Resumen del argumento: en Mozart y Brahms y Corelli, de Almudena Grandes, Tomás, un adolescente de dieciséis años, estudiante de violín, comienza a faltar a clase para ir con sus amigos Miguel y Ramón a la Casa de Campo, un parque de Madrid, donde observan a las mujeres que trabajan en la calle. Allí conocen a Fernanda, una joven colombiana de gran belleza a la que llaman «la reina», y a Adolfo, un hombre mayor que acude cada día al lugar y conversa con los chicos. Tomás queda fascinado por Fernanda y descubre que tiene una hermana mayor, Nancy, menos llamativa, con quien entabla un vínculo reservado y silencioso. Empieza a llevarle bocadillos, se interesa por su bienestar e incluso le propone un trabajo como asistenta, pero ella lo rechaza con enfado. Tras el desencuentro con Nancy, Fernanda se acerca a Tomás, lo invita a acompañarla y le regala un encuentro íntimo que él experimenta como un cambio profundo. Al regresar con sus amigos, Tomás ve cómo Fernanda se sube a un coche y le hace un gesto afectuoso desde la distancia, mientras Nancy lo mira desde su lugar habitual con una expresión de disgusto que él decide no enfrentar.
Advertencia
El resumen y análisis que ofrecemos a continuación es sólo una semblanza y una de las múltiples lecturas posibles que ofrece el texto. De ningún modo pretende sustituir la experiencia de leer la obra en su integridad.
Resumen de Mozart, y Brahms, y Corelli de Almudena Grandes
Mozart, y Brahms, y Corelli, incluido en el libro Estaciones de paso (2005) de Almudena Grandes, está narrado en primera persona por Tomás, un adolescente madrileño de dieciséis años, estudiante de violín. El relato se desarrolla en la Casa de Campo, lugar al que él y sus dos amigos, Miguel y Ramón, se escapan en horario escolar para ver a un grupo de prostitutas que trabajan en la zona. Entre ellas destaca Fernanda, apodada «la reina», una mujer colombiana de extraordinaria belleza que, para Tomás, encarna la perfección y la sensualidad de la música que ama: la compara con la experiencia de escuchar Las cuatro estaciones de Vivaldi.
En la loma desde donde observan a Fernanda suelen encontrarse con Adolfo, un hombre de unos cincuenta años que, según él, acude por admiración estética, no por interés sexual. Adolfo, con un pasado sindicalista y un empleo fantasma en Radiotelevisión Española, entabla con Tomás una relación de complicidad, considerándolo «un artista» capaz de comprender su fascinación por la belleza. Con el tiempo, Tomás descubre que Fernanda tiene una hermana mayor, Nancy, de aspecto poco agraciado, que también ejerce la prostitución pero apenas consigue clientes. Basi, un anciano que hace recados a las chicas, explica que Fernanda trabaja sobre todo para mantenerla y protegerla.
Movido por una mezcla de compasión y afinidad, Tomás comienza a llevarle a Nancy el bocadillo y el zumo que su madre le prepara, visitándola en el recreo o después de clase. Su trato con ella es intermitente: Nancy a veces se muestra conversadora y otras veces hosca, siempre marcada por la esperanza obsesiva de que regrese su “doctorcito”, un dentista que fue cliente habitual y que, pese a su desaparición, ella cree que volverá a buscarla. Tomás, aunque sabe que eso no ocurrirá, evita decírselo.
En paralelo, sigue fascinado por Fernanda, a la que un día ve por casualidad en Lavapiés. El encuentro refuerza su impulso creativo: inspirado por ella, decide trabajar con intensidad en una pieza compleja de Shostakovich para impresionar a su profesora de violín, doña Paula. Tras semanas de práctica, logra conmoverla con su interpretación, aunque en realidad su esfuerzo tenía como destinatarias invisibles a Fernanda y Nancy.
En julio, Tomás propone a Nancy trabajar como asistente de su profesora, pensando que sería una forma de ayudarla. Pero ella interpreta la oferta como un insulto y reacciona con ira, acusándole de menospreciarla por no ser «como su hermana». En su furor, Nancy humilla a Tomás, lo trata de «gordo de mierda» y lo acusa de ser un «marica». El enfrentamiento deja al adolescente herido, aunque se despide reafirmando, casi a modo de defensa, que al menos él «toca el violín».
