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    Antón Chéjov: El gato | Lecturia

    Sinopsis: «El gato» (Кот) es un cuento corto de Antón Chéjov, publicado en mayo de 1883 en la revista Oskolki (Fragmentos). En medio de la noche, el descanso de Varvara Petrovna y su esposo Aliosha se ve interrumpido por unos extraños ruidos procedentes del exterior de su hogar. Convencida de que podría tratarse de un niño abandonado, la mujer obliga a su esposo a investigar. Al asomarse, Aliosha descubre un escandaloso grupo de gatos que, reunidos bajo su ventana, entonan una peculiar serenata. Molestos y decididos a poner fin al alboroto, la pareja se prepara para actuar; sin embargo, una situación imprevista frustra sus planes.

    El gato

    Antón Chéjov
    (Cuento completo)

    Varvara Petrovna se despertó y aguzó el oído con atención. Palideció su cara; sus ojos, negros y grandes, se agrandaron más aún y relumbraron de pánico al darse cuenta de que no se trataba de un sueño… Horrorizada, se cubrió la cara con las manos, incorporóse sobre un codo y se puso a zamarrear a su marido que, enroscado como una culebra, roncaba plácidamente, echándole el aliento en un hombro.

    —Aliosha, palomo mío, despierta. Despierta, querido… ¡Oh, esto es horrible!

    El marido dejó de exhalar ronquidos y estiró las piernas. Varvara Petrovna le dio un pellizco en un carrillo. Aliosha se desperezó, respiró profundamente y acabó despertándose.

    —Aliosha, Aliosha de mi vida, despierta —repitió la mujer—. Alguien está llorando…

    —¿Cómo que alguien está llorando? ¿De dónde sacas esas figuraciones?

    —Escucha y te convencerás. ¿No oyes? Son gemidos… Probablemente habrán abandonado algún niño a nuestra puerta. ¡Ay, yo no puedo oírlo!

    Aliosha se sentó en la cama y prestó atención. La noche gris asomaba por la ventana, abierta de par en par. Una leve brisa traía hasta el lecho, junto con la fragancia de las lilas y el sutil rumoreo de los tilos, unos sonidos extraños. No era fácil determinar, al pronto, si se trataba de llanto infantil o de un aullido. Imposible saberlo a ciencia cierta. Una sola cosa estaba clara: los sonidos provenían de junto a la ventana, y no eran de una sola garganta, sino de varias; había voces de bajo, de tenor, de barítono…

    —¡Son los gatos, Varia! —dijo Aliosha—. ¡Hay que ver qué tontuela!

    —¿Gatos? ¡Imposible! ¿Y esas voces de bajo?

    —Gruñidos de un cerdo. No olvides que nos encontramos en el campo… ¿Oyes? En efecto, son gatos… Anda, tranquilízate y duerme tranquila.

    Varia y Aliosha se acostaron, cubriéndose con la manta. El frescor de la mañana comenzó a penetrar por la ventana, produciendo al matrimonio ligeros escalofríos. Los dos esposos se acurrucaron y cerraron los ojos. A los cinco minutos, Aliosha se removió para volverse del otro costado:

    —¡No nos dejan dormir! ¡El diablo que los lleve!… ¡Cómo chillan!

    El concierto gatuno iba in crescendo. Al coro, por lo visto, iban incorporándose elementos nuevos, fuerzas frescas; y lo que había sido ligero rumor bajo la ventana convirtióse en estruendo, en algarabía, en alboroto… El anterior piano suave alcanzaba el nivel del fortissimo, y el aire no tardó en llenarse de unos ruidos indignantes. Algunos gatos emitían aullidos entrecortados; otros, gorjeos arrogantes, como si interpretasen una partitura; los terceros daban una nota larga y monótona… Y uno, quizá el más viejo y fogoso, cantaba con voz antinatural, nada gatuna, que tan pronto se aproximaba al timbre del tenor como al del bajo:

    —Miau… Miau… Tu… tu… tu… carriau…

    A no ser por los maullidos, hubiera sido difícil distinguir que eran gatos los que cantaban… Varia se dio la vuelta y emitió unos cuantos gruñidos. Aliosha saltó de la cama, lanzó mil blasfemias y cerró la ventana. Pero ¿qué es una ventana? Por ella pasa el sonido, y la luz…

    —Tengo que levantarme a las ocho para ir la oficina —dijo Aliosha, añadiendo un juramento—; pero estos malditos diablos no paran de berrear y nos impiden dormir. ¡Cállate tú, por lo menos, mujer! Estás gruñe que gruñe junto a mi propio oído, y no paras de dar la lata. ¿Qué culpa tengo yo? ¿Son míos, acaso?

    —Échalos, asústalos…

    El marido tornó a despedir por la boca sapos y culebras, saltó de la cama y se fue para la ventana. La noche iba dejando paso a la aurora.

