Un libro para enarbolar en una manifestación
Llevo años pensando que a las manifestaciones habría que ir con libros, no con pancartas. Hay libros que lanzan mensajes más potentes que muchas pancartas por muy sutiles, hirientes e irónicas que sean. Hay libros que sostienen ideas mucho mejor que la tela o el cartón en una manifestación. Yo, a una manifestación podría llevar Carcoma de Layla Martínez, editado por Amor de madre y publicada en 2021. Dicen de ella que es una novela de terror, para mí es una novela de conciencia de clase, de lucha feminista, de reivindicación de la memoria democrática, de asco a la violencia patriarcal. Y si alguien la califica de terrorífica es porque el capitalismo patriarcal de fachos machos lo es. Ya me he venido muy arriba. Bajemos la espuma y veamos en qué consiste este librito maravilloso nominado al National Book Award.
Carcoma parte de una premisa y es que todas las casas guardan la historia de quienes las han habitado. Las paredes de esta casa perdida en el páramo (no se concreta nunca, pero es un pueblo de Cuenca cerca de Gascueña) hablan de voces que surgen de debajo de las camas, de santas que se aparecen en el techo de la cocina, de desapariciones que nunca se resuelven, “ya os lo he dicho, de esta casa no se marcha nadie. Estamos atrapadas aquí, nosotras y las sombras (…) Eso es la familia, un sitio donde te dan techo y comida a cambio de estar atrapada con un puñaíco de vivos y otro de muertos”. Los vecinos reniegan de sus dos habitantes a la luz del día, pero todos acuden a ellas cuando nadie los ve. La abuela se pasa los días hablando con las sombras que viven tras las paredes y dentro de los armarios. La nieta vuelve a la casa tras un incidente con la familia más rica del pueblo.
A través de oraciones largas sin comas (la raíz etimológica de oración es oratio que en latín significa discurso, y en este libro y en otros -ahora me viene a la cabeza el monólogo final de Molly en el Ulises de Joyce, la verborrea de una de las protagonistas de Las primas de Venturini o en territorio patrio creo que también aparece en Panza de burro de Abreu– se utiliza para expresar la oralidad de una lengua que no entiende signos de puntuación), abuela y nieta van intercalando su propia visión de los hechos que marcan la trama al tiempo que van deshilvanando el panorama rural de la posguerra con más acierto que sospecha. Layla Martínez brilla en la reivindicación y lucha feminista y de clases. En la lucha de clases Martínez se desmelena, “sabía que el día que los pobres empezásemos a cobrar deudas muchos no iban a tener cochiquera en la que esconderse”. De ahí parte de la carcoma que le va naciendo a la protagonista, “cuando entraba al cuarto de baño de la señora me quedaba mirando las cajitas de polvos que valían lo mismo que mi sueldo de aquel mes (…) Cómo no iba a pudrirme por dentro viendo aquello cómo no se me iban a reventar las tripas en aquella casa cómo no iba a entenderlo todo”. Y casi al final del libro, Layla pone en boca de la protagonista el leitmotiv de la novela y resume perfectamente los dos condicionantes de fondo y el mensaje sobre el que quiere que reflexionemos, “el dinero siempre es mejor el dinero le da a todo una capita de aceite que hace que nada chirríe que todo encaje en su sitio clicliclic todas las piezas funcionando como deben funcionar sin que nada se desbarate ni se rompa ni se encalle ni se tropiece. Los pobres nos pasamos la vida dándole martillazos a las piezas pero ni así encajan y ellos en cambio todo frescos todo tranquilos. Pero ni el dinero te libra de los hombres así, eso lo vi en aquella casa. Hasta las ricas tienen que andarse con ojo con los hombres porque a la que menos te lo esperas te cae un celoso y un violento que empieza con la cuchara rarrarrarrarra hasta que te cava la fosa”. Si en la lucha de clases se desmelena, en la reivindicación feminista es más sutil, pero más profunda. De hecho, el poso que deja el libro es este. Es la voz de las mujeres oprimidas y reprimidas, “la vieja tenía razón (…) las mujeres de esta familia solo salimos de aquí cuando se nos llevan, a mí cuando me encarcelaron y a mi madre cuando la desaparecieron”. Alana Portero dijo que este libro “es la venganza de una herida intergeneracional, el abrazo a la barbarie, la pérdida de las formas cuando se trata de proteger a las tuyas. Es el libro de las miserables y las desgraciadas diciendo basta”. Y creo que es lo mejor que se puede decir de él.
Mientras leía el libro pensaba que está pidiendo a gritos una adaptación al cine. Me la imagino con un calmado encanto costumbrista, quizás rodada por Fellini o un director patrio como Berlanga. Tendría su gracia si cogiese el guion Alex de la Iglesia. Y tendría su profundidad intelectual y feminista (y quizás menos espectadores) si Carla Simón se animase a rodarla. Y, por tocar otros palos, desde que leí el libro estaba pensando que le gustaría a Rozalén y podría convertirla en canción.
Si después de esta reseña te veo con este libro en una manifestación estaremos en el mismo equipo. Hace tiempo hice esta pequeña selección de libros para el 8 de marzo, pero tendríamos que animarnos a hacer lo mismo para el 20 de noviembre, para el 1 de mayo, el 25 de abril o el 26 de julio. Leer para generar conciencia social, feminista y de clase. Leer para liberarnos. Leer para entender el mundo en el que vivimos. Leer para salir de las casas familiares, dejar atrás la carcoma y centrar los esfuerzos en dejar un mundo mejor del que hemos encontrado (al menos en nuestro entorno más cercano, en nuestra casa, en nuestra familia).
¡Nos vemos en la próxima reseña!