Hacia el final del relato, el ambiente en la Casa de Campo se deteriora: Adolfo advierte que el lugar perderá pronto su actividad. En ese contexto ocurre el episodio decisivo. Fernanda, rompiendo la distancia habitual, llama a Tomás y lo conduce a un chiringuito abandonado. Allí, con gestos cómplices, reconoce su bondad hacia Nancy y le ofrece intimidad. Tomás, aunque nervioso, acepta. La escena se describe como una experiencia intensa y envolvente, marcada por la percepción de que Fernanda es «pura música», capaz de condensar en su cuerpo las estaciones de Vivaldi.
Al despedirse, le entrega a Fernanda el bocadillo que él había preparado para Nancy, sabiendo que era su favorito. De vuelta a la loma, Adolfo le ofrece un trago y le pide que nunca le cuente lo sucedido. Desde lo alto, Tomás ve a Fernanda marcharse en un coche. Ella le envía un beso desde la distancia, mientras Mozart, Brahms y Corelli parecen mirar a Tomás desde el cielo. Al mismo tiempo, percibe la mirada furiosa de Nancy, sola junto a su árbol, a la que él no se atreve a sostener la vista.
Personajes de Mozart, y Brahms, y Corelli de Almudena Grandes
Tomás es el protagonista y narrador del cuento. Se trata de un adolescente de dieciséis años que estudia violín con rigor y devoción. Es un muchacho introspectivo, tímido, físicamente poco agraciado —él mismo se define como gordo, feo y con gafas—, pero posee una sensibilidad artística muy aguda. La música no es sólo su vocación, sino también su refugio emocional, su modo de entender el mundo y su vía de conexión con lo sublime. Frente a sus amigos, que viven la adolescencia con un ánimo más impulsivo o superficial, Tomás se siente diferente. A través de su mirada se construye todo el relato: una voz sensible, lúcida y a veces conmovedora que observa el entorno con una mezcla de admiración, duda y asombro. La experiencia con Fernanda marca su tránsito simbólico hacia la adultez, pero sin abandonar nunca su vocación artística ni su capacidad de asombro. Lo que lo distingue es su deseo de comprender, no sólo de experimentar. Su desarrollo personal está atravesado por la tensión entre el ideal de la belleza —encarnado en la música y en Fernanda— y la cruda realidad que le rodea.
Fernanda, apodada «la reina», es una prostituta colombiana que aparece ante los ojos de Tomás como una manifestación deslumbrante de la belleza. Alta, elegante, sensual y segura de sí, su presencia tiene un efecto hipnótico en el protagonista. Pero más allá del deseo físico, Fernanda representa para Tomás una experiencia estética: su andar, su voz, su forma de mirar y hasta el modo en que se viste le evocan sensaciones similares a las que experimenta con la música clásica. En ella, el ideal artístico se encarna en un cuerpo real, complejo y ambivalente. Fernanda no es una figura pasiva ni simbólica, sino un personaje activo, inteligente y compasivo, que entiende la sensibilidad del muchacho y se relaciona con él desde un lugar de ternura y poder. Aunque no se ahonda demasiado en su pasado, sí se nos revela su humanidad a través de su vínculo con Nancy: ella cuida de su hermana, la mantiene, la acompaña. En su última escena con Tomás, Fernanda parece comprender y honrar lo que él es, y le ofrece una experiencia que, aunque transcurre en el terreno de lo sexual, está narrada como un acto de iniciación emocional, incluso espiritual.
Nancy es la hermana mayor de Fernanda y representa el reverso opaco de la belleza. A diferencia de su hermana, es fea, triste, resignada. El propio Tomás no puede evitar pensar en ella como una mujer sin atractivo, pero eso no impide que establezca con ella una relación ambigua, entre la compasión y el afecto. Nancy aparece marcada por la frustración y el abandono: su historia está atravesada por la esperanza, casi ingenua, de que su «doctorcito», un cliente que desapareció, regresará algún día para sacarla de ese lugar. Ese espejismo —que Tomás comprende como falso— da cuenta de su vulnerabilidad, pero también de su necesidad desesperada de salvación. Nancy se muestra desconfiada, irónica, de mal carácter, y en ocasiones cruel, como en la escena en que humilla a Tomás tras su intento fallido de ayudarla. Aun así, el cuento no la retrata como una villana, sino como alguien roto, cuya dureza es una coraza contra el dolor.
