Sinopsis: «El día anterior a la revolución» (The Day Before the Revolution) es un cuento de Ursula K. Le Guin, publicado en agosto de 1974 en la revista Galaxy Science Fiction. Narra una jornada en la vida de Laia Odo, mítica dirigente e ideóloga revolucionaria, hoy debilitada por la vejez y la enfermedad. Mientras evoca a su esposo muerto y las luchas que marcaron su destino, enfrenta la rutina con un cuerpo frágil que ya no responde, aunque su espíritu permanece lúcido e insurrecto. En esa intimidad se revela la distancia entre la figura legendaria que transformó la historia y la mujer cansada que carga, en soledad, con el peso de sus días.
El día anterior a la revolución
Ursula K. Le Guin
(Cuento completo)
In memoriam, Paul Goodman, 1911-1972
El altavoz resonaba, estridente como un camión de botellas vacías sobre una calle empedrada; las personas que habían asistido a la reunión se apiñaban como adoquines, mientras la voz atronadora retumbaba por encima de la muchedumbre. Taviri estaba en el extremo opuesto del recinto, en alguna parte. Tenía que llegar hasta él. Se retorció y se abrió paso entre la gente compacta y de ropas oscuras. No oía las palabras ni veía los rostros: para ella sólo existía el rugido ensordecedor y los cuerpos apiñados. No conseguía divisar a Taviri; era demasiado baja. En su camino se interpuso un torso panzón vestido de negro. Debía llegar hasta Taviri. Sudando, descargó los puños con ferocidad, pero fue como empujar una pared: el hombre no se movió ni un centímetro. Los pulmones ciclópeos emitieron, por encima de su cabeza, un bramido portentoso, un aullido. Se agachó. Luego comprendió que el grito no era por ella. Los demás gritaban. El locutor había dicho algo, algo acerca de impuestos, o sobre sombras. Estremecida, se unió al griterío —«¡Sí, sí!»— y siguió empujando. Por fin alcanzó sin mayor dificultad el vasto Campo de Instrucción Militar, en Parheo. En lo alto, el cielo crepuscular se extendía, profundo e incoloro; a su alrededor, se mecían esos altos juncos de cabezas secas, blancas y colmadas de florecillas. Nunca había averiguado cómo se llamaban. Las flores la saludaron desde lo alto, sobre el columpio del viento que siempre barría la planicie a esa hora. Corrió entre los tallos, que se apartaron a un lado para volver a erguirse, mudos y gráciles. Taviri estaba de pie entre los altos juncos, con su mejor traje, el de color gris oscuro, que, con su áspera elegancia, lo hacía parecer profesor o actor de teatro. No parecía feliz, pero reía y le decía algo. El sonido de su voz la hizo gritar. Tendió la mano para coger la de él, pero sin llegar a detenerse. No podía parar.
—¡Ay, Taviri! —dijo—. ¡Está allí!
Y mientras seguía andando, percibía el aroma cargado, dulzón y extravagante de las flores blancas. En el suelo había zarzas, malezas, baches, hoyos. Tuvo miedo de caerse… se detuvo.
El sol le dio de lleno en los ojos, despiadado, con el resplandor cegador de la mañana. La noche anterior se había olvidado de cerrar las persianas. Le dio la espalda al sol, pero tendida del lado derecho no se sintió cómoda. No serviría de nada. Ya era de día. Suspiró dos veces, se sentó, bajó las piernas por el borde de la cama y se acurrucó, envuelta en el camisón, mirándose los pies.
Comprimidos por una vida de zapatos baratos, tenía los dedos moldeados con aristas donde uno se tocaba con otro, y con callos en la parte superior. Las uñas descoloridas eran informes. Los abultados huesos de los tobillos estaban surcados de finas arrugas secas. El valle donde terminaban los dedos y comenzaba el empeine había conservado la delicadeza, pero la piel, del color del barro, aparecía cruzada de venas sarmentosas. Feísimas. Lamentables, deprimentes. Vulgares. Miserables. Probó con todas las palabras y todas le parecieron adecuadas, como horrendos sombrerillos. Horrendos: sí, ésa también les iba bien. ¡Pues qué bien, eso de contemplarse y verse horrorosa! Pero, en fin, ¿cuándo no se había sentido horrorosa, cada vez que se había sentado a mirarse de ese modo? ¡No muy a menudo! Un cuerpo apropiado no es un objeto, un instrumento, una pertenencia para que alguien admire. ¡Es sólo uno, uno mismo! Uno comienza a preocuparse sólo cuando deja de ser uno para ser de uno, para ser algo que se tiene: ¿Estará bien conservado? ¿Me servirá? ¿Me durará?
—¿A quién le importa? —dijo Laia con rebeldía, y se levantó.
Al incorporarse con tanto ímpetu le sobrevino un mareo. Tuvo que buscar la mesita de noche con la mano, para no caerse. Eso le recordó el sueño, en que buscaba la mano de Taviri.
