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    Reseña de Shakespeare and company de Sylvia Beach – Leer es vivir dos veces

    Una oda al compromiso y al amor por los libros

    Cuando empiezas a leer con cierta asiduidad, te sales de los bestsellers y los premios Planeta, empiezas a bucear en historias de amantes de los libros. En algún momento de ese viaje literario conoces la historia de Sylvia Beach, su librería y su tarea de editora. Es imposible evitarla. Por mi parte, sé de esta maravillosa mujer desde hace muchos años, pero el libro estaba descatalogado. Ha tenido que llegar Trama editorial para volver a editar Shakespeare and Company y que yo pudiera saciar mi sed de conocimiento con esta parte de la historia de la literatura. En cuanto vi el libro lo compré. Creo que ha sido el año pasado, y este verano me lo marqué como el momento de sentarme con Sylvia Beach y ver pasar por su librería a lo mejorcito de su época.

    Las memorias arrancan en 1919 cuando una joven norteamericana llamada Sylvia Beach abrió una librería inglesa en la pequeña calle Dupuytren de París, que pronto se trasladaría a la dirección que se convertiría en mítica: el número 12 de la calle de l’Odéon. La librería, a la que bautizó con el nombre de Shakespeare and Company, fue, entre otras muchas cosas, el punto de encuentro de los más grandes escritores y artistas de la época. Por aquel espacio mágico de intercambio cultural pasaron escritores franceses como Paul Valéry, André Gide, Valéry Larbaud o León-Paul Fargue, y anglosajones como Ernest Hemingway, Francis Scott Fitzgerald, Gertrude Stein, Sherwood Anderson, Ezra Pound, T S. Eliot, D. H. Lawrence y el gran James Joyce (en la siguiente foto con Beach en la puerta de la librería). Fue Sylvia Beach, desdoblada en editora, quien, con coraje y osadía, cuando ningún editor se atrevía a asumir el reto, publicó en 1922 su Ulises. Estas memorias de una irrepetible librera y editora son la crónica de un período igualmente irrepetible, definido por una inusual concentración de genios literarios, a los cuales aglutinó Sylvia Beach en su maravillosa librería parisina.

    Beach con Joyce en la puerta de la librería

    El sueño duró de 1919 a diciembre de 1941 cuando, durante la ocupación alemana, un oficial nazi amenazó a Sylvia con confiscarle las existencias de la librería si no le vendía su único ejemplar de Finnegans Wake (que también había decidido editar en uno de los “sujétame el cubata” editoriales más temerarios), y colorín colorado, Shakespeare & Company se había acabado. Desmantelada ya la librería, llegó el legendario Hemingway al mando de una hilera de jeeps y, a requerimiento de la librera, limpió de francotiradores los tejados de la Rue de l’Odéon, esto es, se convirtió en metáfora de la liberación.

    Las memorias son un panegírico a James Joyce, todo lo que toca el irlandés errante Beach lo ve iluminado por un halo de luz. Todo se lo justifica, se lo perdona y se lo concede. Hasta la extenuación, hasta casi la bancarrota, hasta su estabilidad emocional. Todo. Joyce es la razón por la Beach abre su librería cada mañana. Su admiración se sobrepone a todas las torpezas y caprichos de Joyce, y reconoce que editarle es kamikaze y que su literatura, siendo la más excelsa de su tiempo (y de los que vendrán), nunca será mayoritaria, “cuando se piensa en la labor de Joyce, hay que reconocer que realmente estaba mal pagado. Y su idea de que a los años de pobreza tenían que sucederle años de prosperidad era lógica; pero, para eso, hubiera tenido que ser otro tipo de escritor”. Junto con Joyce también brilla Hemingway (en la siguiente foto con Beach en la puerta de la librería), que tiene mucha mejor imagen que el caprichoso irlandés. Hemingway pasa por la librería desde su apertura hasta su cierre; deja su huella. Ayuda a Beach cuando lo necesita y siempre volverá a la librería. Por resumirlo mucho: París era una fiesta no hubiese sido posible sin la librería de Sylvia Beach.

    Hemingway y Beach en la puerta de la librería

    Pero dejarlo en un panegírico sería reducir mucho la aportación de Beach a la cultura. Las memorias también son el testimonio de una mujer amante de los libros, de las novelas y los cuentos, del teatro, de la poesía, de las letras en general. Una mujer que cuidaba a los autores, a los viajeros, a los visitantes y a los clientes de la librería. Una librera que apostó por el préstamo juntamente con la venta. Una librera que sirvió de cobijo a los escritores americanos y en general extranjeros. Las memorias, en definitiva, son una declaración de amor a la literatura, un testimonio histórico y un retrato íntimo del efervescente mundo cultural del París de entreguerras. Beach creó una librería, pero en el fondo fue un refugio para escritores, un club de almas libres y, sobre todo, un acto de valentía editorial.

    Y no hay libro sin decepción. En este caso la decepción vino de la mano de la actual Shakespeare and Company. Una librería que es un negocio, que nada tiene que ver con la original. Comparten el nombre (George Whitman, su propietario, dijo que era un reconocimiento a Beach) -que a mí me parece más una estrategia de marketing-, y en algunos lugares he leído que comparten también el fondo (Beach se lo debió donar en vida a Whitman). No me parece suficiente. Me falta la apuesta editorial, la apuesta cultural y la apuesta social y política (Beach fue una resistencia pacífica al fascismo). París ya no es una fiesta, de acuerdo; pero, saber que la S&C actual no es heredera directa de la original es una manera muy cruel de madurar literariamente. Ahora tengo que repensar si en mi próxima visita a París haré parada en la librería. Quizás me pase por el número 12 de la calle de l’Odéon y me haga una foto, igual es un McDonald’s como me pasó con el 84 de Charing Cross Road de Londres y entonces el capitalismo habrá vuelto a ganar a la cultura universal.

    ¡Nos vemos en la próxima reseña!

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