El Favor

Luis y Natalia vivían en una pequeña ciudad cerca de la costa. Ambos contaban con treinta y nueve años, eran un matrimonio felizmente casado y sin hijos. Él trabajaba como ejecutivo en una inmobiliaria y ella de auxiliar en una clínica. Atravesaban ciertos problemas económicos porque unos años antes iniciaron un negocio que se fue abajo y quedaron endeudados hasta el cuello. Más de la mitad de ambos sueldos lo destinaban al pago de los créditos. Siempre llegaban a finales del mes bastante apretados económicamente.


Luis era un hombre sencillo, muy deportista, iba diariamente al gimnasio y practicaba el ciclismo por lo que destacaba su tórax musculoso. Estaba enamorado de su mujer y procuraba complacerla en todo lo que quería, al fin y al cabo la familia estaba lejos y estaban el uno para el otro, sin intromisiones. Natalia era una mujer hermosa, un cuerpo fino y delgado, con un culito poco voluminoso aunque algo ancho, destacaban sus pechos grandes y blandos de erguidos pezones, algo caídos hacia abajo, su melena rubia y ondulada, sus labios gruesos y sus ojos verdes, una mujer ya madurita que provocaba las miradas de cualquier hombre que se cruzase con ella. Amaba a su marido y era feliz, pero se acercaba a los cuarenta y no veía cumplir su deseo de tener un hijo, de ser madre, algo que siempre había soñado. A ambos le gustaban los niños, se propusieron tenerlo al casarse, pero se habían pasado más de cinco años intentándolo sin éxito. Preocupados, acudieron a un especialista, quien lamentablemente dictaminó tras unos análisis, que Luis era estéril. Más que por él, Luis lamentó la enorme tristeza de Natalia, que unida a las numerosas deudas, sufría diversas depresiones y casi siempre actuaba desanimada y sin ilusión.

La monotonía hacía estragos en la relación. Luis le propuso adoptar un niño, pero ella se negó, no le atraía la idea, por mucho que le cuidase y mimase, siempre sabría que no era su hijo. Más tarde le propuso acudir a un banco de semen y ella pareció ilusionarse con la idea, pero cuando les entregaron el presupuesto tuvieron que desecharla. El procedimiento era demasiado costoso y su economía no estaba para semejantes gastos. Las posibilidades se esfumaban y el tiempo avanzaba. Luis ya no sabía qué hacer. Se le ocurrió una idea, una idea descabellada que le trastornaba, pero la amaba tanto que estaba dispuesto a llevarla a cabo con tal de salvar su matrimonio, aunque era consciente del esfuerzo psicológico que iba a suponer. Estuvo dándole vueltas a la cabeza durante unos días hasta que decidió contárselo. Su primo Antonio, de treinta años, podía ser la solución, a él estaba dispuesto a pedirle el favor más duro de toda su vida. Ambos se llevaban bien, como amigo, le consideraba el mejor, compartían todo, hasta salían con los mismos amigos, iban juntos a tomar cerveza, a jugar a las cartas y vivía en uno de los pueblos cercanos. Estaba soltero y sin compromiso, era un tipo independiente al que no le gustaban las ataduras y mucho menos los niños, de hecho tenía por ahí dos hijos y no sabía absolutamente nada de ellos, las dejó embarazadas y no volvió a verlas. Era un cabrón despreocupado, y precisamente en esa despreocupación Luis vio la luz.

- Él puede ayudarnos, mi amor, él confía en mí, nos quiere, nos hará el favor de prestarnos su semen, es la única posibilidad y encima llevaría mi sangre.
- Pero tú no lo has pensado bien, tendría que acostarme con él, con tu primo…
- Lo sé, madita sea, tendremos que soportarlo juntos – la agarró de las manos -. Luego lo olvidaremos, junto lo olvidaremos. Sólo será un poco de sexo, sí, un mal trago, pero cuando llegue el momento sé dónde estaría tu mente. Hay parejas como nosotros que compran el semen, hacen lo que vamos a hacer nosotros. Vamos a hacer lo mismo, cariño, pero no tenemos dinero y, bueno… Nos queremos, Natalia, y te conozco. Será un esfuerzo grande, tuyo y mío, pero lo superaremos. Deseamos tanto ese niño…
- Pero, Luis…

Tardaron días en tomar la decisión. El amor era fuerte, más fuerte que cualquier cosa, y deseaban tener un hijo a toda costa, aunque tuvieran que pagar un precio tan caro como una infidelidad consentida. Luis se reunió con su primo Antonio en una cafetería con la intención de tantearle. Pidieron unas copas. Luis necesitaba algo de alcohol para serenar los nervios y allí estaba su primo, ciertamente era un mierda, pero era la única persona a la que le confiaría una petición como la que estaba a punto de hacerle. Podían haber elegido un desconocido, pero la incertidumbre y el temor siempre les hubiese acechado y además seguro hubieran tenido que pagar. Aunque se trataba de una apenante situación, había mujeres y matrimonios que acudían a los bancos de semen, con el mismo objetivo, sólo que ellos debían superar el estrago del sexo.

Antonio trabajaba de mecánico y casi siempre iba hecho un asco, sin rasurar y con el uniforme manchado de grasa. Era algo bajo y regordete, destacaba su panza pronunciada y blandengue, sus piernas robustas, sus gruesas manos y su vello en el pecho porque normalmente siempre llevaba las camisas a medio abrochar. Su cabeza era cuadrada, iba rapado y poseía unos ojos saltones que llamaban la atención, un tanto deprimente para los gustos de una mujer tan bella como Natalia, pero el físico daba igual en este caso, la cuestión era otra, necesitaban su semen, conseguir que la dejara embarazada. Era bastante dicharachero y divertido y le gustaban todos los vicios, las mujeres, el tabaco y el alcohol.

- ¿Y Natalia? Hace más de un mes que no la veo.
- No está bien, Antonio, sigue con las depresiones…
- Bueno, tampoco se termina el mundo porque no tenga un hijo…
- Bueno, verás, quería hablarte de eso -. Luis se sonrojó y mostró una estúpida sonrisa -. Hemos estado hablando y, bueno, tú y yo, en fin, somos primos, pero yo confío en ti y bueno, ya que eres mi primo…
- Quieres que me haga una paja y te dé el semen – adivinó sonriente -. Sin problema. Nadie se enteraría nunca y si hace falta les firmo cualquier documento renunciando al hijo. No sería el primero. Llevará tu sangre. Somos primos hermanos. Yo paso.

Ciertamente, su primo le facilitaba la conversación y entonces Luis decidió ser más explícito.

- Veras, Antonio, no tenemos dinero para una inseminación -. Se pasó la mano por la cabeza, había empezado a sudar -. Tendrías que acostarte con ella, tendrías que hacernos ese favor. Eres la única persona a quien le confiaría algo así.
- ¿Quieres que me coja a tu mujer? – se sorprendió emocionado. Para Antonio, Natalia estaba buenísima y en más de una ocasión se había masturbado pensando en ella. Inesperadamente, su marido se la ofrecía en bandeja.
- No hables así, por favor, voy a pasarlo mal, pero la quiero, tengo que hacerlo por ella. Ya lo hemos hablado. Confiamos en ti.
- No te preocupes, primo – le dio unas palmaditas en la cara -. Cuando tú digas. Habla con ella, por mí no hay problema.

