Muchas veces cuando lees la traducción al inglés de los menús en restaurantes de zonas turísticas en México, no puedes más que soltar una carcajada. Un platillo como la Pollo a la Jardinera se convierte en “Chicken to the Kindergarten”, y el Filete a la plancha se convierte en “Steak to the iron”.


Internet está repleto de artículos sobre traducciones infames realizadas por gente que cree que Google Translator es una herramienta eficaz de traducción, es divertido cuando vemos este tipo de situaciones en la web, pero la cosa no tiene tanta gracia cuando están en juego asuntos serios.

Parece mentira que en un mundo globalizado, y en un territorio como la Unión Europea, se sigan cometiendo errores de traducción en cuestiones diplomáticas. Pero ocurre. En noviembre de 2013 toda la prensa española (dejándose llevar por las agencias) aseguró que un portavoz de la Comisión Europea había tildado de “basura” un anuncio del ministro Wert. En realidad, el portavoz de Educación, Dennis Abbot, había utilizado la palabra rubbish, que sí, puede significar “basura”, pero en ese contexto la traducción correcta habría sido “sandeces” o “disparates”. Y no es lo mismo, como se empeñó en corregir Abbot (sin mucho éxito).

Este error de traducción –por otro lado, muy conveniente para la prensa– no supera la categoría de anécdota, pero ¿qué habría ocurrido con una malinterpretación de este tipo en un contexto de guerra? ¿Qué sucede cuando se da por buena una mala traducción y todo el mundo cree que es cierta? A continuación, te presentamos los siete de los errores de traducción más graves de la historia.

Los cuernos de Moisés


Durante el periodo Gótico Tardío, casi al inicio del Renacimiento, los artistas cristianos dibujaron y esculpieron a Moisés con dos cuernos en la cabeza. Y todo debido a un error del que, paradójicamente, está considerado como el patrón de los traductores: San Jerónimo. Su traducción al latín de las versiones en griego y hebreo de la Biblia –la Vulgata– fue el texto oficial de la iglesia católica durante milenio y medio (entre 382 y 1979), pero contenía un curioso error. La expresión hebrea 'keren or', que se refiere al estado resplandeciente del rostro de Moisés, fue traducida equivocadamente como “cuernos”. No tenía sentido, pero ¿quién va a dudar de un texto sagrado?

La amenaza de Khruschev


En 1956, con la Guerra Fría en pleno apogeo, el líder soviético Nikita Khrushchev pronunció un discurso en la embajada polaca de Moscú, durante un banquete en el que estaban presentes numerosos embajadores occidentales. Los asistentes se enmudecieron cuando el intérprete de Khruschev dijo: “Les guste o no, la historia está de nuestro lado. ¡Los enterraremos!”.

En plena carrera armamentística la prensa occidental interpretó sus palabras como una amenaza directa, pero los soviéticos se apresuraron a explicar que todo había sido un error grave de Interpretación. La frase de Khrushchev se había sacado de contexto. En realidad, se trataba de una referencia al 'Manifiesto Comunista' en el que Marx asegura que la burguesía produce sus propios enterradores. La traducción correcta de su discurso –que no siempre debe ser literal– debía haber sido “Les guste o no, la historia está de nuestro lado. Viviremos para ver como los entierran”. No es que sea la frase más amigable del mundo, pero se trataba de una proclama ideológica, no de una amenaza.

El sueño húmedo de Jimmy Carter


Cuando el presidente estadounidense Jimmy Carter viajó a Polonia, en 1977, el Departamento de Estado contrató a un Intérprete ruso que sabía polaco, pero que nunca había traducido profesionalmente ese lenguaje. En aquella época, Polonia seguía estando bajo el régimen comunista, y Carter trató de ganarse al pueblo con un discurso amigable. Pero el Intérprete no pudo con la presión del evento. Carter comenzó diciendo, “salí de los Estados Unidos esta mañana”, y el traductor dijo “he dejado Estados Unidos para no volver nunca”. Cuando el presidente dijo “he venido para conocer sus opiniones y entender sus deseos”, el Intérprete dio a entender que Carter deseaba sexualmente a los polacos. Incluso una inocente frase sobre lo feliz que le hacía su visita a Polonia se convirtió en “estoy feliz de ver las partes privadas de Polonia”. Fue un desastre.