Adolfo es un personaje secundario pero fundamental. Hombre maduro, sindicalista caído en desgracia, productor de televisión en situación de limbo laboral, acude cada mañana a la Casa de Campo a observar a las chicas. Su presencia, aunque en apariencia desubicada, cumple un rol central en el relato: es el mentor irónico de Tomás, un hombre que mezcla un discurso político radical con una sensibilidad estética apasionada. Se proclama un «esteta», enamorado de la belleza femenina, pero al mismo tiempo afirma tener principios y se niega a participar de la explotación sexual de las mujeres que observa. Adolfo representa el desencanto del adulto que, aunque ha sido vencido por las circunstancias, mantiene intactas ciertas convicciones y busca, en su relación con Tomás, una forma de transmitirlas. Su vínculo con el muchacho es peculiar: lo trata con afecto y complicidad, lo reconoce como artista y lo protege. Su despedida final es uno de los momentos más emotivos del cuento.
Miguel y Ramón son los dos amigos de Tomás. Funcionan como contrapunto del protagonista: representan la adolescencia convencional, con sus bravatas, su curiosidad por el sexo, sus inseguridades disfrazadas de audacia. Aunque no son personajes malintencionados, muchas veces se burlan de Tomás, o lo excluyen, y no alcanzan a comprender la profundidad de sus emociones. También viven su relación con las prostitutas desde un lugar más directo, menos reflexivo. Su presencia en el relato permite delinear con mayor claridad la singularidad de Tomás y su mirada diferente sobre el mundo.
Doña Paula, la profesora de violín, aparece en pocas escenas, pero su figura es clave en el universo íntimo del protagonista. Representa el rigor del aprendizaje, la tradición musical, el vínculo con una herencia familiar que pasa de generación en generación. Aunque es exigente y severa, también reconoce el talento de Tomás y se emociona genuinamente con sus progresos. Su aprobación tiene un valor especial para el muchacho, y su figura se sitúa como una referencia moral y artística.
Finalmente, Basi, el viejo que ayuda a las prostitutas, es un personaje entrañable, casi invisible en el relato pero cargado de humanidad. Su lealtad hacia las chicas y su afecto por Nancy permiten descubrir aspectos ocultos de los personajes principales. A través de él, el cuento muestra una forma de solidaridad silenciosa, cotidiana, marginal, que se opone a la mirada indiferente del resto del mundo.
Análisis de Mozart, y Brahms, y Corelli de Almudena Grandes
Género y subgéneros principales
Mozart, y Brahms, y Corelli pertenece a la narrativa contemporánea de ficción y, más específicamente, al género del relato de formación o coming-of-age, ya que muestra un momento clave en el tránsito del protagonista desde la adolescencia hacia una experiencia más compleja del mundo adulto. También se inscribe en el realismo urbano, pues retrata un entorno concreto y reconocible de Madrid, con atención a las dinámicas sociales y a la vida cotidiana. El cuento combina elementos costumbristas con la narrativa introspectiva, explorando no sólo los acontecimientos externos, sino también las percepciones, asociaciones y reflexiones íntimas del narrador.
Escenario
La mayor parte de la acción transcurre en la Casa de Campo, un amplio parque madrileño que en el cuento se presenta como un espacio fronterizo: a la vez natural y urbano, público y, en ciertos sectores, marcado por actividades marginales. Allí, en una loma convertida en «observatorio», Tomás y sus amigos ven pasar a las mujeres que trabajan en la zona, observan los coches que se detienen y conversan con personajes como Adolfo o Basi. El relato también se desplaza ocasionalmente a otros puntos de la ciudad: el barrio de Lavapiés, donde Tomás ve a Fernanda; la casa de su profesora de violín, donde estudia. Estos escenarios secundarios sirven para ampliar el contraste entre el mundo protegido de su vida académica y familiar, y el espacio abierto, desigual y cargado de tensiones de la Casa de Campo.