Aquella tarde y durante los días siguientes Antonio no paró de masturbarse electrizado por la posibilidad de cogerse a la mujer de su primo. A Luis y Natalia les costaba dar el paso. Estaban desesperados. Tardaron más de un mes en decidirse. No iban a hacer nada malo, la gente en su misma situación compraban semen en las clínicas, sólo que ellos debían utilizar el sexo, el sexo con otro hombre. La vida les había jugado una mala pasada económica y psicológicamente. Luis telefoneó a su primo un sábado por la mañana y se citaron para cenar esa misma noche. Sería la primera vez que estarían los tres juntos. Antonio, que iba en pantalones de mezclilla y con una camisa de cuadros, con una barba de tres días, saludó a Natalia como si nada, con un par de besos en las mejillas y rodeándola por la cintura con el brazo, forzándose en aparentar normalidad, por nada del mundo permitiría que se echaran atrás. La examinó de arriba abajo, los enormes pechos tras la blusa blanca que lucía, unos pechos que tendría la oportunidad de saborear, y aquel culito tras los ajustados jeans, tan rico y maduro, estaba dispuesto a romperlo cogiéndola. Cenaron animadamente, aunque Luis estaba bastante cabizbajo. Para él iba a ser una experiencia muy desagradable. Ni siquiera sabía como serían los detalles del encuentro sexual, no lo habían hablado. Antonio llevaba la voz cantante, se esforzó en divertir a Natalia para que se sintiera cómoda con la situación que se avecinaba. Aunque procuraba serenarse, Natalia también estaba nerviosa. Tendría que acostarse con aquel hombre de físico ciertamente repelente, todo por conseguir el deseo de ser madre, pero sabía que Antonio era el mejor amigo de su marido y la única persona en quien confiar algo semejante. Tras varias copas y una velada que se alargó hasta las tres de la madrugada, Luis, con la voz temerosa, sugirió ir a casa. Fruto de los nervios, Natalia había bebido bastante alcohol, a conciencia, necesitaba serenidad para afrontar la delicada situación. Ya en casa, se acomodaron en el salón y Luis alargó más el tiempo sirviendo otra copa, con síntomas de arrepentimiento en su mirada. Antonio temió que su primo se echara atrás y se anticipó a él. Se levantó de repente, soltó la copa y le tendió la mano a Natalia. Luis, sentado junto a su mujer, se quedó atónito y sin palabras, muerto de celos. Natalia, nerviosa, tragó saliva.

- Bueno, vamos, Natalia. No le demos más vuelta. No pasa nada, chingao. Luis, tu mujer y yo vamos a pasar un rato a solas -. Natalia, envuelta en una insulsa sonrisa, miró a su marido y se levantó -. No pasa nada hombre, nadie se enterará de nada.

Los celos lo ahogaban. Su mujer permanecía junto a su primo, ambos agarrados de la mano. Antonio tiró de ella y juntos se dirigieron hacia el dormitorio. Luis sufrió un agudo dolor en la frente y frío por todo el cuerpo. Iba a permitir que su mujer hiciera el amor con otro hombre. Sólo era sexo, pensó asfixiado. Se asomó al pasillo. Su esposa marchaba delante y claramente su primo iba comiéndosela con los ojos. No había sido una idea apropiada, pero permaneció inmóvil cuando les vio entrar en el dormitorio. Sonó un portazo y el ruido del pestillo. Desesperado, regresó al sofá y cerró los ojos con una lágrima escapando de entre sus párpados. Los celos le abrasaban las entrañas.

Ya en el dormitorio, Natalia se dirigió hacia el tocador sin saber cómo actuar. Antonio se acercó a ella y le acarició la cara apretándole suavemente las mejillas.

- Lo pasaremos bien, tranquila -. Ella asintió nerviosa -. Vamos a divertirnos un poco. El sexo es eso, diversión. ¿No?
- Claro, sí…
- Míralo de esa manera, chingá. ¿Sale? – Natalia volvió a asentir cuando él le pellizcaba la barbilla a modo de niña buena. La miró de los pies a la cabeza -. Estás muy guapa. Anda, ponte cómoda.


Obediente, Natalia se dirigió al cuarto de baño que había en la habitación y cerró la puerta tras de sí. Antes de comenzar a desnudarse, se miró al espejo y cerró los ojos para reflexionar. Luego comenzó a quitarse la ropa hasta quedarse completamente desnuda. Descolgó un camisón de la percha y se lo metió por la cabeza. Era un camisón corto con olanes en la base y en los tirantes, de gasa color negro, con escote a pico, muy suelto, semitransparente. Volvió a calzarse con los tacones y volvió a colocarse frente al espejo. Estaba muy provocativa, vestida como una puta para complacer al primo de su marido. Cerró los ojos, suspiró y abrió la puerta para entrar en el dormitorio. Encontró a Antonio de espaldas junto a la cama, desnudo, sólo con unos boxer blancos apretujados en sus carnes gordas. Vio su culo respingado y su cintura con unas lonjitas pronunciadas. Enseguida se giró hacia ella. Se quedó boquiabierto al verla. Natalia se fijó en su enorme y fofa barriga, en su pecho peludo y en el paquete que abultaba el boxer. Acostumbrada al aspecto musculoso y depilado de su marido, aquel cuerpo la impresionó. Antonio apenas parpadeaba. Estaba para comérsela. Se le transparentaba todo, el coño con la forma triangular del vello y las dos enormes tetas que se vaiveneaban con lentitud al más mínimo movimiento, con gruesos y erguidos pezones en el centro. Se fijó en su vientre liso y en sus piernas finas y delicadas. Los tacones y la melena rubia, que destacaba con el negro del camisón, ofrecían un aspecto de prostituta, una prostituta a su disposición.

- Estás muy guapa.
- Gracias.

Antonio se bajó el boxer y exhibió su miembro. Natalia tragó saliva al comprobar el grueso de aquella grandiosa verga rodeada de un denso vello, aún algo flácida, gruesa y no muy larga, pero superaba en volumen a la de su marido, con un glande enrojecido y carnoso. Jamás vio algo parecido. Se fijó en sus testículos, grandes, ásperos y muy peludos.

- Echa una copa – le ordenó él.

Natalia dio media vuelta para servirle un whisky y entonces él pudo disfrutar de cómo se contoneaba aquel delicioso culito de nalgas ligeramente abombadas, con una raja profunda y unas curvas impresionantes. Los tacones y examinar aquel culito a través del camisón electrizaban el momento. Antonio se sentó en el borde de la cama, ya con la verga bastante empinada. Natalia se acercó a él y le entregó la copa, procurando no mirar aquel pene.

- Siéntate -. Ella se sentó a su lado y enseguida cruzó las piernas. Antonio le dio un trago a la copa y la soltó en la mesilla. Su fragancia era muy masculina, la colonia y el sudor se mezclaban, vio unas gotas resbalando por sus sienes. Él le miró las tetas con descaro y bajó la mirada hacia la vagina -. ¿estás nerviosa?
- Un poco, sí, también por Luis, va a pasar un mal rato…
- Olvídate de él, coño, y disfruta un poco. ¿Le has puesto los cuernos alguna vez?
- No, no…
- Por una canita al aire no pasa nada. Seguro que alguna vez se habrá ido de putas. Tú también tienes derecho. Vas a probar otra cosa diferente y te va a gustar. A mí no me gustan las depilaciones y las mariconadas esas de mi primo. ¿Sólo has follado con él? – asintió abochornada -. Pues hoy vas a probar un hombre de verdad. Iremos despacio. Tranquila – le acarició la cara con la yema de los dedos y le cogió la mano para conducirla hasta su pecho -. Tócame.

Natalia, obediente, deslizó con suavidad la palma por aquel pecho peludo de piel grasienta y sudorosa. Él echó los brazos hacia atrás, relajado, examinando las transparencias del camisón. Pasó la mano por el vientre haciendo círculos con lentitud, volvía a subir hacia el pecho y pasaba por encima de las tetillas. El hijo de perra la estaba calentando, sabía cómo hacerlo, su vista se clavaba en aquella verga tiesa y parada.

Fuera, Luis recorrió a hurtadillas el pasillo y pegó la oreja a la puerta del dormitorio. Apenas oía nada, sólo algunos murmullos de vez en cuando. Se estaba volviendo loco. Con las manos a la cabeza y muerto de celos, regresó al salón. Se sentaba y volvía a levantarse desesperado Reconoció que actuaba como un maldito cobarde. En el dormitorio Natalia continuaba sobándole el pecho y el vientre. Él se irguió y ella le miró a los ojos.

- ¿Estás cachonda?

Natalia apartó la mirada avergonzada, pero él le sujetó la barbilla y la obligó a mirarle.

- Bueno, un poco…
- ¿Te gusta mi verga?
- Sí – contestó con una sonrisa idiota.
- ¿Quieres tocarla? -. Ella se mordió el labio y respiró hondo. Por las formas, había conseguido ponerla cachonda y que por momentos se olvidara de su marido. Aquella verga era realmente apetecible, ciertamente más apetecible que la de su marido. Cerró los ojos y lanzó un bufido, inquieta por el momento -. Mastúrbame.