¿Qué le estaba diciendo? No lograba recordarlo. No sabía si había llegado a tocarle la mano siquiera. Frunció el ceño, tratando de doblegar la memoria. Después de tanto tiempo de no soñar con Taviri, y ahora no recordaba lo que le había dicho…
Pero se había ido. Se había ido. Permaneció un rato de pie, arrebujada en su camisón, aferrada a la mesa de noche. ¿Cuánto hacía que no pensaba en él —que no soñaba con él—, que ni siquiera pensaba en él como «Taviri»? ¿Cuánto hacía que no pronunciaba su nombre?
Asieo decía… Cuando Asieo y yo estuvimos en la cárcel, en el Norte… Antes de conocer a Asieo. La teoría de Asieo sobre la reciprocidad… Ah, sí, claro que hablaba de él. Demasiado, sin duda. Lo recordaba, lo traía al presente. Pero como «Asieo», con su apellido, como hombre público. El hombre íntimo se había difuminado, irrevocablemente. Ahora ya quedaban muy pocos que lo hubieran conocido. Todos habían compartido la cárcel. Por ese entonces la gente se reía de eso: todos los amigos estaban en la cárcel. Pero ya no estaban ni siquiera allí. Acabaron en los cementerios de la prisión. O en las fosas comunes.
—Ay, ay, mi amor… —se lamentó Laia en voz alta, y se hundió en la cama una vez más, pues ya no pudo seguir de pie bajo el peso de los recuerdos: las primeras semanas en el Fuerte, en la celda, esas primeras semanas de los nueve años transcurridos en el Fuerte de Drio, en la celda, esas primeras semanas después de enterarse de que Asieo había muerto en combate, en la Plaza Capitol, y que lo habían enterrado con los Cuatro Mil en los fosos de cal detrás del Portal de Oring. En la celda. Sus manos regresaron a la vieja posición de siempre, sobre el regazo: el puño izquierdo cerrado y envuelto por la derecha, mientras el pulgar diestro iba y venía, restregando el nudillo del índice izquierdo. Horas, días, noches. Había pensado en todos ellos, en cada uno de los cuatro mil. Había imaginado en qué posición estarían, cuánto tardaría la cal en corromper la carne, cómo se tocarían los huesos, en la oscuridad ardiente. ¿Quién lo estaría tocando, ahora? ¿Cómo yacerían los dedos gráciles de sus manos? Horas, años.
—Taviri, ¡no te he olvidado! —murmuró, y la insensatez del hecho la devolvió a la luz de la mañana y a la cama desordenada. Por supuesto que no lo había olvidado. Esas cosas se daban por sentadas entre marido y mujer. Allí estaban sus pies planos, viejos y feos, otra vez sobre el suelo, como siempre. No había ido a ninguna parte. Se levantó con un gruñido de esfuerzo y de reprobación, y fue hasta el armario a buscar la bata.
Los jóvenes se paseaban por las salas de la Casa con ostentoso descaro, pero ella era demasiado vieja para eso. No quería estropear el desayuno a ningún joven obligándole a mirarla. Además, ellos habían crecido según los principios que predicaban la libertad de vestimenta, de sexo y de todo lo demás, y en cambio ella no. Ella sólo lo inventó; no es lo mismo.
Como cuando hablaba de Asieo y decía «mi marido». Los demás fruncían el ceño. La palabra que debía usar, como buena odoniana, desde luego, era «compañero». Pero ¿por qué demonios tenía que ser una buena odoniana?
Recorrió la sala rumbo a los baños. Mairo estaba allí, lavándose el cabello en un lavabo. Laia estudió su larga cabellera brillante y húmeda con admiración. Salía de la casa tan rara vez que no recordaba la última ocasión en que había visto una respetable calva afeitada, pero la imagen de una abundante y frondosa cabellera aún le procuraba un vivido placer. Cuántas veces la habían humillado, gritándole «Melenuda, melenuda», mientras los policías o los gorilas la arrastraban de los cabellos. Cuántas veces, en cada nueva prisión, algún soldado burlón le había rapado el pelo al cero… Pero luego el tiempo lo hacía crecer otra vez, desde las puntas de cepillo hasta que asomaban los rizos y la melena. En los viejos tiempos… Por amor de Dios, ¿acaso sólo sabía pensar en los viejos tiempos?
Después de vestirse y de hacer la cama, bajó hasta la sala común. Tomó un buen desayuno, aunque desde el maldito ataque no había vuelto a recuperar su buen apetito. Se tomó dos tazas de infusión, pero no logró terminar con la pieza de fruta que se había servido. ¡Cómo le gustaba la fruta, de niña! ¡Tanto, que hasta había llegado a robar con tal de comerla! En el Fuerte… pero ¡ah, Dios!, basta ya con eso… Sonrió y respondió a los saludos, a las amables preguntas de los demás comensales y al gran Aevi, que atendía el mostrador esa mañana. Él la había tentado con el melocotón.