Tipo de narrador
La narración está construida en primera persona por Tomás, lo que ofrece una perspectiva subjetiva, limitada a su experiencia directa y a lo que percibe o deduce de los demás. El narrador no oculta sus inseguridades ni su visión idealizada de Fernanda, pero tampoco intenta imponerse como intérprete de una verdad absoluta. Su relato se apoya en observaciones minuciosas, recuerdos sensoriales y asociaciones musicales, que colorean los hechos con una intensidad particular. Al mismo tiempo, esta voz narrativa es consciente de su posición: un adolescente en un mundo que no controla del todo, que oscila entre el asombro, la fascinación y la incomodidad. Esta focalización en su mirada permite que el lector experimente la historia filtrada por una sensibilidad artística y en formación.
Temas principales
Uno de los ejes temáticos es la iniciación, entendida no sólo en términos sexuales, sino como un aprendizaje sobre las complejidades del deseo, la belleza y las relaciones humanas. Tomás pasa de la contemplación idealizada a una experiencia directa que lo deja con emociones ambiguas, combinando euforia y cierta pérdida de inocencia.
La belleza es otro tema central, concebida como algo que trasciende lo físico y que, para Tomás, se vincula de forma orgánica con la música. Fernanda es «pura música», un ideal estético que él describe con el mismo lenguaje que usa para interpretar a Vivaldi o Shostakovich. Este vínculo entre arte y atracción otorga a la historia un matiz singular, donde el deseo se interpreta como una experiencia artística.
El cuento también aborda la desigualdad social y las jerarquías implícitas en las relaciones humanas. La Casa de Campo es un microcosmos donde se cruzan personas con realidades muy distintas: quienes esperan en la calle, quienes pasan en coches caros, quienes observan desde la distancia. A través de Adolfo y sus comentarios, se filtran reflexiones sobre el clasismo y la imposibilidad de ciertas solidaridades.
Finalmente, otro tema relevante es la compasión y sus límites. La relación de Tomás con Nancy muestra cómo la empatía puede chocar con el orgullo y las expectativas ajenas. Su gesto de ofrecerle un trabajo, concebido como ayuda, provoca rechazo y un quiebre en el vínculo, revelando que las buenas intenciones no siempre son bien recibidas.
Estilo y técnicas de escritura
Almudena Grandes utiliza un estilo detallista y sensorial, que combina un registro coloquial cuidado en los diálogos con descripciones poéticas y comparaciones elaboradas en la voz del narrador. La prosa fluye en párrafos extensos que imitan el ritmo de la memoria y el pensamiento, incorporando digresiones que enriquecen el trasfondo del personaje.
La técnica de focalización interna es fundamental: el mundo se presenta filtrado por la sensibilidad de Tomás, que traduce impresiones visuales y emocionales en imágenes musicales. El empleo de metáforas extraídas de la música no es un recurso aislado, sino un mecanismo estructural que acompasa la historia, de manera que la experiencia con Fernanda se narra como si fuera la ejecución de una obra con sus movimientos y cambios de tono.
La autora también emplea una caracterización indirecta eficaz: los personajes se revelan más por lo que hacen y dicen en situaciones concretas que por descripciones explícitas. El diálogo, con sus pausas y repeticiones, transmite las relaciones de poder y la familiaridad o distancia entre ellos.
Comentario general
En Mozart, y Brahms, y Corelli, Almudena Grandes entrelaza el descubrimiento sexual y emocional de un adolescente con un escenario urbano concreto: la Casa de Campo madrileña como punto de encuentro entre mundos que rara vez dialogan. El relato no se articula como una trama lineal hacia un clímax, sino como una sucesión de escenas observadas y recordadas por Tomás, donde la rutina —los gritos de Adolfo, las posturas de Nancy, el paso de los coches— va acumulando significados. Lo que en la superficie parece una historia de iniciación sexual se revela como una experiencia de aprendizaje mucho más ambigua, donde el contacto con la belleza y la dureza de la vida conviven sin resolverse en una sola lección.
