Recuerdo bien que fue un jueves por la noche. Mi esposa había ido con unas amigas a una despedida de soltera y mi hija se suponía que saldría con su novio. En eso sonó el timbre, eran Ricardo y Juan, mis amigos. Los invité a pasar a la cocina y nos tomamos unas cervezas bien heladas. Hacía mucho calor. En una pausa de la conversación, escuchamos ruido. Se suponía que en la casa no había nadie más, así que el sonido que venía desde la piscina nos sobresaltó. En mi casa la piscina está detrás de unos arbustos, por lo que con Juan y Ricardo nos dirigimos desde la cocina, sigilosamente, hacia atrás de esos arbustos. Me asomé y vi a mi hija saliendo del agua. Cuando me iba a poner de pie aliviado y decidido a volver a la cocina a continuar con la charla y la cerveza, una mano en mi hombro me detuvo. Era Juan. Con la boca abierta vio como mi hija se dirigía hacia el lugar en el que estábamos, sin vernos. No podía creer cómo a uno de mis mejores amigos, se le iban los ojos de esa manera hacia mi hija. Hay que reconocer que Karina, con sus 18 años luce como una auténtica diosa enfundada en ese bikini blanco. El tiempo ha pasado rápido y mi hija ha crecido demasiado.



Al caminar sus generosos y redondos pechos se bamboleaban con gracia dentro del pequeño corpiño. Su apretada cintura terminaba por convertirse en una soberbia cadera, en la que se lucían un par de firmes y hermosos glúteos. Su vientre, firme y marcado por el ejercicio acompañaba cada paso marcando sus formas. Finalmente, unas poderosísimas piernas terminan de conformar un paisaje que se potencia extrañamente con el hecho de que mi hija no supera el metro cuarenta de estatura. Juan se babeaba. Miré a Ricardo y se estaba tocando por sobre el pantalón. Me miró con cara de pedirme disculpas y me dijo en voz baja "Es más fuerte que yo... Karinita creció... nunca la vi así...", Karina se dirigió al trampolín, que está en el extremo de la piscina en el que nos encontrábamos nosotros, con lo que al subirse, quedó dándonos la espalda. Creí que Juan y Ricardo se iban a morir de un infarto. No es para menos: el soberbio culito de mi hija se presentaba ante ellos en todo su esplendor, ya que Karina tomó con sus manos la punta del trampolín. Y al agacharse, la tirita de la tanga que había desaparecido entre sus cachetes, quedó revelada ante nuestros ojos. La tensión de sus músculos destacaba aún más sus formas.

Mis dos amigos me miraron. Juan me dijo en tono severo: "Esto no puede quedar así". Ricardo asintió con un gesto. Aquello me perturbó por un momento, pero uno también tiene sus fantasías y decidí llevar a cabo la mía y la de mis amigos. Dos pájaros de un tiro.

"Tengo una idea", les dije.

Con Karina nadando, salimos de nuestro escondite. Saludé a mi hija. Ella me saludó con una sonrisa y saludó a Juan y a Ricardo de la misma manera. Pero no pudo disimular su nerviosismo al notar las inocultables erecciones en los pantalones de mis amigos. Entonces le dije a Karina: "Hija, ayer fue el cumpleaños de Juan. Y el de Ricardo fue hace diez días. Ya llegaron a los cuarenta y yo con tanto trabajo no me hice tiempo para comprarles los regalos y... estaba pensando, que quizás vos me puedas ayudar... bueno, muchachos... desnúdense y al agua".


El rostro de mi hija se transfiguró en una mueca de pánico. Mis amigos se sorprendieron por el anuncio, pero no tardaron ni tres segundos en desnudarse y tirarse al agua. Karina intentó salir, pero desde afuera yo la tomé de los brazos y la detuve: "No me hagas quedar mal hijita... es un ratito nada más. Papi se queda mirando, cuidándote". Mientras mi hija trataba de decir algo, ahogada su voz por la angustia y la sorpresa, mis amigos llegaron nadando hasta donde estábamos nosotros. Solo medio tórax de mi hija estaba fuera del agua en un área no tan profunda de la piscina. Mientras yo la sostenía, Juan la tomó de la cintura, miró su culito sumergido, me miró y me dijo "gracias" a la vez que apoyaba su pija entre las nalgas de la nena que empezó a suplicar con voz temblorosa que no dejara que le hicieran nada.

