar, de imitar el estilo de otros que te han marcado. Una vez lo has conseguido, pasas a una segunda fase, que es la que podríamos llamar “escribir como ellos, pero a mi manera”, para, finalmente, una vez has escrito mucho, llegar a un punto en el que empiezas a escribir con tu propia voz, que no deja de ser una interiorización definitiva de todo lo anterior hasta el punto de que, como en una reacción química, dos elementos diferentes acaban conformando uno nuevo, distinto, propio y único.
- La novela sucede en una ciudad sin nombre, pero se siente profundamente española. ¿Qué papel juega el contexto social, económico y político en la novela?
Algunos escritores solemos compartir una broma interna que es decir que cada vez que alguien nos pregunta si el paisaje es un protagonista más, muere un plumilla… En este caso, lo que realmente me importaba, más que un lugar concreto con nombre y apellidos, era un entorno rural, nuevo y a la vez hostil para una niña pija de ciudad, que es Luna. Elegir un paisaje en detrimento de otros, lógicamente, te aporta una serie de elementos que te ayudan mucho a la hora de construir un entorno, un contexto, porque hacen que el lector complete por su cuenta muchos de los elementos que los conforman, hasta el punto de que ni siquiera tienes que preocuparte mucho es describirlo. Truco de escritor vago. Ventajista. O listo, según se mire. Eso es lo que importa realmente, no tanto el lugar concreto con un nombre y unos apellidos determinados (eso sirve para vender novelas en esos sitios, pero poco más). En Luna, lo importante era situar la novela en un entorno rural en esa España de principios de los ochenta. Con eso bastaba para que el lector supiera exactamente cuál era el contexto político, social y económico.
Literatura como cartografía del dolor
- Hay una pregunta latente en todo el texto: ¿la violencia es hereditaria? ¿Estamos condenados a repetir lo que no sabemos nombrar?
Es uno de los temas que más pregunto a los expertos y que más discuto muchas veces con quienes realmente saben de esto, y unos te dicen una cosa y otros, pues otra. Es cierto que puede haber un componente genético, por ejemplo, pero no es determinante. Son muchos los factores que entran en juego. Muchos. E influyen de un modo diferente en cada individuo. En la literatura científica te puedes encontrar desde asesinos brutales que han tenido una infancia terrible a otros que no, que lo han tenido todo: afecto, dinero, comodidades… A veces pienso que nos obsesionamos tanto con el componente hereditario de la maldad, con el gen de la violencia y esas cosas porque, de ser tan simple, identificar quién está predispuesto genéticamente a ser violento o un asesino sería tan sencillo como hacerle un test y, llegado el momento, poder curarle. Por desgracia, no es así.
- En Luna, los silencios son tan importantes como los diálogos. ¿Qué te interesa del espacio en blanco, de lo que no se dice?
Los silencios forman parte de cualquier conversación, con otros y con uno mismo. Hay cosas que no hace falta que sean dichas, y algunas que cuesta tanto decir que no encontramos las palabras adecuadas para hacerlo, ni siquiera otro modo. Es curioso como en muchos idiomas faltan palabras para enunciar determinadas cosas, a veces porque lo que designan no existe en el entorno concreto de sus hablantes, por lo que no necesitan ser nombradas en su día a día, y otras porque, en cierto modo, su significante es demasiado terrible para ser nombrado. Es una especie de protección. Como, por ejemplo, una palabra para designar a unos padres que han perdido a un hijo.
Escritura, mirada y legado
- ¿Qué fue lo más difícil de escribir?
En el caso de Luna, creo que lo más complicado ha sido el reto de construir tres personajes femeninos de tres generaciones diferentes, con sus miradas y sus voces y sus miedos y sus recuerdos y su todo. Si conseguirlo con uno ya es complicado, con tres los es aún más, en especial en todas las partes del libro en las que el diálogo entre personajes es en formato texto seguido; el resto de conseguir que el lector no se pierda y sea capaz de identificar sin problemas quién habla en cada momento ha sido complicado, pero creo que lo he conseguido. Significa que cada personaje tiene una voz, un idiolecto tan propio y particular que no necesitaba de nada más para que se supiera si era Luna, Sara o Adoración la que habla en cada momento. Es algo que procuro hacer en cada libro, enfrentarme a un reto técnico de escritura diferente que me mantenga despierto.
- ¿Y lo que más te dolió?
Al contrario de lo que otros escritores suelen decir en algunas entrevistas, para mí no supone ningún tipo de dolor escribir, ni real ni figurad, ni metafórico. Bueno, miento, sí hubo una novela que me obligó a lidiar con el dolor de una forma muy personal y directa, que fue Soledad. Tal vez por eso, y porque fue escrita en un momento muy concreto de mi vida, ha sido la que más me ha costado de todas.
- Si Luna —la niña— pudiera leer esta novela, ¿qué crees que entendería?
Creo que se vería bien reflejada, de una forma clara, directa y objetiva (dentro de la subjetividad que supone la ficción). A lo largo del texto no se la juzga, se la deja actuar libremente, reflexionar de forma directa en primera persona y ser quién es. Lo mismo sucede con su madre, Sara, y con su abuela Adoración. Cada una de ellas es como es.
- Si esta historia fuera una película, ¿qué director podría adaptarla? ¿En blanco y negro o en color?
Como guionista que soy también, soy consciente de que algunos libros son más fácilmente adaptables que otros. Aunque creo que lo verdaderamente adaptable son los relatos o las novelas cortas (al trabajo de Stephen King me remito, por ejemplo) más que los textos largos. Pero, contestando a tu pregunta, y ya que he citado a Plans en una de mis respuestas anteriores, quizás una versión escrita por él para la pantalla y dirigida por Chicho Ibáñez Serrador (vía médium) podría funcionar. Blanco y negro, muy luminosa, todo al sol y a plena luz del día. Algo así como La caza, de Saura, por ejemplo, también.
- Y, para terminar: ¿qué queda en ti, como autor, después de escribir algo así?
Quedan las ganas de que el lector le quiera dar una oportunidad y que, sobre todo, cuando cierre el libro ya no sea el mismo que cuando entró. No aspiro a cambiar nada, ni una vida ni la historia, tan solo a arañar un poco al lector. Creo que en eso consiste la buena literatura.