Uno de los elementos más singulares del cuento es la traducción que hace Tomás del deseo a un lenguaje musical. La música no es un simple adorno en su discurso, sino la matriz desde la que interpreta el mundo. Fernanda se convierte para él en una composición perfecta: sus gestos tienen ritmo, su cuerpo genera armonías, su presencia despierta en él la misma mezcla de placer, inquietud y soledad que las obras de Vivaldi. Esta operación metafórica sostiene todo el relato y lo distingue de una narración meramente erótica: Tomás no sólo desea a Fernanda, la lee como partitura, la escucha como si fuera una obra que se despliega ante sus ojos. De ahí que la escena íntima con ella se describa siguiendo la secuencia de las estaciones, como si su experiencia corporal pudiera medirse en compases.
La relación entre Tomás y Nancy introduce otro registro. Frente a la exaltación musical de Fernanda, Nancy es silencio y espera. Su fijación con el «doctorcito» refleja una esperanza que paraliza, y su posición física —apoyada en el árbol, alejada del tránsito— simboliza ese inmovilismo. Para Tomás, acercarse a Nancy es un acto de empatía y también de reconocimiento: ve en ella una condición que le resulta familiar, la de no encajar en el ideal de belleza que domina su entorno. Sin embargo, el episodio del ofrecimiento de trabajo muestra cómo incluso los gestos pensados como ayuda pueden chocar con la dignidad o la autopercepción del otro. Esa tensión entre intención y recepción añade complejidad al vínculo y quiebra la comodidad de la mirada compasiva.
Adolfo cumple una función mediadora y reflexiva. Es un personaje que mezcla ironía política, experiencia personal y un concepto estético de la vida. Su discurso sobre la belleza como «algo superior» y su negativa a consumir sexo por dinero funcionan como contrapeso a la visión pragmática de los otros chicos. Al llamar «artista» a Tomás, legitima su sensibilidad en un espacio donde el valor dominante parece ser la conquista sexual. La escena final, en la que, luego del encuentro íntimo de Tomás con Fernanda, le ofrece la petaca y le pide que no le cuente nada, sella esa complicidad en torno a la idea de que hay experiencias que pertenecen al mundo privado y no al relato grupal.
El cuento también plantea una reflexión sobre las jerarquías y desigualdades que atraviesan el comercio sexual. La narración no busca moralizar ni victimizar de forma unidimensional, pero sí hace visibles las distancias: entre las mujeres que eligen y las que dependen; entre quienes llegan en coches lujosos y quienes observan desde la loma; entre la juventud de Tomás y la experiencia de Fernanda. Estas diferencias se filtran en diálogos aparentemente ligeros, como cuando Adolfo repite que «no hay nada más clasista que un pobre», o en detalles concretos, como la elección de un coche determinado para cada encuentro.
En términos formales, el uso de la primera persona es decisivo para el tono del relato. La voz de Tomás combina observación minuciosa, confesión velada y digresiones que dan cuerpo a su mundo interior. No hay un narrador omnisciente que explique lo que significa cada gesto; son las asociaciones —entre música y deseo, entre la marca del violín y el contacto físico— las que construyen el sentido. Esta estrategia narrativa permite que el lector perciba tanto la fascinación como las incomodidades del protagonista, y que el desenlace no funcione como cierre moral, sino como instante de suspensión: la mirada que no se atreve a sostener la de Nancy.
La Casa de Campo, más que un simple escenario, se presenta como un microcosmos con sus propias reglas, ritmos y jerarquías. Las rutinas de los personajes —gritar a Fernanda, puntuar a las mujeres, vigilar la llegada de coches— se convierten en rituales que marcan el paso del tiempo. El lugar concentra tensiones sociales, políticas y personales, y funciona como frontera entre el mundo protegido de la adolescencia y el espacio adulto, con sus transacciones y desigualdades.
En conjunto, el cuento retrata un momento de tránsito en la vida de su narrador, pero lo hace evitando las simplificaciones. No hay moraleja explícita, sino una acumulación de sensaciones: el descubrimiento de la atracción, la incomodidad de la compasión, la experiencia de un gesto que cambia la relación con los otros y con uno mismo. La música, que recorre el texto como metáfora y como estructura, se convierte en el verdadero hilo conductor: es la forma que tiene Tomás de entender y recordar lo que ha vivido, incluso aquello que no se atreve a contar.

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