    Mirando al cielo, Aliosha sólo vio una estrellita que relucía ya como entre nubes, casi imperceptiblemente. En el tilo rumorearon los gorriones, atemorizados por el ruido de la ventana al abrirse. Aliosha miró al pie de la ventana y descubrió diez o doce mininos que, levantados los rabos, resoplando y pisando suavemente la hierba, andaban como dromedarios en torno a una bella gatita, que estaba sentada en una tinaja puesta boca abajo, y le cantaban la serenata. Era difícil discernir qué sería mayor: su amor a la gata o su empaque. ¿Habían acudido allí impulsados por el amor, o sólo para hacer gala de su sentido del honor? Sus actitudes expresaban un odio refinado… Al otro lado de la empalizada una cerda se rascaba contra la valla en compañía de sus gorrinillos y pedía que la dejaran pasar al jardín.

    —¡Zape, zape! —gritó Aliosha—. ¡Zape, demonios! ¡Fuera de aquí, zape!

    Pero los gatos no le hicieron caso. Sólo la gatita se dignó mirar, y eso de soslayo, como a regañadientes. Era feliz y no estaba para reparar en Aliosha.

    —¡Zape, zape, condenados! ¡Fuera, el diablo que os lleve a todos! ¡Varia, dame la garrafa! ¡Vamos a darles un baño a estos malditos!

    Varia saltó de la cama y le llevó al marido no la garrafa, sino la jarra de la palangana. Aliosha se repechó en el poyo y preparó la jarra.

    —¡Ay, señores, señores! —oyó de pronto una voz sobre su cabeza—. ¡Esta juventud, esta juventud! ¿Cómo se puede hacer eso? ¡Ay, qué juventud!

    Tras las palabras siguió un suspiro. Aliosha levantó la cabeza y vio unos hombros, de los que pendía un batín de percal con grandes flores estampadas, y unos dedos huesudos. De los hombros en cuestión sobresalía una cabeza pequeña y cana, con gorro de dormir; y los dedos hacían movimientos de amenaza. Un anciano, desde la ventana de arriba, no quitaba ojo a los gatos. Sus ojillos mostraban gran interés, como si asistiesen a un espectáculo de ballet.

    Aliosha abrió la boca, palideció y sonrió.

    —¿Estaba durmiendo vuecencia? —preguntó lo primero que se le ocurrió.

    —Hace muy mal, caballero. Va usted contra los mandatos de la Naturaleza, joven. Está usted quebrantando…, eee…, por así decirlo, las leyes naturales. Y eso está muy mal. ¿Qué le importa a usted? Al fin y al cabo… es… cosa del organismo. ¿Qué opina usted? ¿No es el organismo? Pues hay que comprender las cosas. No me parece bien, caballero.

    Aliosha, acobardado, se fue de puntillas a la cama y se acostó dócilmente. Varia se acurrucó a su lado y contuvo el aliento.

    —Es nuestro jefe… —musitó el marido—. Él mismo, en persona. Y no duerme, mirando a los gatos. ¡Qué diablo! ¡Es una verdadera lata vivir al lado del jefe!

    —¡Joven! —oyó Aliosha la voz del viejo al cabo de unos instantes—. ¿Dónde se ha metido? Haga el favor de salir.

    Aliosha se asomó a la ventana y puso atención a las palabras del jefe:

    —¿Ve usted ese gato blanco? Pues es mío. ¿Qué le parece? ¡Fíjese qué movimientos, qué andares! Fíjese, fíjese. ¡Miau, miau! Vaska, ven aquí. Acércate, pillo. ¡Hay que ver qué bigotazos tiene el pícaro! Es siberiano… De lugares muy alejados, ¡je, je, je! Y la gatita… lo va a pasar mal. ¡Je, je, je! A mi gato no hay gata que se le resista. Va usted a verlo ahora mismo. ¡Mire qué elegancia!

    Aliosha elogió la piel del felino. El viejo le describió el modo de vida del animal, sus costumbres… Y se entusiasmó tanto, que le tuvo allí hasta la salida del sol. Se lo refirió todo con mil detalles, chasqueando la lengua de emoción y chupándose los huesudos dedos.

    ¡No hubo manera de dormir!

    Pasadas las doce de la noche siguiente, los gatos reanudaron su algarabía y despertaron a Varia. Aliosha no se atrevió a espantarlos: entre ellos estaba el de su excelencia. Marido y mujer oyeron hasta el amanecer el concierto gatuno.

    FIN

    Antón Chéjov - El gato
    • Autor: Antón Chéjov
    • Título: El gato
    • Título Original: Кот
    • Publicado en: Осколки (Oskolki), mayo de 1883
    • Traducción: Luis Abollado

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