—¡Mira esto! Lo guardaba para ti…
¿Cómo podía rechazarlo? De todas formas, siempre le había encantado la fruta, de la que nunca se cansaba. Una vez, a los seis o siete años, hurtó una pieza del carro de un vendedor, en la calle del Río. Pero era difícil comer cuando todos hablaban con tanta animación. Habían llegado noticias de Thu; noticias de verdad. Al principio se sintió tentada a desestimarlas: no se fiaba de los entusiasmos. Pero luego vio el artículo en el periódico, leyó entre líneas, y pensó, con una especie de certeza honda y fría: «Vaya, entonces era cierto: ha llegado. Y sucede en Thu, no aquí. Thu estallará antes que el país; la Revolución se impondrá primero allí». Como si eso importara… Las naciones dejarán de existir. Sin embargo, sí, algo importaba, pues se sentía un poco triste y decepcionada. Para ser sincera, tenía envidia. Qué estupidez. No se sumó a la charla; enseguida se incorporó y se marchó rumbo a su dormitorio, apenada por sí misma. No podía compartir su entusiasmo. Estaba al margen de todo eso. Sí, al margen. Mientras subía los peldaños trabajosamente, se justificó pensando: «No es fácil aceptar que una está al margen, cuando se ha estado en el centro de los acontecimientos durante más de cincuenta años». Ah, Dios, basta de lamentaciones.
Dejó atrás las escaleras y la autocompasión, y entró en su habitación. Era un sitio agradable, y se sintió feliz de estar a solas. Era un gran alivio. Aunque no fuera lo más justo. En el ático, algunos chicos compartían entre cinco un dormitorio no mayor que el suyo. Nunca había lugar suficiente en la Casa Odoniana para alojar a todos los que deseaban hospedarse allí. Disponía de una habitación tan grande sólo porque era una anciana que había sufrido un ataque. Y tal vez porque fuera Odo. ¿Habría conseguido ese dormitorio si, en lugar de ser Odo, hubiese sido una simple anciana víctima de un ataque? Muy probablemente sí. Después de todo, ¿quién demonios querría compartir la habitación con una vieja achacosa? Pero tampoco estaba segura. El favoritismo, el elitismo y el culto a los líderes cundían en todas partes. De todas formas, tampoco había tenido esperanzas de verlos extirpados durante su vida, en una generación. Sólo el Tiempo ejecuta los grandes cambios. Mientras tanto, era una habitación amplia y soleada, agradable, apropiada para esa anciana achacosa que había iniciado una revolución de alcance mundial.
Al cabo de una hora llegaría su secretario y la ayudaría a despachar el trabajo del día. Arrastró los pies hasta el escritorio: era un mueble hermoso e imponente, que el Sindicato de Ebanistas de Nio le había obsequiado sólo porque alguien le oyó decir que el único mueble que realmente le hubiera gustado tener era un escritorio con cajones y suficiente lugar donde escribir… Maldición, el tablero estaba prácticamente cubierto de papeles con notas pegadas, casi todas con la letra pequeña y clara de Noi: Urgente — Provincias del Norte — ¿Consultar con R.T.?
Desde la muerte de Asieo, su letra nunca había vuelto a ser la misma. Era extraño, bien mirado. Después de todo, en los cinco años que siguieron a su muerte ella había escrito toda la Analogía. Y esas cartas, que el guardia alto con los ojos de color de aguamarina —¿cómo se llamaba?; no importaba— había podido sacar del Fuerte durante dos años, porque ella se lo pidió. Ahora las llamaban Cartas de la cárcel, y había unas diez ediciones diferentes. Lo había escrito todo en el Fuerte de Drio, en la celda, después de la muerte de Asieo: esas cartas, que, como todos le decían, tenían tanta «fuerza espiritual» (lo cual debía de significar que cuando las escribió se mintió en sus propias narices para conservar la entereza), y la Analogía, que, sin duda, era la obra intelectual más sólida que ella hubiese emprendido jamás. En fin, había que hacer algo, y en el Fuerte le permitían tener papel y lápiz… Sin embargo, todo lo había escrito con esos garabatos apresurados que nunca pudo sentir suyos, que nada tenían que ver con los trazos redondos y bien trazados de los manuscritos de Sociedad sin gobierno, que ya tenían cuarenta y cinco años. Taviri no sólo se había llevado consigo a la tumba los deseos de su cuerpo y de su corazón, sino también su letra clara y ordenada.
Pero le había dejado la revolución.
La gente le había dicho, después, que había sido muy valiente al seguir escribiendo y trabajando en la cárcel, después de una derrota tan terrible para el Movimiento, después de la muerte del compañero… Imbéciles. ¿Qué otra cosa podía haber hecho? Valentía, coraje… ¿Qué era el valor? Nunca lo llegó a descubrir. No tener miedo, decían algunos. Tener miedo, pero seguir adelante pese a todo, decían otros. ¿Pero qué podía hacerse, sino seguir? ¿Acaso había alternativa?
Morir era sólo ir en otra dirección.