"Calma, calma" le dijo Ricardo mientras le desabrochaba el corpiño. Karina empezó a forcejear, pero nada podía hacer. Yo me senté en una silla junto a la piscina, para apreciar mejor la escena. Sé que sonará muy morboso, pero aquella niña sufriendo el manoseo y resistiéndose con llantos y gritos era francamente excitante. Y el hecho de que fuera mi hija, me sacudía especialmente. Y ahí estaba Juan, con los ojos cerrados, aferrado a la cintura de mi niña, apoyándole su pija en ese culito maravilloso, mientras Ricardo le manoseaba las tetas. Mi hija insistía con el forcejeo, pero a pesar de ello, también lograron despojarla de su tanga. Las manos de mis amigos no dejaban ningún rincón sin manosear, hasta que Ricardo se sentó en el borde de la piscina. Ahí pude apreciar lo bien dotado que estaba. Su enorme aparato estaba en pie de guerra y exigía la ayuda de la boquita de Karina. Por supuesto ella se negó en medio de insultos y pedidos de auxilio. Pero Juan, por detrás y bajo el agua, le metió violentamente su verga, enterrándosela en su dulce conchita lo que hizo que la niña abriera su boca con un grito ahogado, lo que Ricardo aprovechó para agarrarla de los pelos y meterle la reata hasta la garganta. Y ahí tenía yo a mi hija, atrapada por mis amigos, intentando aún con algún forcejeo zafarse. Pero estaba bien agarrada de la cintura por Juan, que no paraba de cogérsela metiéndosela y sacándosela a ritmo sostenido y bajo el agua. Ricardo solamente le movía la cabeza para que los labios de mi hija recorrieran toda esa verga.

Juan levantó la vista y me miró "no sabés que linda vista del culito de tu hija tengo desde acá...", "es todo tuyo" le contesté. Karina, con la enorme pija de Ricardo ocupándole la boca, me dirigió una mirada de espanto. En ese momento Ricardo la agarró de los brazos y la sacó de la pileta y la obligó en medio de más forcejeos a que sentarse sobre su tremendo garrote. Al ensartarla, la nena gritó un no desgarrador. A todo esto, Juan, que ya había salido de la pileta, le empujó el tórax hacia adelante, por lo que Karina quedó prácticamente en 4 patas. "Esta delicia es el mejor regalo que me hicieron en mi vida" dijo Juan mientras se masturbaba con una mano y con la otra le metía dedos en el culito a mi nena, que me rogaba en medio de llantos y de las sacudidas de la cogida que le estaba dando Ricardo "Papi, sacáme, ayudáme, Papi... Papi por favor, que no me hagan nada máaaaaaaaaaaas..."

Sí, esa última palabra coincidió con la entrada de Juan a su hermoso culito, que enseguida se empezá a mover como poseído por el demonio, entrando y saliendo de la cola de mi hija. "ah Karinita, qué ganas de romperte la colita que tenía... mmm, no sabés el gustito que me estoy dando... ¿sientes cómo te atraviesa mi pene nenita?". Y así estuvieron un buen rato, hasta que invirtieron posiciones, sólo que la que se tuvo que dar vuelta fue Karina. Mejor dicho la dieron vuelta: quedó acostada boca arriba sobre Ricardo que en esa posición le ocupó el culo con su pija y sobre ella se tiró Juan, que bombeaba dentro de su concha con fuerza, provocando una mezcla de jadeos y gritos de mi hija que ya no parecía oponer tanta resistencia aunque cada tanto se oía alguna súplica dirigida a mí. En un momento determinado, la escena era la siguiente: yo me masturbaba casi sin mirar lo que pasaba, pero cuando lo hice, vi que Juan estaba de rodillas acariciando la cola de mi hija que estaba en cuatro patas cumpliendo con una orden de Ricardo que la agarraba de los pelos: recibir su leche en su boquita.

Fue increíble lo que sentí, en ese momento: un impulso incontenible me puso de pie, me dirigí hacia el trío y sin más, ensarté a mi hija por el culo de un golpe en el preciso momento en que Ricardo la atragantaba con su semen. Le cogí la cola a mi nena como loco... mis amigos me miraban incrédulos... mi hija gritaba ¡nooo, tú nooo papiii, tú nooo... aaaaggggh!!!". Acabé y caí rendido al suelo. En silencio mis amigos se vistieron y se fueron. Al rato abrí los ojos. Karina estaba tendida en el piso al lado mío. Abrió sus ojitos claros humedecidos de lágrimas. Su carita estaba llena de semen. Cerré los ojos avergonzado. Un rato después, sentí la mano de mi hija masturbándome.










Gejorotto.
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Jorge Alejandro Saavedra Flores

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