Ella no estaba segura de quererle como él lo estaba de decírselo que la amaba, que la deseaba, que fuera su mujer.

Ella desafortunadamente en el terreno del amor, no estaba segura de sí sus intenciones eran verdaderas, nunca confió en nadie después de aquel resbalón que tuvo con un hombre indigno de su amor en aquel momento. De quien (aún no sabe) si se entregó por amor o para abolir y cubrir un instinto básico, simple necesidad de la naturaleza; su fracaso en ese tipo de “relación” clandestina termino terriblemente mal, horriblemente mal.

Ahora con más de cinco años de no tener una relación tan intensa y pasional, como piensa ella que fue con aquel hombre maldito, que la engaño y la hechizo para después usarla y dejarla, sin nada.

Se pregunta día y noche encerrada en su cuarto con sus propios demonios, de si ese pretendiente, de ese joven le habla con la verdad o es en realidad una nueva y sutil trampa que le atemoriza cada vez que piensa en eso.

Jamás en la vida ha tenido un amor del que alguno ha tenido (por lo menos) una vez en la vida. De esos que no escapas ni con el olvido de aquellos que aún con el tiempo te arrancan los suspiros sin querer tenerlos. No nunca, jamás, impensable ha tenido en su vida un amor así.

¡No! Eso no puede ser amor, es simple y puramente deseo y placer. Atormentada por sus culpas y dudas, no sabe qué hacer, ni en qué pensar, es divergente en ese sentido, no cabe ni aquí ni allá. No se siente de si misma, ni tampoco al mundo y mucho menos de él.

Cuando se miraron por primera vez y se besaron, sus labios y su cuerpo no la hicieron estremecer, no la hicieron sentir esa forma “especial” del “amor”, en realidad estaba ahí para ver si realmente era él quien podría hacerla sentir algo: temió lo imposible, era verdad, no sintió nada nada, sólo rareza, solo dolor, pero no felicidad, ni gozo.

No sintió nada, se fue con más dolor que con respuestas, durante su encuentro breve, no sintió más que las manos toscas de su “prometido”, la sintió como alfileres que se hundían cruelmente dentro de su cuerpo, sintió dolor, sintió vacío; pero no amor, no ternura, no felicidad; quizá impulsada  por su baja pasión acudió al encuentro por el llamado de la naturaleza, para cubrir una necesidad básica: la del placer, se rebajó a su instinto más primitivo que todo mamífero tiene.

Pero no se llegó a eso porque entre otras cosas no sintió ni la necesidad de querer unirse a él, ni siquiera para cubrir su desafiante necesidad. Sobre todo porque la distancia y el único encuentro no le eran suficientes para si quiera quererle un poquito.

Llena de preguntas está.

Llena de dudas y de la nada se está volviendo loca.

Sabe perfectamente bien que los de su especie no la quieren por lo que ella en esencia es, sino para complacerles en su instinto más cruel y banal que tienen, que es la necesidad de placer y descargar la energía urgida. Y después ¿Qué? Ella bien podría ser muy complaciente, pero y su esencia vital que le mueve por dentro ¿Esa qué? La de ella misma, de ¿su razón de existir?

¿Dónde queda lo humano? ¿Dónde queda la persona y el objetivo de ser un objeto, un mero instrumento para saciar la necesidad.

Muchas veces se pregunta a donde irá a parar, si desde una ventana mira correr la vida ante sus ojos, no vive, solo respira, come y sobrevive con lo que tiene. Pero de algo está segura: su amor y eterna compañera seguirá siendo la soledad. Esa que todo el mundo le rehúye y le teme. Para ella duerme, come y bebe de ella, no le teme, en cierta manera está aprendiendo a amarla y quererla, como si se amara a sí misma, pues es ella la única la que nunca la abandonará, aún en sus peores días. 






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Brenda Moc

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