Le sujetó el pene con la mano izquierda y comenzó a meneárselo muy suavemente, como queriendo gozar de aquel tacto. Los huevos se movían ligeramente y entonces acercó la mano derecha para sobárselos con leves estrujamientos. Permanecía sentada hacia él, algo inclinada para poder masturbarle. Sus tetas se balanceaban ligeramente tras el camisón. Antonio la agarró por las mejillas y le acercó la cara para babosearle los labios con la lengua fuera. Sus pechos se apretujaron contra aquel tórax sudoroso. Pasaron a besarse enrollando las lenguas. Él le tenía una mano en la nuca y la otra apoyada en el colchón. Ahora se la sacudía un poco más fuerte con la mano derecha y había dejado de sobarle los huevos. Dejaron de besarse. Ella se apartó, concentrada en masturbarle. Un tirante se deslizó por el hombro y el escote se bajó de un lado dejándole media teta a la vista, pero continuó meneándosela.

- ¿Te gusta así?
- Lo haces muy bien. 

Cada vez aceleraba más las sacudidas. Antonio había comenzado a emitir débiles jadeos y ella gozaba meneándola. A veces se detenía, le pasaba la mano por los huevos y reanudaba la masturbación. Con la mano izquierda le acariciaba la espalda peluda e impregnada de sudor, que ya le abrillantaba todo el cuerpo. Él sabía que estaba muy cachonda, sólo había que verle sus ojos desorbitados y su ceño fruncido. Las tetas se vaiveneaban al son de los movimientos del brazo y un pezón ya asomaba por encima de la tira del escote.

- Chúpamela – le ordenó.

Cesó la masturbación, sujetó la verga por la base con la mano izquierda y se echó sobre su regazo lamiéndole el glande. La derecha la utilizó para sobarle los huevos. Quería hacerlo bien. Permanecía con la cabeza pegada en la barriga, moviendo la cabeza lentamente para lamerla de arriba abajo, recostada de lado. Primeramente, Antonio la sujetó por la cabeza con ambas manos para ayudarla a mamar, pero antes tiró del camisón hacia la cintura y la dejó con el culo al aire. Con la izquierda la agarró de los pelos y con la derecha le acarició todo el culo de una pasada antes de asestarle una nalgada. Luego metió la mano bajo el camisón, pasó por su vientre y le apretó con rudeza una de las tetas. Se las zarandeó con rabia, estrujándolas, pasando de una a otra. Ella permanecía afanada en chupar y no paraba de mover la cabeza con la verga dentro de su boca, sin cesar de manosearle los huevos. 

En el pasillo Luis oyó los murmullos y el ruido de la palmada. Pegó la oreja a la puerta y sólo oyó unos chasquidos. Se arrodilló y trató de mirar por el hueco de la cerradura. La visión fue espeluznante para él. Lo primero que vio fue el culo de su mujer elevado del colchón unos cuantos centímetros, lo suficiente para diferenciar la raja del coño en los bajos, el vello de la entrepierna y el fino y enrojecido ano en el centro de ambas nalgas. Mantenía el camisón arrugado en la cintura. Le estaba haciendo una mamada, echada de costado sobre su regazo, aunque no podía verle la cara, tan sólo apreció los movimientos de su cabeza. Su primo estaba sentado en el borde, con los ojos cerrados, manoseándole el cabello y ayudándola a mamar. Vio que Antonio se escupía en la mano y extendía el brazo derecho para sobarle el culo y embadurnarlo de saliva. Le pellizcó las nalgas y a continuación introdujo los dedos en la entrepierna para agitarle el coño presionándolo y moviendo la mano en círculos. Ella lo contrajo y lo meneó al sentir los dedos hurgando entre sus labios vaginales. Luis se levantó ofuscado. Le temblaban las manos y sentía escalofríos en el pecho. Se apoyó en la pared con la cara oculta entre sus manos.

Natalia continuaba mamando a la vez que agitaba el culo. Antonio le tiró del cabello y la obligó a levantar la cabeza. Numerosas babas colgaban de los labios y se unían a la punta de la verga. La besó rudamente retirando la mano de su culo.

- Mastúrbame con tus tetas…

Bajó de la cama y se arrodillo entre sus robustas piernas. Él echó los brazos hacia atrás para adoptar una postura más cómoda. Se colocó el tirante, agarró sus tetas y atrapó la verga. Enseguida comenzó a menear el tórax para masturbarle. Antonio notaba el roce del camisón y su verga presionada entre aquella carne blanda. Jadeaba emocionado ante aquella postura tan provocativa. Se miraban a los ojos. Ella se esforzaba en presionar la polla y deslizar las tetas a lo largo de todo el tronco. Las babas del glande impregnaban la gasa del camisón. Antonio, con el placer desorbitado, se dejó caer hacia atrás y quedó tumbado boca arriba mientras la mujer de su primo le masturbaba con los pechos. Por iniciativa propia, liberó el pene y acercó la cabeza para lamerle los huevos mediante lengüetazos, como una perra olisqueando en la basura. Ahora las tetas le colgaban hacia abajo por fuera del escote. Antonio se sujetó la verga para sacudírsela él mismo. Natalia se hallaba fuera de sí. Tras ensalivarle los huevos, le obligó a elevar ambas piernas. Entonces bajó la lengua hasta el ano peludo para lamerlo nerviosamente, intentando introducir la lengua en el interior. Le abría la raja y hundía la boca escupiendo y esparciendo la saliva alrededor del ano. El cosquilleó al chuparle el culo acrecentó el placer de Antonio, que ahora se la sacudía velozmente.

- Me voy a correr – jadeó nervioso elevando el tórax.

Ella apartó la cabeza del ano y permaneció arrodillada. Él se puso de pie sin parar de sacudírsela. Algunas finas babas colgaban de los huevos y el culo. Natalia miró hacia arriba acariciándole las piernas. Antonio dirigió la punta de la verga hacia la cara y a los pocos segundos varios escupitajos de un semen viscoso y amarillento se esparcieron en el rostro de Natalia.

- Chúpala…

Sujetó la verga y la lamió como si fuera un helado, limpiando y saboreando el semen que aún brotaba de la punta. Unos segundos más tarde, la agarró del brazo y la obligó a levantarse. Ambos permanecían de pie junto a la cama, cara a cara. La empujó rudamente contra la pared, se abrazó a ella subiéndole el camisón hasta la cintura y pegó las manos en su culo. Ella se colgó de su cuello, con las tetas aplastadas contra su pecho sudoroso. Antonio se agarró la verga y la dirigió hacia el coño. Rebuscó entre los labios vaginales con la punta y se la metió hasta el fondo con un golpe seco. Natalia gimió con los ojos desorbitados. Enseguida Antonio comenzó a cogerla velozmente meneando la cadera para ahondar al máximo, apretándole las nalgas para mantener el equilibrio. En segundos, ambos jadeaban alocadamente.

Luis, en el pasillo, oyó los jadeos de su mujer mezclados con los de su primo. Estaban cogiendo. Su mujer gemía como una loca. Era horrible. Los alaridos retumbaban en su cabeza. Se arrodilló para mirar a través de la cerradura. Les vio de pie al fondo del dormitorio. Vio su primo de espaldas, envuelto en sudor, sacudiéndole aligeradamente mientras la besuqueaba por el cuello. Ella mantenía la cara apoyada en su hombro con el ceño fruncido y gritando de placer. Vio las manos de su mujer plantadas en el culo de su primo, como ayudándole a empujar. Cada vez gemían más nerviosos y las sacudidas eran más veloces. Clavaba las uñas en aquellas nalgas peludas y asquerosas. Cómo había permitido semejante hecho. De pronto, su primo le asentó un golpe seco y mantuvo el culo contraído con la verga dentro de la vagina. Ella cerró los ojos con fuerza subiendo las manos hacia la espalda. Cesaron los jadeos. Antonio se retiró unos centímetros, aunque se mantuvo de espaldas a Luis, y le permitió ver a su esposa con el camisón transparente, con las tetazas en reposo y el coñito que aquel hijo de puta acababa de perforar. Un grueso hilo de semen viscoso le colgaba del vello. Seguro que el muy cabrón la había obligado a vestirse así, seguro que bajo amenaza, que la había obligado a hacerle una mamada. Había sido un grave error.