Si uno quería volver a casa tenía que seguir y seguir. A eso se refería cuando escribió: «El verdadero viaje consiste en regresar», pero nunca fue más que una intuición y, a estas alturas, estaba más lejos que nunca de poder racionalizarla. Se inclinó con excesiva energía y el quejido de sus huesos le despertó un quejido. Comenzó a hurgar en el cajón inferior del escritorio. Su mano dio con una carpeta atemperada por el tiempo y la sacó; la reconoció al tacto, antes de que la vista se lo confirmara: era el manuscrito de Organización sindical durante la transición revolucionaria. Él había estampado el título en la cubierta y, por debajo, escribió su nombre: Taviri Odo Asieo, IX 741. Tenía una letra elegante y fluida; cada trazo era nítido y bien formado. Pero había preferido utilizar un dictógrafo. Todo el manuscrito había sido impreso por el dictógrafo, de buena calidad, que podía corregir las vacilaciones y determinadas expresiones. Allí no se veía que él pronunciaba la «o» desde el fondo de la garganta, como los de la costa del norte. Allí no había nada de él que no fuese su pensamiento. No tenía nada suyo, salvo el nombre escrito en la cubierta, de su puño y letra. Ella no había querido conservar sus cartas: guardar cartas era una actitud sentimental. Además, ella nunca guardaba nada. No se le ocurría una sola cosa que hubiese conservado pasados unos años. Salvo su cuerpo devastado, claro, que ya la tenía harta…
Otra vez la consabida dicotomía: «ella» y «el cuerpo». Los años y la enfermedad la habían transformado en una dualista, escapista; la mente insistía: «no soy yo, yo no soy esto». Pero sí lo era. Tal vez los místicos pudiesen desvincular la mente del cuerpo. Con cierto anhelo les había envidiado la posibilidad, más que albergar esperanzas en poder emularlos. Nunca se había dado al escapismo. Allí, cuerpo y alma, había querido buscar su emancipación.
Primero, la autocompasión; luego, el orgullo. Allí estaba, por amor de Dios, con el nombre de Asieo en la mano. ¿Por qué? ¿Acaso no sabía su nombre si no iba a buscarlo? ¿Qué estaba sucediéndole? Se llevó la carpeta a los labios y besó la escritura con intensidad, sin vacilar. La devolvió al cajón de abajo, lo cerró y se irguió en la silla. Sintió un cosquilleo en la mano derecha; se rascó y sacudió la mano en el aire, fastidiada. Nunca se recuperó por completo del ataque. Ni su pierna derecha, ni su ojo derecho, ni la comisura derecha de la boca. Eran partes torpes, perezosas, con frecuentes cosquilleos. La hacían sentir como un robot en cortocircuito.
El tiempo pasaba; Noi estaba a punto de llegar. ¿Qué había estado haciendo desde el desayuno?
Se levantó tan rápido que se tambaleó. Tuvo que apoyarse en el respaldo de la silla para no caer. Recorrió el pasillo hasta el baño y se miró en el inmenso espejo. Tenía el moño gris flojo y caído. No se lo había recogido bien antes de desayunar. Forcejeó un rato con el peinado. Le costaba mantener los brazos en lo alto, sin ayuda. Amai entró corriendo, para orinar. Se detuvo y le dijo:
—¡Yo lo haré!
En un santiamén le peinó un moño firme y esmerado, con sus dedos fuertes, bellos y bien torneados, mientras sonreía en silencio. Amai tenía veinte años: menos de un tercio de la edad de Laia. Sus padres habían sido miembros del Movimiento. Uno murió durante la insurrección del 60, y el otro seguía combatiendo, en las provincias del sur. Amai se había criado en casas odonianas; era hija de la Revolución, legítima hija de la anarquía. Y era una criatura tan serena, libre y hermosa, que uno lloraba de sólo pensar: «Para esto trabajamos, en esto pensamos, aquí está, aquí la tenéis, está viva y es nuestro hermoso y adorable futuro».
El ojo derecho de Laia Osaieo Odo derramó unas lágrimas diminutas mientras, de pie entre los lavabos y los retretes, dejaba que la peinase la hija que no había dado a luz. Pero el ojo izquierdo, el ojo sano, no lloró ni se enteró de lo que estaba haciendo el derecho.
Dio las gracias a Amai y volvió a su habitación. Al mirarse en el espejo, se dio cuenta de que tenía una mancha en el cuello del vestido. Jugo de melocotón, probablemente. Pero qué vieja tan torpe. No quería que Noi entrase y la viese con un manchón en el cuello.
Mientras se deslizaba la blusa limpia por la cabeza, pensó: «¿Qué tiene Noi de especial?».
Se ajustó la abotonadura del cuello con la mano izquierda, lentamente.
Noi tenía unos treinta años: era un hombre ágil y musculoso, de voz suave y ojos alertas y oscuros. Eso tenía de especial. Era así de simple: un estupendo atractivo sexual. Nunca se había sentido atraída por ningún hombre rubio, ni fuerte, ni por esos tipos altos y fornidos. Ni siquiera cuando tenía catorce años y se enamoraba del primer tonto que pasaba. Para ella, la receta era «moreno, menudo e impetuoso». Como Taviri, por supuesto. El joven en cuestión no se parecía a Taviri en inteligencia ni en el porte siquiera, pero allí estaba la evidencia: no quería que él la viese con el cuello manchado ni con el cabello desordenado.
Ese cabello cano y fino.