La delegación contrató apresuradamente a otro traductor. Este sabía bien polaco, pero no inglés, así que volvió a hacerlo mal, pero no fue gracioso, simplemente era incapaz de traducir.

Los canales de Marte


En 1877 el astrónomo italiano Giovanni Schiaparelli realizó una de las primeras descripciones de la superficie de Marte. El director del observatorio de Brera, en Milán, creyó ver antiguos “mares” y “continentes” en la superficie marciana, pero también “canales”. En 1908, el astrónomo norteamericano Percival Lowell revisó el trabajo de Schiaparelli y llegó a la conclusión de que los canales habían sido construidos por seres inteligentes para llevar el agua, que escaseaba en la superficie marciana, desde los casquetes polares hasta las regiones desérticas. Esta afirmación desató la locura por los marcianos, pese a que provenía, claramente, de un error de traducción.

Schiaparelli nunca pensó que los canales de Marte fueran construcciones. En realidad, él había empleado la palabra italiana canali que se refiere a una estructura totalmente natural como las gargantas o los cañones.

La palabra que hizo estallar la bomba atómica


El 26 de julio de 1945 las potencias aliadas durante la II Guerra Mundial publicaron la declaración de Potsdam, que trataba los términos de la rendición del imperio japonés y aseguraba que, si no se entregaba, se enfrentaría a una “pronta y total destrucción”. La declaración era un ultimátum en toda regla. El primer ministro japonés, Kantaro Suzuki, convocó una rueda de prensa y dijo el equivalente a “Sin comentarios. Seguimos pensándolo”.

El problema es que eso no es lo que entendieron los aliados. Suzuki cometió el error de usar la palabra mokusatsu que puede significar “sin comentarios” pero también “lo ignoramos y lo despreciamos”. Sólo 10 días después de la conferencia de prensa el presidente Truman reveló al mundo lo que significaba “pronta y total destrucción”. Nunca sabremos si una traducción correcta habría cambiado en algo las cosas.

El tratado de Waitangi


En ocasiones los errores de traducción son inintencionados, en otras responden a los intereses de quienes pretenden cambiar el significado real de algo. En este último grupo se encuadra el Tratado de Waitangi, que firmaron los maoríes de Nueva Zelanda en 1840 y supuso, de facto, la transformación de la isla en una colonia británica.

Británicos y maoríes firmaron dos versiones del tratado, una en inglés y otra en maorí. Ambas copias son parecidas, excepto en lo que realmente importaba. La versión maorí dice que los nativos aceptan la permanencia de los británicos a costa de la protección permanente por parte de la corona. La versión británica dice que los maoríes se someten a la corona a cambio de la protección británica. Una traducción muy conveniente para los británicos.

La palabra que costó 71 millones (y una vida)


En 1978, Willie Ramírez fue ingresado en un hospital de Florida. El paciente se encontraba muy grave, pero su familia tenía dificultades para explicar lo que le ocurría porque no sabía hablar inglés. Ellos le dijeron a los médicos que creían que Ramírez sufría una intoxicación por alimentos, pero el personal –supuestamente bilingüe– del hospital tradujo “intoxicado” por 'intoxicated', que en inglés se usa tan sólo para personas que se han drogado o han tomado demasiado alcohol.

Aunque los familiares de Ramírez pensaban que éste sufría una gastroenteritis en realidad tenía una hemorragia cerebral. Pero los doctores, al creer que el paciente estaba sufriendo una sobredosis, erraron por completo en el tratamiento. Debido a esta negligencia Ramírez se quedó tetrapléjico y el hospital tuvo que pagar una indemnización de 71 millones de dólares.


Letras Colectivas D.R. ©, es una revista y un espacio en línea para escritores independientes. Nace como un blog de poesía y literatura para escritores que deseen publicar sus obras de forma gratuita y publicitarse.


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Jorge Alejandro Saavedra Flores

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