- Nos tomamos un respiro – le oyó decir a su primo -. Voy por un cigarro.

Natalia se dirigió hacia el cuarto de baño y él examinó su forma de contonear el culo tras la gasa del camisón. Cuando Antonio se volvía, Luis se levantó y anduvo hasta el cuarto contiguo. Se metió y dejó la puerta entreabierta, oculto en la penumbra del cuarto. Oyó el cerrojo y la puerta. Al instante vio a su primo por el pasillo. Iba desnudo, con la polla empinada, balanceándose en cada zancada. Acababa de cogerse a su mujer y él lo había permitido. Vio el glande enrojecido y una fina baba colgando de la punta. Sudaba a borbotones. Irrumpió en el salón en busca del paquete. Le vio el culo peludo y respingón al que su mujer se había aferrado mientras la penetraba. Luis permaneció oculto en el cuarto, aterrado como un jodido cobarde, comido por los celos, llorando como un niño. Su primo regresó con el cigarro encendido y saboreando todavía el golpe. Aún llevaba la verga tiesa cuando pasó delante del cuarto. Irrumpió en el dormitorio del matrimonio y cerró la puerta tras de sí. Al instante sonó el cerrojo. Entonces Luis salió de su escondite y anduvo hacia la puerta. Sacudió la cabeza y se apoyó en la pared, sin fuerzas para cortar con aquel delirio.

Antonio entró en la habitación y vio a Natalia sentada en el borde de la cama con las piernas cruzadas, como a esperas de la nueva imposición. Se había limpiado la cara de semen y las manchas del camisón y se había alisado el cabello. Antonio se fijó en sus tetas en reposo tras la gasa. Ella sonrió al verle, como temerosa de contrariarle, no sin antes fijarse en la verga, algo más flácida.

- ¿Quieres una copa? – preguntó él.
- No, no… Ya he bebido bastante.

Antonio se sirvió un whisky y le dio unos tragos para acompañar el sabor del cigarro. Con la copa en la mano, rodeó la cama y se acercó hasta ella. Se colocó delante, de pie, sin dejar de fumar. Natalia tenía la verga a la altura de su cara, a escasos centímetros.

- ¿Te lo estás pasando bien?
- Sí – sonrió ella tontamente.
- Tócame un poco los huevos, necesito calentarme…

Soltó la copa en la mesilla y apagó el cigarrillo. Con la misma obediencia, Natalia condujo la mano derecha hasta los huevos y los acarició con extrema suavidad, hundiendo levemente las yemas en la carne áspera y peluda. Con la izquierda le agarró la verga para sacudírsela con la misma lentitud.
Al otro lado de la puerta, Luis no oía nada. Se arrodilló y acercó el ojo al hueco de la cerradura. La misma visión horrenda que jamás olvidaría. Les vio de perfil, a su primo de pie y a su mujer sentada haciéndole una paja y sobándole los huevos. Vio cómo su primo le levantaba la barbilla para obligarla a mirarle. La estaba sometiendo y él no hacía nada por impedirlo. Vio cómo le metía la mano por dentro del escote y observó como jugaba con una de las tetas tras la gasa. Se la estrujó con tanta intensidad que llegó a sacársela por fuera. Fue cuando le agarró un pezón y se la zarandeó hacia los lados. Su mujer continuaba masturbándole sin dejar de mirarle. Luis se incorporó horrorizado y se alejó unos metros. La desesperación aumentaba en cada segundo.

Natalia le sacudía algo más rápido, sin parar de manosearle los testículos. Estaba fuera de sí, caliente como una perra. Estaba mal sentir aquel gusto, pero no podía controlar el ardor que corría por sus venas. Aquella noche iba a vivir su encuentro sexual más intenso, con un hombre de verdad que la volvía loca. No pudo aguantarse, retiró la mano derecha de los huevos y se la metió bajo el camisón para frotarse la vagina con toda la palma. Antonio sonrió al ver cómo se masturbaba y cómo le masturbaba a él, ciega de placer, con los ojos vueltos y una respiración acelerada.

- Te gusta, ¿verdad?

Descontrolada, acercó la cabeza a la barriga y deslizó la lengua por todo el vientre, saboreando el sudor que impregnaba aquella piel basta y peluda. Metió la punta en el ombligo y bajó hacia el vello de los genitales. No paraba de hurgarse en el coño. Pegó la verga al vientre y le soltó varios lengüetazos a los huevos antes de volver a besarle por la zona de la barriga. Las babas goteaban de los testículos hacia el suelo. La verga golpeaba sus tetas al inclinarse. Antonio se inclinó para besarla en la boca. Enrollaron sus lenguas y babosearon durante unos segundos. Antonio la agarró de los tobillos y le subió inesperadamente las piernas. Cayó tumbada boca arriba con las piernas en alto y el camisón en la cintura. Sus tetas se vaivenearon como flanes sobresaliendo por los costados y el escote. Antonio elevó aún más sus muslos hasta que las rodillas casi rozaban los hombros. Tuvo ante sí aquel coño abierto y aquel ano tan jugoso. Le lanzó un escupitajo y bajó la cabeza deslizando la lengua por todo el coño. Ella gimió. Ahora Antonio le escupió en el ano. Con los pulgares le abrió la raja e insertó la lengua para esparcir la saliva. Le humedeció bien todo el culo antes de incorporarse. Se escupió en la mano y se embadurnó toda la polla de saliva.

- No bajes las piernas, vas a probar algo bueno…

Natalia se las sujetó para no bajarlas a pesar de la incómoda postura, con sus rodillas pegadas a los hombros.

- ¿Qué vas a hacer?
- Acercó la punta hacia el ano. Volvió a escupirse en el glande antes de empujar.
- Por ahí no, Antonio, por favor… – protestó ella tímidamente.
- Cállate, carajo…

Antonio empujó con fuerza hundiendo el glande en el culo. Enseguida se echó hacia ella para que no pudiera bajar las piernas, apoyó las manos en el colchón y los tobillos de ella cayeron sobre los hombros de él. Natalia gimió dolorida agarrándose con fuerza a las sábanas. Siguió empujando y hundió media polla dilatándole aquel ano fino y delicado. Antonio comenzó a contraer el culo para cogerla y a gemir acalorado. Los gemidos de Natalia parecían alaridos cuando notaba que la polla penetraba.

Luis deambulaba por el pasillo cuando se reanudaron los escandalosos jadeos. Su mujer gemía enloquecida. Asustado, se acercó a la puerta y la golpeó varias veces tratando de abrirla.

- ¿Estás bien, Natalia? ¿Pasa algo?

No le hicieron caso, los chillos de uno y otro se sucedían. Con la barbilla temblorosa y lágrimas en los ojos, cayó arrodillado con la cabeza apoyada en la puerta.


Dentro, Antonio continuaba cogiéndola por el culo, cada vez hundiendo más la verga. Tras un par de minutos, la extrajo del ano y se incorporó. Ella mantuvo los pies en los hombros de él, con el culo aún algo dilatado. Dejó de gemir, resopló para recuperar el aliento y le miró a los ojos. Sintió el cabello humedecido por el sudor. Ahora Antonio se la metió por el coño sujetándole las piernas por los tobillos y asestándole fuertes embestidas, deslizando la verga hasta los testículos. Las tetas se movían alocadas bajo la gasa del camisón. Natalia gemía con el ceño fruncido, muerta por un placer inevitable, aunque dolorida por la penetración anal. Antonio aceleró los movimientos de su cadera penetrándola con rabia. El sudor le goteaba de las sienes. Todo el cuerpo de Natalia convulsionaba cuando se la clavaba. Él emitió un quejido profundo y se detuvo en seco con la verga dentro. Natalia profirió un gemido estridente cuando le sintió eyacular en el interior. Le asestó otro golpe seco y se detuvo de nuevo, como si quisiera escurrirse. Le soltó las piernas y ella las bajó. La polla salió de la vagina y la punta rozó el vello impregnándolo de los últimos resquicios. Del interior del coño brotaron unos pegotes de leche. Antonio soltó un bufido, sofocado, y se retiró de entre las piernas de ella.