Noi entró casi sin detenerse al cruzar la puerta abierta. ¡Dios, había dejado la puerta abierta mientras se cambiaba la camisa! Lo miró y se vio a sí misma. Era una vieja.
Una puede cepillarse el cabello y cambiarse la camisa, o puede dejarse la blusa de la semana pasada y la trenza de la noche anterior, o puede ponerse brocados de oro y esparcir polvo de diamantes sobre la calva afeitada. Pero nada de eso cambiará las cosas; a lo sumo, la vieja estará más o menos grotesca.
Una conserva la pulcritud por mera decencia, por mera higiene, por consideración hacia los demás.
Luego hasta eso se pierde, y una anda por ahí toda sucia, sin ningún pudor.
—Buenos días —saludó el joven, con su voz tan cordial.
—Hola, Noi.
No, por Dios, no se trataba de mera decencia. Al cuerno la decencia. ¿Acaso debía fingir que no tenía sexo sólo porque había muerto el hombre a quien amaba y a quien no le habría importado su edad? ¿Debía reprimir la verdad, como una maldita y autoritaria puritana? Si hasta hacía seis meses, antes del ataque, había hecho que los hombres la miraran y que lo hicieran con placer. Ya no podía procurar placer, pero al menos podía complacerse a sí misma.
Cuando tenía seis años, y Gadeo, el amigo de su padre, iba a su casa a charlar de política con él después de cenar, solía ponerse la gargantilla de color dorado que su madre había encontrado en un montón de cosas viejas y recogido para ella. Era tan corta que siempre quedaba oculta bajo el cuello del vestido y nadie la veía. Le gustaba así. Ella sabía que la llevaba puesta.
Se sentaba en el umbral y los escuchaba, y sabía que se había puesto bonita para Gadeo. Era moreno, y sus dientes blancos brillaban. A veces le decía: «¡Hermosa Laia! ¡Ahí está mi preciosa Laia!». ¡Hacía sesenta y seis años…!
—¿Qué? Estoy atontada. He pasado una noche de perros. —Era cierto. Había dormido aún menos que de costumbre.
—Preguntaba si habías leído los periódicos esta mañana.
Asintió.
—¿Estás contenta con lo de Soinehe?
Soinehe era la provincia de Thu que había declarado la secesión del gobierno thuino la noche anterior.
Él parecía alegre. Sus dientes blancos brillaron en su rostro alerta y moreno. Preciosa Laia.
—Sí. Pero también tengo mis recelos…
—Lo sé. Pero esta vez va en serio. Es el comienzo del fin para el gobierno de Thu. Ni siquiera han tratado de enviar tropas a Soinehe, ¿sabes? Lo único que conseguirían es instigar a los soldados a rebelarse antes, y lo saben.
Opinaba lo mismo. También ella había sentido esa certeza. Pero no podía compartir su regocijo. Al cabo de una vida de subsistir a fuerza de esperanza porque no había más que eso, se pierde el gusto por la victoria. El verdadero sentimiento de triunfo debe estar precedido por la desesperación. Y como había aprendido a no desesperar hacía mucho tiempo, el triunfo ya le resultaba imposible. Había aprendido a seguir adelante.
—¿Escribiremos las cartas hoy?
—Sí, de acuerdo. ¿Qué cartas?
—Al pueblo del Norte —dijo sin impacientarse.
—¿Del Norte?
—Parheo, Oaidun.
Había nacido en Parheo, esa ciudad inmunda junto a un río inmundo. Llegó a la capital a los veintidós años, cuando estaba preparada para instaurar la Revolución. Aunque en esos tiempos, antes de que ella y otros se dedicasen a reflexionar sobre aquel aspecto, había sido una revolución infantil, precipitada. Huelgas por mejoras salariales, por la emancipación de las mujeres. Votos y salarios. Poder y dinero. ¡Por el amor de Dios! En fin, después de cincuenta años, después de todo, se aprenden unas cuantas cosas.
Pero, a la sazón, también debe olvidarse todo.
—Empecemos por Oaidun —dijo, mientras se sentaba en el sillón. Noi había ocupado su lugar detrás de la mesa, dispuesto a escribir. Leía fragmentos de las cartas que debía responder. Ella trataba de prestarle atención, y hasta tal punto lo consiguió, que logró dictarle una carta entera y el encabezamiento de otra—. Recordad que, en esta etapa, vuestra hermandad es vulnerable a la amenaza de… no, a los peligros de… —Vaciló, hasta que Noi ofreció una sugerencia:
—Los peligros del culto a los líderes…
—Muy bien. Y que nada se corrompe tan pronto por el deseo de poder como el altruismo. No. Y que nada corrompe al altruismo… tampoco. Ay, Dios, tú sabes bien lo que quiero decir, Noi, exprésalo a tu manera. Ellos también lo saben; es lo mismo de siempre. ¿Por qué no leerán mis libros?
—La comunicación… —dijo Noi apaciblemente, citando uno de los principales lemas odonianos.
—De acuerdo, pero estoy harta de recibir comunicaciones. Si tú escribes las cartas, yo las firmaré, pero esta mañana no pienso dedicarme a ello. —Él la miró con cierta preocupación. Ella añadió, irritada—: ¡Estoy ocupada en otros asuntos!
