El domingo 17 de agosto, en el marco de la primera edición del Festival de Poesía de Bogotá: “Las cosas son iguales a las cosas”, sucedió esta cosa tan irreal y poderosa: cinco increíbles poetas latinoamericanas en una misma lectura (virtual): Maricela Guerrero (Mex), Roque Raquel Salas (PR), Natalia Litvinova (Bielorr/Arg), Yuliana Ortiz Ruano (Ecu) y Ana López Hurtado (Col). El evento fue hosteado por Daniel Fajardo y tuvo, además de los poemas, una charla cuya membrana nuclear giró en torno a la experiencia queer en la poesía como vía de acceso a la disolución del yo y la relación de lxs autorxs con con el archivo histórico, popular, digital, y el lugar que ocupa el la investigación académica en sus prácticas de escritura.
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Cansados de que los festivales orbitaran en torno al servilismo político y a una poesía inofensiva, distante de nuestra sensibilidad actual, este festival quizó pensarse la poesía desde el costado de las cosas, con otrxs poetas que admiramos más que por su prestigio, por su trabajo material con el lenguaje. Este fue un espacio interactivo donde 30 poetas se reunieron en 6 recitales más 1 ambulancia y todas las ganas del mundo. Como evidencia de los intereses del festival, dejamos uno de los discursos de apertura pronunciado en la inauguración del mismo.
Uno de los tres discursos de apertura del Festival de Poesía de Bogotá: “Las cosas son iguales a las cosas”, emitidos vía aparato fonador en La Casa de Poesía Silva, el 15 de agosto de 2025
La lírica es una condición estelar que no existe
“por si acaso Dios no ha muerto, nuestros astronautas llevan armas”
-Ben Lerner
Se supone que esto es un festival de poesía, pero por favor no esperen poesía. Este es un evento donde las personas con menos ingresos por sílaba pronunciada del planeta, intentan sobrevivir a su propio aburrimiento, con poemas sobre su miedo a hablar en público, aboliendo al público, que los mira. Desde siempre, los festivales no celebran la poesía: celebran al poeta, tan inútil y fotogénico, como un cohete de museo espacial. Quizá por eso, sobre la poesía colombiana hasta mitad del siglo XX mi abuelo dijo: Las estrellas se desvanecen: por estrellas se refería por supuesto, a la tradición, y por “tradición” no se refería a nada en absoluto. La lírica es una condición estelar que no existe. Y sin embargo, aquí estamos. Ensayando —como astronautas novatos— movimientos verbales dentro de una nave que se incendia al contacto con la atmósfera. La lírica, dicen, es una condición estelar. Pero ¿dónde está su estrella? ¿En qué planeta muerto guardamos su tumba? ¿En qué plataforma institucional le hicieron la autopsia?
Hoy no conmemoramos poetas. Hoy no venimos a pedirle perdón a la poesía. Hoy venimos a decir que cualquier poeta que se respete ha querido, al menos una vez, ponerle su nombre a un cráter. Y que eso es tan estúpido como hermoso. Lorca no tiene Nobel, pero sí tiene un terreno en Marte de 67,6 kilómetros de diámetro. Este festival no se hace para elevar la poesía. Se hace para atravesarla dando saltos. El astronauta y el poeta solo sobreviven al espacio, uno a la falta de espacio de maniobra y el otro a la vastedad del espacio mismo dentro de su imaginación. El espacio es nómada, es un campo de juego que se adapta al invasor. Un poeta y un astronauta invaden, desmantelan, roban, dicen: “yo estuve aquí primero” aunque sepan que es mentira, porque la inspiración es un truco espacial y todo movimiento verbal del poeta es ensayado por más verídica que sea toda señal de desconexión entre palabra y mundo.
Al alterar el lenguaje no cambiamos al mundo, sino la forma en que pensamos ese mundo, y por extensión el modo en que encaramos nuestra vida, ¿puede un poema lograr ese poderoso efecto de succión en alguien? Apostamos la mitad de nuestro salario público a que sí. Dickinson dijo alguna vez: Si siento como si físicamente me volaran la tapa de los sesos, sé que eso es poesía. Producir lenguaje es una actividad física. Amplificarlo es la emoción física del idioma. Lo sostienes en tu lengua. Cambia la forma de tus labios mientras hablas. Es lo único que siempre tienes contigo. A quienes preguntan si la poesía aún sirve para algo: les decimos que no sabríamos vivir sin ella. No por su belleza, sino por su capacidad para incomodar el orden público. Para hacernos sudar. Para fallar con estilo. Porque el poema es, por excelencia, el registro de un fracaso. Y el fracaso, cuando es deliberado, también es un dispositivo de imaginación radical.
La poesía puede hacernos conscientes de nuestra capacidad de pensar y sentir más allá de lo meramente real, pero no nos proporciona un modelo para la revolución, la gestión ambiental, ni nada parecido. Aquí no leeremos poesía en nombre de pueblo alguno. Porque la voz del pueblo no habla a través de nosotros. Y eso es lo más político que puede decirse hoy. La belleza no puede explicar por qué la mujer llora en Gaza, los poetas no quieren explicar por qué la mujer llora, la mujer que llora es un recurso para que el lector emocionalmente incapacitado llore, la mujer que llora no significa nada para ese poeta, así como la luna no significa más que un instrumento de análsis para el astronauta. El fracaso de la mirada es decorar una herida.
Este festival no tiene la misión de “rescatar la poesía”. No somos bomberos. Ningún poeta ha salvado a nadie de un incendio. Y si lo hizo, ese fue su mejor poema. Si el poema no tiembla en el oído interno, no sirve. Si no interrumpe una línea telefónica presidencial, no sirve. Si no te hace andar ocho kilómetros dentro de la cabeza, no sirve. Este festival no quiere conmover. Quiere perturbar el orden de la lengua. Queremos poemas que fracasen con estilo. Que no resuelvan nada. Que no unan a nadie. Poemas que abran un espacio para imaginar lo imposible. Poesía no es evasión, sino método de sabotaje. Es querer levantar una máquina de hidroterapia para estrellarla contra la ventana y escapar. Y fracasar en el intento. Pero hacer temblar a los demás mientras lo intentas. Hoy, más que nunca, necesitamos fracasar juntos. Porque muchos de los aquí presentes no tenemos fe en la lírica como forma de redención. Tampoco la necesitamos. La poesía no nos hace mejores personas, nadie aquí quiere salvar el alma del que tiene al lado. Apenas si intentamos desarmar el idioma con las uñas. Este no es un festival para homenajear a nadie. Es una exploración del presente en caída libre. No queremos la gran obra, queremos poesía que no sirva para nada pero lo diga todo. Nos faltaba una teoría adecuada para explicar la decadencia de la poesía, este festival es su argumento más efectivo.
Alejo Morales