En el pasillo Luis notó que los gemidos cesaban. Deseó que el infierno llegara a su fin y se asomó por la mirilla de la cerradura. Vio a su primo de pie frente a su mujer, quien permanecía tumbada boca arriba en el borde de la cama, con el camisón subido hasta la cintura y la vagina a la vista de aquel cerdo. Vio sus tetas caídas hacia los costados y los pezones por fuera del escote. Su primo tenía la verga completamente tiesa y empinada. Se dirigió hacia el tocador para sacar un cigarrillo del paquete. Su esposa se incorporó. Notó sus carillos morados y el pelo humedecido por el sudor. Acezaba como una perra malherida. Se colocó los tirantes del camisón y se puso de pie. Maldita sea, se dijo para sí, se le transparentaba todo.

- Voy a darme una ducha – la oyó decir.
- Bien. Habrá que tomarse un respiro.

Luis cerró los ojos y se incorporó justo cuando su mujer se adentraba en el baño. Regresó al salón y se dejó caer en el sofá con las manos en la cabeza, agobiado por la alarmante situación.

En la habitación, Antonio apuró la copa y se echó bocarriba encima de la cama. Estaba agotado de tanto coger, algo inimaginable para él, y con la mujer de su primo. Natalia salió del baño un cuarto de hora más tarde. Se había dado una ducha de agua fría para serenar la terrible excitación. Salió con el camisón y se dirigió hacia el tocador para colocarse los cabellos. Por el espejo vio cómo Antonio la examinaba y se deleitaba con las transparencias del camisón, con el culito que un momento antes había taladrado. Para ella sería una experiencia inolvidable. El hijo de puta había conseguido que disfrutara como nunca lo había hecho con su marido, bastante tradicional y reprimido en temas sexuales. Vio su miembro flácido echado hacia un lado.

- Vamos, guapa, échate un rato conmigo…


Natalia rodeó la cama y se tumbó de costado, mirando hacia él. Él le pasó el brazo por los hombros y ella apoyó la cabeza en su pecho, como si fueran dos enamorados que acaban de hacer el amor. Pasó el brazo derecho por encima de su barriga y sintió sus tetas presionadas contra el costado de aquel cerdo. Antonio apagó la luz y unos minutos más tarde Natalia le oyó roncar, pero se mantuvo echada sobre su cuerpo. Luis se asomó desde el salón al fondo del pasillo y comprobó que habían apagado la luz. El silencio reinaba en el ambiente. Su mujer seguía encerrada con su primo. Eran las cinco y media de la mañana. Volvió a sentarse sin poder controlar el temblor de su barbilla.

Al amanecer, en torno a las siete y media de la mañana, cuando ya la luz del día inundaba la habitación, Antonio abrió los ojos. Ella permanecía abrazada a él. Enseguida elevó la cabeza para mirarle.

- Buenos días, guapa.
- Te has dormido, ¿no?
- Bésame.

Natalia le correspondió. Comenzaron a besarse con pasión. Ella deslizaba la palma de la mano por su pecho y por la barriga hasta que lentamente bajó hasta los genitales. Continuaba el beso. Le acarició los huevos pasando la palma repetidas veces y posteriormente le agarró la verga para empezar a sacudírsela. Le encantaba masturbarlo, gozar del tacto de aquel miembro gordo. Antonio gimió y cerró los ojos, muerto de gusto. Tiró del camisón hacia arriba para dejarla con el culo al aire. Ella pegó el culo a su pierna para menear la cadera y rozarlo por aquella piel áspera y peluda. Natalia, presa de la lujuria, comenzó a chuparle las tetillas y a pasar la lengua por el vello del pecho. La verga fue poniéndose dura y tiesa. No dejaba de menear la cadera para refregar las nalgas por la pierna. Quería chupársela, pero él se giró hacia ella y se echó encima. El peso de aquel cerdo sobre su delicado cuerpo la dejó sin respiración. Le bajó los tirantes para sentir las tetas sobre él y comenzó a besarla mientras meneaba la cadera en busca del coño. Se la metió unos segundos más tarde, con lentitud, y comenzó a cogerla sin prisa. Enseguida Natalia comenzó a jadear descontroladamente.

Luis se asomó al pasillo al oírla y con el mismo sigilo se acercó a la puerta. Sólo ella gemía, unos gemidos secos y profundos. Se acuclilló para asomarse y les vio en la cama, él encima y ella debajo. Su primo contraía las nalgas para ahondar en el coño y ella mantenía las manos en el culo, acariciándolo mientras la follaba. Podía distinguir los huevos moverse hacia dentro y los bajos del coño sobre el colchón. Se incorporó y se dirigió al cuarto contiguo, no quería escucharla más. Pero los gemidos retumbaban. Antonio había acelerado las contracciones del culo hasta que vertió su leche unos segundos más tarde. Sacó la verga limpia de semen.

Sofocado de tanto coger, bajó de la cama y fue en busca del paquete. Natalia, con las piernas separadas y el coño abierto, trataba de recuperar el aliento y se mantuvo tumbada. Dio varios jalones al cigarro y después cogió su boxer y descolgó una bata que pertenecía a su marido.

- Voy a darme una ducha en el otro baño. Luego nos vemos.

Antonio abandonó la habitación. Luis le vio por el pasillo desnudo y con la polla empinada. Se había hartado de cogerse a su esposa durante toda la noche. Cuando se encerró en el baño, salió del cuarto y miró hacia el dormitorio. La puerta estaba abierta. Se sintió avergonzado de sí mismo, abochornado por tener que mirarla a la cara. Se asomó tímidamente al dormitorio. Vio a su mujer en camisón alisando las sábanas de la cama. Se encontraba de espaldas a él y se le transparentaba a la perfección la raja del culo y las nalgas enrojecidas, como con señales de palmadas. Natalia dio media vuelta. Las tetas se vaivenearon tras la gasa. Distinguió igualmente la vagina y su ombligo. Estaba seria y con la mirada perdida.

- Lo siento, de verdad que lo siento -. Ella levantó los brazos y chasqueó la lengua a modo de lamento -. Ha sido un error, siento por lo que has pasado.
- No pasa nada, ¿vale?
- ¿Estás bien?
- Voy a darme un baño.
- ¿Qué te ha hecho, amor mío?
- Hemos cogido, era lo que había que hacer, ¿no? Disculpa.

Luis bajó a la cocina desolado. Su primo la había sometido, la había humillado, le había destrozado la dignidad. Había sido un error fatal pedirle semejante favor, y todo por la ilusión de tener un hijo. Los celos le trastornaban. Aún resonaban los gemidos en su cabeza. Iba a costarle salir de aquella angustia. Preso de los remordimientos, vio que su primo se dirigía hacia la cocina. Iba abrochándose el albornoz y se fijó que bajo la prenda sólo llevaba el boxer.

- Buenos días, primo – le saludó sonriente sirviéndose un café.
- Ho…Hola, Antonio.

Antonio se sentó a la mesa con la taza del café y unos bollos.

- Hemos pasado un buen rato. Como coge tu vieja… Y cómo la chupa…No me habías dicho nada.

Luis tomó asiento a su lado dispuesto a discutir el asunto.

- Mira, Antonio, yo…

Su primo le cortó asestándole unas palmaditas en la cara.

- No pasa nada, coño, tranquilo, me pediste un favor y he cumplido, hostias, ¿sí o no?
- Sí, ya, pero…
- Me la he cogido y ya. Alegra esa puta cara, carajo…

Antes de replicar, vio que su mujer bajaba las escaleras y se dirigía hacia la cocina. Prefirió guardar silencio, además el tono de voz de su primo sonaba amenazante. Corría el riesgo de contrariarle y que después contara por ahí lo sucedido. Se convertiría en el cornudo más imbécil del mundo. Iba ataviada con unas mallas blancas muy ajustadas que definían sus curvas de cintura para abajo, incluso se le notaban las tiras laterales de las braguitas, llevaba una camiseta ajustada color negro de tirantes que resaltaba el volumen de sus pechos y calzaba los zapatos de tacón, lo que le otorgaba un estilo sensual, maquillada y con el pelo recogido. Luis lamentó que se hubiera vestido así, que sirviera de deseo sexual para aquel cabrón.