Cuando Noi se fue, se sentó al escritorio y fingió revolver documentos. En realidad, sus propias palabras la habían atemorizado y sorprendido. No tenía nada más que hacer. Nunca había tenido nada más que hacer. Ése era su trabajo: el trabajo de toda su vida. Ya no podía emprender viajes para pronunciar discursos ni asistir a manifestaciones en las calles, pero podía escribir, y ésa era su labor. De todas formas, si tenía alguna otra cosa que hacer, Noi tendría que haberlo sabido. Él anotaba sus compromisos, y con todo tacto le recordaba sus citas, como la visita que aquella misma tarde le harían los estudiantes extranjeros.
Ah, maldición. Le gustaban los jóvenes, y siempre se podía aprender algo nuevo de un extranjero, pero estaba cansada de nuevos rostros, cansada de tener que exhibirse. Ella aprendía de los demás, pero ellos no se llevaban nada a cambio; todo lo que podía enseñarles lo habían aprendido hacía mucho tiempo, de sus libros, del Movimiento. Venían a verla, como si fuese la Gran Torre de Rodarred, o el Cañón del Tulaevea. Era un fenómeno; un monumento. La adoraban con respetuoso estupor. Y ella los amonestaba:
—¡Pensad por vosotros mismos!
»¡Eso no es anarquismo, sino mero oscurantismo!
»No creeréis que la libertad y la disciplina son incompatibles, ¿verdad?
Y ellos aceptaban sus regañinas mansamente, como niños, agradecidos, como si fuera una especie de Madre Todopoderosa, ídolo de la Gran Matriz Protectora. ¡Ella! ¡Ella, que había hablado en los astilleros de Seissero, y que había maldecido al primer ministro Inoilte en la cara frente a una multitud de siete mil personas, diciéndole que se habría hecho cortar los huevos y los habría recubierto de bronce para venderlos como recuerdo si hubiese visto alguna ganancia en ello! ¡Ella, que había insultado y dado de patadas a la policía, que había escupido al clero, que había orinado en público sobre la gran placa de bronce de la Plaza Capitol, donde decía «AQUÍ SE FUNDÓ LA NACIÓN SOBERANA DE A-10. ETCÉTERA, ETCÉTERA» para mostrar su más impúdico desdén…! Y ahora era la abuelita de todos, la entrañable ancianita, el dulce monumento viviente, a quien todos venían a venerar. El incendio ha sido sofocado, chicos, ya podéis acercaros sin temor.
—No, señor —dijo Laia en voz alta—. Ni por ésas. —No se avergonzaba de hablar sola, pues siempre lo había hecho. «El auditorio invisible de Laia», solía decir Taviri, mientras ella se paseaba por la habitación, murmurando—. Que no vengan, que no pienso recibirlos —dijo a sus interlocutores inexistentes. Acababa de decidir qué era lo que tanto le urgía: tenía que salir. Ir a la calle.
Era una falta de consideración decepcionar a esos estudiantes extranjeros. Era una conducta extravagante, propia de la senilidad. No era odoniano. A la mierda con eso. ¿De qué servía haber trabajado toda una vida por la libertad, si al llegar a su edad no podía gozar de ella? Saldría a pasear.
«¿Qué es un anarquista? Aquel que, al elegir, acepta la responsabilidad de la elección».
Mientras descendía la escalinata, entre quejidos, decidió quedarse para recibir a los estudiantes extranjeros. Pero luego saldría.
Eran muy jóvenes, muy serios, encantadores y desgarbados. Tenían la mirada de asombro de los ciervos; las jovencitas, con pantalones blancos, los chicos con faldas largas, arcaicas y guerreras. Venían del hemisferio occidental, de Benbili y del reino de Mand. Le hablaron de sus esperanzas.
—En Mand estamos tan lejos de la Revolución, que tal vez estemos muy cerca… —dijo una de las chicas, sonriente y sagaz—. ¡El Círculo de la Vida! —Y unió los dedos gráciles y trigueños en círculo.
Amai y Aevi les ofrecieron vino blanco y pan moreno, como mandaba la hospitalidad de la casa. Pero los visitantes, modestamente, se levantaron para marcharse al cabo de apenas una media hora.
—No, no —los detuvo Laia—. Quedaos aquí y conversad con Aevi y Amai. Sucede que se me duermen las piernas si permanezco mucho tiempo sentada. Tengo que cambiar de posición. Me alegro mucho de haber estado con vosotros, hermanos y hermanas. Volveréis a verme pronto, ¿verdad?
Les entregó su corazón, y ellos le dieron el suyo, y repartió docenas de besos, cautivada por las mejillas jóvenes y tersas, por los ojos afectuosos y por el aroma de sus cabellos, antes de irse arrastrando los pies. Era cierto, estaba un poco cansada, pero subir a echar una siesta habría sabido a derrota. Se había prometido que saldría y eso pensaba hacer. No andaba sola por la calle desde… —¿Desde cuándo?—. ¡Desde el invierno!, antes de sufrir el ataque. Con razón se estaba poniendo enferma. Había sido una especie de cadena perpetua. Siempre se había sentido viva y a sus anchas en las calles, fuera.