- Buenos días – les saludó ella.
- Hola, guapísima – le correspondió Antonio, que enseguida examinó su culito con descaro, en presencia de su marido.

Se sirvió café y se sentó entre ambos. Su marido estaba pálido y aturdido. Antonio le pellizcó la barbilla cariñosamente.

- ¿Lo pasaste bien? -.

Ella se limitó a sonreír mientras su marido observaba los halagos. Los siguientes minutos Antonio habló de los viajes que debía hacer esa semana con el camión y hablaron de donde celebrarían la fiesta de Navidad dentro de quince días. Al parecer los amigos habían alquilado unos bungalows para pasar la noche. Más tarde, Antonio cogió el periódico y se acomodó en el sofá del salón. Tendió las piernas encima de la mesa y entonces los lados de la bata cayeron hacia los lados y le dejaron el boxer a la vista.

Luis se fijó desde la cocina. Miró a Natalia, que terminaba de lavar los trastes. No tiene intención de irse, joder – lamentó aturdido -. Maldita sea…

Natalia se secó las manos.

- Voy a tender la ropa.

Vio que su mujer abandonaba la cocina en dirección a la escalera. Al pasar por delante de su primo comprobó que cruzaba una mirada con él, tal vez de asco, no supo interpretar el sentido de aquella mirada. Siguió hacia delante. Antonio se incorporó con descaro para deleitarse con la forma de contonear el culo. Se apreciaba a la perfección los contornos de unas pequeñas braguitas. Desesperado, Luis deambuló por toda la casa sin saber cómo afrontar la situación. Al rato regresó a la cocina para tomarse una aspirina. Tenía un agudo dolor de cabeza. En ese momento su primo irrumpió en la cocina. Se giró hacia él y le vio con el albornoz desabrochado y abierto. Se fijo en el bulto del boxer, con la verga echada a un lado.

- Luis, oye, por qué no te vas a dar una vuelta…
- ¿Qué?, Antonio…
- Venga, coño – se acercó a él y lo agarró de la nuca -. Tómate algo, relájate. Venga, chingao, no quiero enojarme, estoy haciéndote un favor, deberías estar agradecido. Vamos, vete…
- No me hagas esto, Antonio…
- Lárgate un rato, anda…

La amenaza era latente. Era un jodido cobarde. Desistió. Temió que sacara todo a la luz. Acató la imposición de su primo. Cogió una chamarra y abandonó la casa a sabiendas de lo que iba a suceder, dejaba a su mujer desamparada ante aquella bestia que no pararía de humillarla. Natalia no se lo perdonaría nunca. Cruzó la calle y montó en el coche. Apoyó la cabeza en el volante y se puso a llorar.
Antonio se encontraba en la cocina bebiendo una lata de cerveza cuando apareció Natalia. Le echó una mirada lujuriosa al comprobar cómo las tetas botaban tras la camiseta elástica. Volvió a fijarse en los contornos de sus braguitas tras la malla blanca y ajustada. Él permanecía con la bata abierta y ella se fijó en el bulto del boxer.

- ¿Y Luis?
- Estamos solos -. Antonio se quitó la bata y se quedó sólo con el boxer -. Tengo ganas de besarte.

Ella dio unos pasos hacia él.

- No puede ser, Antonio, soy una mujer casada.
- Sé que te gusta – alzó la mano para acariciarle ambas mejillas con las yemas de los dedos – sé que te pongo cachonda.

A Natalia le hervía el coño con sólo verle desnudo, pero quería resistirse o su matrimonio terminaría malamente.

- Por favor, no me hagas esto, quiero a mi marido…

La sujetó por la nuca y le acercó bruscamente la cara. Empezaron a besarse con una pasión lujuriosa. Ella se abrazó a él con las manos en aquella espalda robusta, sus tetas aplastadas contra aquel pecho velludo y su zona vaginal rozando el bulto. Antonio también le manoseaba la espalda por encima de la camiseta. Invadida por el placer que le proporcionaba aquel cabrón fue desplazando sus manos hacia abajo hasta meterlas por dentro del boxer, gozando del tacto de aquel culo abombado y peludo. Seguían besándose con las lenguas enrolladas. Antonio imitó el gesto y metió sus manos por dentro de la malla para sobárselo con delicadeza.


Luis bajó del coche. Trató de envalentonarse, debía cortar con aquel delirio. Temeroso, entró por la puerta del patio y se dirigió hacia la puerta de acceso a la cocina, pero antes decidió asomarse por la ventana. Allí les vio. Luis, desnudo, permanecía apoyado sobre la encimera. Vio a su mujer de espaldas, abrazada a él, besándole con pasión. Vio las manos de su primo por dentro de la malla sobando el culo de su esposa. No paraban de moverse. El hijo de puta la estaba obligando a besarle. Las manos salieron de dentro, pero acto seguido le bajó la prenda de golpe hasta dejarla unos centímetros por debajo de la entrepierna. A continuación le bajó las pequeñas braguitas blancas y la dejó con el culo al aire. Volvió a plantar las manos en las nalgas y enseguida le abrió la raja al máximo. Luis pudo distinguir el ano palpitante de su esposa y parte del coño. Su esposa se ladeó hacia un costado de él.
Vio la mano derecha actuar dentro del boxer Le sobaba los huevos. La verga, completamente tiesa, escapaba por encima de la tira. Él le manoseaba el culo con la derecha. La izquierda la metió bajo la camiseta y la vio actuar estrujándole las tetas. No paraban de besarse. Ella había agarrado la verga y le estaba masturbando. Los huevos de su primo botaban en cada sacudida. Luis dejó de mirar, se apartó de aquel infierno y deambuló por el patio muerto de celos. Aquello era un infierno. Unos minutos más tarde se asomó de nuevo. Ahora su esposa se había inclinado y se la estaba chupando a modo de helado. La tenía sujeta por la base y con la otra mano tenía agarrado los huevos. Sus dos tetas colgaban hacia abajo por fuera del escote. Él, con la mano derecha en el culo de Natalia, la masturbaba hundiendo la mano en su coño mientras que con la izquierda la agarraba de los pelos. Se apartó de nuevo como un cobarde y cayó arrodillado en el suelo. Las palpitaciones del corazón le crearon temblores en todo el cuerpo.

En la cocina, Natalia levantó la cabeza para mirar los ojos de su amante, sin dejar de masturbarle, como suplicando que se la metiera. Antonio la besó, la agarró del brazo y la condujo hasta la mesa de madera. La colocó contra ella, de espaldas a él, y la obligó a curvarse sobre la superficie.

- Ábrete el culo

Ella obedeció. Pegó la cara a la superficie y echó los brazos hacia atrás para abrirse la raja. La carne de los pechos le sobresalía por los costados. Antonio se arrodilló ante el culo. Le lanzó un escupitajo al coño y pasó varias veces la lengua entre los labios vaginales. Ella lo meneó ante la invasión de placer. Se escupió en la mano y le ensalivó todo el ano, como si quisiera lubricarlo. Después se levantó, se escupió en la verga y se la sacudió antes de acercarla al agujerito y hundir el glande. Natalia chilló al notar el volumen penetrar en su interior. Antonio fue empujando despacio y con rabia y consiguió dilatar el ano hasta hundir media polla. Natalia, jadeante y dolorida, retiró las manos de las nalgas y se aferró a los cantos de la mesa para soportar las embestidas. Antonio comenzó a moverse y a empujar. La sacaba hasta el glande y la hundía hasta la mitad, eran movimientos secos y trabajosos. La tenía sujeta por la cintura para cogerla con más soltura. La frente de Antonio era un hervidero de sudor. Natalia gritaba de forma estridente cuando la verga avanzaba. Su marido escuchaba sus alaridos arrodillado en el patio, envuelto en lágrimas. Más cómodo, aunque empujando con lentitud, le acarició la espalda subiéndole la camiseta y le abrió la raja con los pulgares. La follaba hasta media verga. Él sólo jadeaba. Meterla en aquel culo tan delicado era una delicia. La agarró de los pelos y tiró fuerte levantándole la cabeza de la superficie. Ella gimió con la boca muy abierta y los ojos desorbitados.

- ¿Te gusta, zorra? – Natalia apretó fuerte los cantos de la mesa -. ¡Contesta!
- Sí… – jadeó.
- Eres mía.

La soltó y ella volvió a apoyar la cara contra la superficie. Antonio se curvó sobre su espalda, dio un par de empujones y se detuvo para correrse dentro del culo. Emitió varios quejidos de placer mientras vertía toda su leche. Se mantuvo con la verga dentro varios segundos, después la extrajo despacio y se apartó de ella unos centímetros. La punta y el ano permanecían unidos por un hilo de babas blanquinoso. Aún lo tenía dilatado por la magnitud del pene y enseguida brotó semen en abundancia. Un goterón resbaló hacia los labios vaginales. Natalia aún resoplaba para recuperar el aliento. Elevó el tórax de la superficie y le miró por encima del hombro. Ambos sudaban escandalosamente. Parecían recién llegados de una carrera estrepitosa. Aún insatisfecho, le abrió la raja con los pulgares y le clavó la verga en el coño, hasta el fondo. Ella se contrajo mediante un débil gemido. Meneó la cadera con el pene dentro. Comenzó a cogerla velozmente, asestándole fuertes sacudidas en las nalgas, mirándose a los ojos, gimiendo a la vez.

Luis oyó de nuevo el martirio. Se incorporó y se acercó a la ventana. Vio de frente a su mujer con la camiseta levantada por encima de los pechos. Las tetas se balanceaban alocadas cada vez que su primo le clavaba la verga. La estaba cogiéndo a una velocidad de espanto. Su mujer tenía la cabeza vuelta hacia Antonio. Pero inesperadamente, miró al frente y le descubrió tras la ventana. Se miraron a los ojos, aunque no paró de gemir. Todo su cuerpo temblaba en cada embestida. Tenía el pelo sudoroso y la piel brillante. Aparecieron las manos de su primo por el vientre y se aferraron a las tetas para manosearlas y estrujarlas.

- Mírame, zorra – le ordenó su primo.

Con suma obediencia, Natalia volvió la cabeza hacia él. Entonces Luis se apartó de la ventana y se dirigió hacia la salida.

En la cocina, Antonio se detuvo en seco con el culo contraído. Natalia sintió cómo le vertía el semen dentro del coño. Al momento retiró la verga empapada de algunos resquicios. Tensó la tanguita y se la pasó por el glande hasta secarlo impregnando toda la prenda, luego se subió el boxer. Se fijó en la barbilla de Natalia, inundada de una leche amarillenta y viscosa. Aún manaban algunas gotas del ano. Le asestó una palmada en la nalga y se acercó a la mesa en busca del paquete de cigarrillos. Natalia cogió una servilleta y se la pasó por el culo y por la vagina, luego se subió las bragas y las mallas y a continuación se bajó la camiseta.

- Coges como una condenada -. Se acercó a ella y le estampó un beso en la mejilla -. Tengo que irme. Ya nos veremos.

Antonio abandonó la cocina. Natalia se apoyó en la mesa y cerró los ojos tratando de reflexionar sobre lo sucedido. Había vivido una experiencia sexual frenética, aquel cerdo le había inducido una ninfomanía inaudita. Había gozado como una puta, hasta se olvidó del verdadero objetivo del encuentro, quedarse embarazada. Quería a su marido, llevaban media vida juntos, pero la lujuria había sido incontrolable. Hastiada de tanto coger, con el culo y el coño doloridos, subió a darse una ducha.

Luis regresó al anochecer. Había estado dando vueltas con el coche, sin rumbo, avergonzado de sí mismo, arrepentido del día que decidió pedirle el favor a su primo. Los celos le aniquilaban la entereza. Su primo había follado con su mujer hasta la saciedad. Nunca olvidaría el tormento. Encontró a su esposa en el sofá viendo la televisión. Su primo se había marchado. Estaba en albornoz, recién duchada, con el pelo recogido. Notó su mirada sobria, ni siquiera le miró cuando se sentó a su lado.

- Lo siento, amor mío, sé por lo que has pasado. Ha sido horrible. Ese cerdo se ha aprovechado de nosotros y…

Ella le miró con severidad.

- Ha pasado lo que sabíamos que iba a pasar ¿no? -. Luis, abochornado, agachó la cabeza -. ¿Te arrepientes? Eres un idiota, un pelele…
- Me amenazó con contarlo… – musitó agobiado.
- Hemos follado y punto. Tú sabías lo que iba a pasar. No quiero hablar más del asunto, ¿de acuerdo? -. Él asintió como un imbécil -. Me voy a la cama…

Luis se fue tarde a la cama. Los celos al oírla hablar provocaron sus lágrimas. Gimoteó como un niño. Su esposa le oyó llorar desde el dormitorio donde horas antes había hecho de todo con su primo.
Fue una semana tensa para Luis. Ella se comportaba de una manera distante y despectiva. Le contestaba con monosílabos, se iba pronto a la cama y apenas conversaban. Tampoco sacaron a relucir el tema. Sin embargo con las amigas que iban a casa se comportaba de otra manera, más alegre y con más naturalidad. Estaba seguro de que le hacía culpable de todo lo que aquel cabrón le había hecho, estaba seguro de que se sentía violada y humillada. También pasó malos momentos recordándola bajo el poder de su primo. Aún retumbaban los jadeos en su cabeza. Natalia tampoco olvidaba la lujuria vivida con Antonio y en más de una ocasión tuvo la necesidad de masturbarse en el baño al recordar las mamadas, el sabor de su verga y de la leche caliente, las penetraciones y los tocamientos. Menearle la verga había sido fascinante y su manera de cogerla única. Su marido le daba pena, pero la lascivia resultaba incontrolable.

Llegó fin de año. Los amigos alquilaron una casa rural con numerosas estancias. Todos pasarían allí la noche. A la fiesta acudieron más de veinte personas, entre ellas Antonio, que saludó a Natalia como si no hubiera pasado nada, con un par de besos en las mejillas, y estrechó la mano de su primo como si todo estuviera olvidado.
A ver si la hemos dejado preñada ¿eh? – fue lo que le dijo -. Le di caña, creo que habré acertado, ¿no te parece?

Una ola de celos inundó sus entrañas al verle tan cerca de su esposa. Cenaron todos animadamente en una mesa larga rectangular. Por suerte para Luis, su primo se sentó en el otro extremo con los hombres que estaban solteros. Estaba pendiente de él y era incapaz de distraerse. Temía que se insinuara o que volviera a cometer alguna barbaridad. Su esposa conversaba y reía con las amigas, ajena al sufrimiento que él padecía. Luego llegó el baile con la música a todo volumen. Luis se sentó con dos amigos alrededor de una mesa con cervezas. Hablaban de fútbol, pero él permanecía ensimismado en sus pensamientos. Natalia bailaba con algunas amigas y Antonio conversaba de pie con otros amigos. De vez en cuando los observaba, no había forma de estar tranquilo, la presencia de su primo le inquietaba.

Antonio iba muy arreglado, demasiado para como solía vestir. Se encontraba con un grupo de hombres hablando de diversos temas. Alzó la mirada y la dirigió hacia Natalia. Ella le correspondió con una media sonrisa y unos ojos insinuantes. Estaba muy guapa. Llevaba un vestido negro de hilo ajustado al cuerpo, con la base a la altura de las rodillas y escote a pico, medias negras y unos zapatos de charol con tacones aguja. Iba muy maquillada y se había recogido el pelo con un moño en lo alto de la cabeza, con la nuca al descubierto. Estaba demasiado sexy como para resistirse. La estrechez del vestido en la cintura definía su culito y también el grandioso volumen de sus pechos, hasta resaltaban los pequeños pezones. Estaba muy buena. Algunos de los otros chicos la miraban de vez en cuando. Las miradas se sucedían. Ella dejó de bailar y se dirigió hacia la barra para servirse otra copa. Contoneaba el trasero con sensualidad gracias a la finura de los tacones. Antonio decidió abordarla. Eran las cuatro de la mañana. Cruzó la pista de baile. Luis se pasó la mano por la cabeza cuando le vio ir en busca de su mujer. Iba a acosarla. Debía enfrentarse a él, pero permaneció sentado. ¿Cómo armar un escándalo delante de todos los amigos? ¿Qué se enteraran de lo que había pasado? Se mantuvo clavado en la silla.