Franqueó en silencio la puerta lateral de la Casa rumbo a la calle, y dejó atrás la huerta. La estrecha franja de suelo yermo y urbano había sido espléndidamente labrada, y ya comenzaban a brotar hermosas hileras de habichuelas y de ceea. Pero Laia no tenía buen ojo para el cultivo. Desde luego, era evidente que las comunidades anarquistas, aun en épocas de transición, debían aspirar al autoabastecimiento; pero la forma de tratar el terreno y las semillas no era asunto suyo. Para eso había agrónomos y campesinos. Su lucha estaba en las calles, en las ruidosas y malolientes calles de asfalto donde había crecido y transcurrido toda su existencia, menos los quince años que pasó entre rejas.
Levantó la vista y contempló con afecto la fachada de la Casa. El hecho de que la hubieran construido para ser un banco proporcionaba una especial satisfacción a sus ocupantes. Guardaban los sacos de cereales en bóvedas a prueba de explosivos y dejaban fermentar los pequeños toneles de sidra en las cajas de seguridad. Sobre las columnas ostentosas que daban a la calle, se seguía leyendo en letras grabadas Banco Nacional de Inversores y Productores Agrícolas. El Movimiento no era precisamente lo que se dice creativo a la hora de poner nombres. No tenían bandera. Los lemas iban y venían según la necesidad del momento. Siempre podían recurrir al Círculo de la Vida para garabatearlo en las paredes y el pavimento, donde a la Autoridad no le quedaba más remedio que verlo. Pero en lo que a nombres se refería, eran indiferentes. Aceptaban o ignoraban los motes con que los llamaban, temerosos de que los encasillaran, pero no de ser absurdos. Por ello, esa casa tan célebre, la segunda en antigüedad entre todos los hogares cooperativos, no tenía más nombre que «el Banco».
Daba a una avenida ancha y tranquila, pero a tan sólo unos metros comenzaba el Temeba, un mercado abierto, antiguamente famoso por la venta clandestina de drogas psicógenas y teratogénicas, y donde ahora se comerciaba con hortalizas, ropas usadas y ofrecía espectáculos de ínfima categoría. Su perversa vitalidad había desaparecido, no sin dejar una estela de alcohólicos semiparalíticos, adictos, lisiados, mercachifles, prostitutas de mala muerte, antros de vicio y de juego, adivinas, tatuadores y pensiones baratas. Laia se dirigió al Temeba así como el agua busca su nivel.
Nunca había despreciado ni temido la ciudad. Ése era su reino. Si la Revolución se imponía, no habría barrios como ése. Pero habría miseria. Siempre seguiría habiendo miseria, derroche, crueldad. Nunca había pretendido transformar la condición humana, ni ser la Madre que aparta la tragedia de sus hijos para que no se hagan daño. Es lo que menos deseaba. Mientras los hombres tuvieran la libertad de elegir, si preferían beber porquerías y vivir en las cloacas, era asunto de ellos. Cualquier cosa, con tal de que no fuera asunto de negocios, ni fuente de lucro o de poder para otros. Lo supo antes de aprender ninguna otra cosa; antes de escribir el primer panfleto, antes de irse de Parheo, antes de saber qué significaba «capital», antes de ir más allá de la calle del Río, donde solía jugar a canicas con las rodillas despellejadas sobre la calle, junto a otros críos de seis años. Sabía muy bien que ella, los demás niños, sus padres y los padres de ellos, los borrachos y las mujerzuelas y todos los que vivían en la calle del Río formaban la base, el fondo, los cimientos de algo. Que eran la realidad, el origen.
Pero ¿acaso dejará que la civilización se hunda en el fango?, exclamaría luego la gente decente. Durante años quiso explicarles que cuando lo único que se tenía era barro, si uno era Dios, trataba de convertirlo en seres humanos, y si uno era ser humano, trataba de hacer casas con él, donde pudieran vivir los hombres. Pero ni uno solo entre los que creían ser más que barro la comprendió.
Agua en busca de su nivel, barro con barro, Laia recorría la calle inmunda y ruidosa, y la detestable debilidad de su vejez se sintió a sus anchas. Las prostitutas somnolientas, con el cabello revuelto bajo el armazón de aerosoles y de tintes, la tuerta que pregonaba a gritos las hortalizas en venta, la mendiga retardada que aplastaba moscas entre las palmas de las manos… ésas eran las mujeres de su país. Se le parecían, tristes, desagradables, mediocres, lastimosas, horrorosas. Eran sus hermanas, su pueblo.