- Estás para comerte – le dijo él.

Ella sonrió.

- Tú también estás muy guapo.

Le dio un sorbo a su trago y acercó la boca a su oído.

- Quiero besarte.
- Antonio, estoy casada, no puedo…
- Estás cachonda – le susurró -. Lo estás deseando.
- Por favor, Antonio, no quiero, en serio, no me hagas esto…
- Por qué no tomamos una copa en algún sitio más tranquilo, sin tanta gente. ¿Qué te parece? – Antonio
le quitó el vaso para llenarlo -. Venga, no seas tonta.
- Está Luis, Antonio…
- Dile que estás cansada, venga, anímate…

Realmente, estaba deseosa de pasar un rato con él, revivir la experiencia del pasado fin de semana. Dio media vuelta y se encaminó hacia la mesa donde Luis simulaba conversar con los amigos. Él les había espiado, había comprobado cómo su primo le susurraba algo al oído.

- Luis, me duele la cabeza, me voy a descansar, ¿vale?

Luis, aterrorizado, tragó saliva.

- Te acompaño.
- Quédate, no te preocupes, es temprano…

No le dio opciones a replicar, se giró con rapidez y se dirigió hacia el pasillo de la casa. Observó cómo su primo salía a su encuentro y se marchaban juntos. Los nervios y una oleada de celos le azotaron el corazón. Sonrió amargamente para disimular y se levantó como si fuera a servirse una copa. Se asomó al pasillo. Ambos se alejaban con presura. Su primo le había pasado la mano por la cintura como si fueran una pareja formal. Se detuvieron ante la puerta. Ambos llevaban una copa. Natalia sacó las llaves del bolso, abrió y entró seguida de su primo. Después oyó un portazo. El infierno resurgía en forma de temblores, los celos le aceleraron el corazón. Se puso a sudar, sintió frío en todo su cuerpo. Tuvo que sentarse. Uno de los amigos pasó por su lado y se percató de su rostro cabizbajo

- Tienes mala cara.

Sonrió amargamente.

- Estoy bien.
- ¿Y Natalia?
- ¿Qué? Es…Se ha ido… Estaba cansada.
- Alegra esa cara, caray.

Natalia y Antonio entraron en una pequeña sala. Encendieron una lámpara de luz tenue y pasaron directamente a la habitación. Antonio empujó la puerta y la dejó medio abierta. Era una estancia pequeña y sucia compuesta por un camastro estrecho, una pequeña tocadora, una mesita acristalada y un sillón bastante cómodo. Natalia se miró al espejo para retocarse el maquillaje. Antonio se despojó de la chaqueta y se quitó la corbata. Ella le observaba a través del espejo. No le quitaba ojo de encima. Luego se desabrochó la camisa y se la abrió hacia los lados para exhibir su pronunciada barriga y su pecho velludo. Le dio un sorbo a la copa. Ella se giró hacia él y se apoyó en el mueble.

- Estás muy elegante -. Se desabrochó el cinturón y se bajó la cremallera -. Estás tan buena. Me pones a cien.

Se bajó los pantalones y se quedó en boxer, un boxer negro y elástico. Natalia reparó en el bulto y en el relieve del pene echado a un lado. Precisó de un trago para serenar el ardor de su vagina. Antonio soltó el vaso y se bajó el boxer. Lo tiró con el pie y se dejó caer en el sillón con las piernas separadas. La verga iba empinándose, los huevos gordos le colgaban tambaleantes y flojos. Ella resopló, aún permanecía inmóvil con el vaso en la mano. La estaba poniendo muy cachonda, allí, desnudo, sólo con la camisa desabrochada. No apartaba la vista de aquel pene tan grandioso. Antonio se la sujetó y comenzó a masturbarse muy despacio mirándola con fijeza, como si la elegancia del vestido y del peinado fuera suficiente para complacerse.

- Antonio, esto no está bien, no podemos hacerle esto a Luis…
- Olvídate de ese maricón. Ven, acércate -. Ella soltó el vaso y dio unos pasos hacia él -. Bésame.


Deseosa de tocarle, se arrodilló entre sus piernas y apoyó las manos en sus muslos peludos acariciándolos con suavidad, desde las rodillas hasta las ingles. Antonio soltó el pene, se irguió y le agarró la cabeza con ambas manos para besarla con pasión. Ella le correspondió con la lengua. Antonio la soltó y acto seguido le abrió bruscamente el escote del vestido. Le dejó las dos tetas al descubierto, que se balancearon con el gesto. Las acarició palpándolas despacio, recreándose en los pezones, y volvió a reclinarse en el asiento para darle unos sorbos a la copa. En ese momento ella se echó hacia él para besarle la barriga. Le estampó unos besos y después deslizó la lengua por aquella piel áspera y grasienta. Pasó por encima del ombligo, llegó al vello del pecho y se puso a lamerle una de las tetillas. Sus tetas aplastaban el pene. Antonio contraía el culo para masturbarse con ellas. Natalia se incorporó, agarró la polla y se puso a sacudirla con agilidad. El glande golpeaba los pezones de sus tetas en algunas sacudidas.

- Chúpame los huevos…

Natalia se colocó a cuatro patas para lamerlos con más ansia. Abrió la boca y los mordisqueó sacudiéndole con la lengua para ensalivarlos. Él se irguió y tiró del vestido hacia la cintura, después extendió el brazo y le apartó la tira de la tanga hacia un lado dejándola con el culo al aire. Volvió a reclinarse y alzó las piernas. Natalia deslizó la lengua hacia abajo y comenzó a lamerle el ano con la punta de la lengua mientras él se masturbaba.

Luis, desolado, recorrió a paso lento el pasillo. Abrió despacio la puerta y accedió a la sala de estar. Vio la puerta del cuarto medio abierta. Descubrió a su mujer a cuatro patas, con el vestido subido, la tira de la tanga a un lado y el culo al aire, lamiendo el ano de su primo, olisqueando bajo los huevos como una perra. Retrocedió abordado por el pánico con la mano en la frente. Se mantuvo contra la pared hasta que les escuchó gemir escandalosamente. Se asomó de nuevo. Natalia se había desnudado por completo y permanecía sentada encima de su primo, abrazada a él, cabalgando sobre la verga, la que distinguía clavada en el coño, entrando y saliendo. Él le abría y le cerraba el culo y la ayudaba a menear la cadera. Las tetas golpeaban la cara de Antonio cada vez que saltaba. Cogían desquiciadamente.

Luis fue hasta la mesa camilla y tomó asiento de una de las sillas. Gimieron durante varios minutos, hasta que notó un jadeo profundo de Antonio. Cinco minutos más tarde, su primo salió de la habitación en busca de un cigarrillo. Luis alzó la vista hacia él con sus ojos sorprendidos. Iba desnudo, con la camisa abierta y sudando a borbotones. Llevaba la verga parada e impregnada de babas.

- Carajo, Luis, me has asustado, ¿qué haces ahí, hombre?

Luis sacudió la cabeza sin decir nada. Antonio se encendió el cigarrillo y regresó a la habitación. Enseguida salió Natalia. Cuando Luis levantó la vista la vio bajo el arco de la puerta. Se había puesto una fina bata color rojo sin abrochársela. Podía verle el coño y las dos tetas balanceándose.

- ¿Qué haces ahí? – le preguntó cerrándose la bata para cubrirse, como si él ya no tuviera derechos a verla desnuda.
- Yo te quiero, Natalia… – lloriqueó.

Natalia le observó durante unos instantes. Después dio media vuelta, entró en la habitación y cerró la puerta. Unos minutos más tarde se reanudaron los gemidos. Volvían a coger. Luis comprendió que todo se había terminado, que su historia de amor con Natalia llegaba a su fin. Había sido un cobarde y un imbécil. Tendría que vivir con los celos durante toda su vida. Abandonó la habitación con su vida rota. Llegó a casa, tomó sus cosas y se fue para siempre. Meses más tarde se enteró de que Natalia se había quedado embarazada y que convivía felizmente con su primo Antonio.

Fin.








Saludos.









Gejorotto.
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Jorge Alejandro Saavedra Flores

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