No se encontraba muy bien. Hacía mucho tiempo que no caminaba tanto —cuatro o cinco calles— sin ayuda de nadie, en medio del ruido, del gentío, del calor maloliente del verano. Había pensado en ir al Parque Koly, ese triángulo de hierba raída que se extendía al final del Temeba, y sentarse allí junto con los demás ancianos, para ver cómo era ser vieja y sentarse en ese lugar. Pero quedaba demasiado lejos. Si no emprendía el regreso en ese momento, podría sobrevenirle un mareo, y tenía miedo de caerse. De caerse y tener que quedarse tendida en el suelo, viendo cómo la gente miraba desde arriba a una vieja enclenque. Dio media vuelta y echó a andar hacia la Casa, con el ceño fruncido de disgusto y de cansancio. Sintió que el rostro se le había enrojecido, y que las palpitaciones le inundaban los oídos. Le pareció demasiado; en cualquier momento tropezaría. Buscó un umbral en la sombra y se dirigió hasta allí, para sentarse con cautela, entre suspiros.
Cerca del lugar había un vendedor de frutas, sentado en silencio detrás de su mercancía polvorienta y descolorida. La gente pasaba. Nadie le compraba nada. Nadie la miró. Odo, ¿quién era Odo? Una célebre revolucionaria, autora de Comunidad, de la Analogía, y de tantos otros libros. ¿Y ella, quién era ella? Una anciana de cabellos grises y rostro enrojecido, sentada en un umbral mugriento de un mísero barrio, hablando sola.
¿Sería cierto? ¿Eso era ella? Desde luego, eso era lo que veía la gente que pasaba por delante de ella. Pero ¿eso era ella, además de ser la famosa revolucionaria, etcétera, etcétera? No. Entonces, ¿qué era?
La que amaba a Taviri.
Sí. En efecto. Pero no bastaba. Eso ya formaba parte del pasado; hacía mucho tiempo que Taviri había muerto.
«¿Quién soy?», musitó Laia a su auditorio invisible, que supo la respuesta y se la dijo al unísono. Ella era la niña de rodillas despellejadas, sentada en un umbral, que miraba el ambiente sucio y dorado de la calle del Río en el sopor del verano; la de seis años, la de dieciséis años, feroz, indómita, inflamada de sueños, inalcanzable y jamás tocada. Era ella misma. Sin duda, había sido la incansable pensadora y trabajadora, pero un coágulo en una vena la despojó de esa mujer. Sin duda había sido la amante, la nadadora entre las corrientes de la vida, pero Taviri, al morir, también se llevó consigo a esa mujer. En realidad, sólo quedaban los cimientos. Había vuelto a su casa; nunca se había ido de casa.
«El verdadero viaje es el regreso».
Tierra, barro y un umbral de las afueras. Y más allá, al final de la calle, un campo de altos juncos secos que se mecían al viento al sentir que la noche se aproximaba.
—¡Laia! ¿Qué haces aquí? ¿Te encuentras bien?
Era una de las habitantes de la Casa. Una mujer agradable, aunque algo fanática y demasiado charlatana. Laia la conocía desde hacía años, pero no recordó su nombre. Se dejó acompañar hasta la Casa por la mujer, que no dejó de hablar ni un instante durante todo el trayecto. Laia se sentó en una silla, en la inmensa sala común (que una vez ocuparan empleados dedicados a contar dinero tras los mostradores brillantes, custodiados por guardias armados). Todavía no se sentía capaz de subir las escaleras, aunque tenía muchas ganas de estar a solas. La mujer seguía hablándole, mientras se acercaban más personas presas de gran agitación. Al parecer, estaban organizando una manifestación. Los acontecimientos de Thu se desarrollaban tan deprisa, que los ánimos de la Casa se habían enardecido, y todos sentían que debía hacerse algo. Al cabo de dos días, no, al día siguiente, habría una gran marcha desde el Pueblo Viejo hasta la Plaza de la Capital… la vieja ruta.
—Otra «Insurrección del Noveno Mes» —exclamó un joven, sonriente y exultante, mientras miraba a Laia. Para él todo eso era historia: aún no había nacido cuando sucedió la «Insurrección del Noveno Mes». Ahora quería ser artífice de su propia historia. El recinto estaba atestado. Al día siguiente, se celebraría una reunión general, a las ocho.
—Tienes que hablar, Laia…
—¿Mañana? Ah, mañana no estaré aquí —replicó con brusquedad. El que le había hecho la pregunta sonrió, y otro se le sumó, pero Amai le dirigió una mirada extrañada. Siguieron hablando y gritando. La Revolución. ¿Qué demonios le había hecho decir semejante cosa? Vaya ocurrencia para soltar en vísperas de la Revolución, aun cuando fuese cierta.
Esperó un rato, logró levantarse y, a pesar de su torpeza, consiguió escabullirse entre la gente distraída con sus planes y su entusiasmo. Cruzó el salón hasta las escaleras y comenzó a subir los peldaños, de uno en uno.
—Huelga general… —decían en el salón una voz, dos voces, diez voces, a sus espaldas.
—Huelga general… —musitó Laia, mientras se detenía un instante en el rellano. Arriba, en su dormitorio, ¿qué le esperaba? La huelga particular. Le pareció gracioso. Emprendió el ascenso del segundo tramo de escalones, uno por uno, con un solo pie, como los niños. Estaba mareada, pero ya no tenía miedo de caerse. Allí delante, las blancas flores secas asentían y murmuraban en los campos crepusculares. Setenta y dos años, y nunca había tenido tiempo de averiguar cómo se llamaban.
FIN
