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El sistema actual se está descrebajando, estamos llegando al
límite de la paciencia. Creemos que tenemos que cambiar el estado de cosas,
pero la verdad es que casi nadie se atreve a realizarlo, estamos llenos de buenas
intenciones pero de nulas acciones.
Muchos
tienen poco y unos pocos tienen mucho (y quieren más). La desigualdad en México
es pan de todos los días y en el mundo, ni se diga. La crisis del capitalismo
afecta a la clase trabajadora. Ésta última se ha visto en la necesidad de
movilizarse (la que está consciente de su condición y de las condiciones que
imperan en este modelo económico) otros tantos ignorantes de su poder se
conforman con lo que les ha tocado. Y ganan con el sudor de su frente el
paupérrimo sueldo que les dará para medio comer.
La
polarización de la sociedad está llegando a un punto de quiebre en el que dos
brechas se separarán. Por un lado estará la clase más pudiente, la más rica, la
más oligarca y por el otro la clase trabajadora. Porque clase media, empieza a
desaparecer.
La
pregunta acá es: ¿Qué harán ambas partes, una vez que se dé ese punto de
quiebre y dividan ambos mundos, entrelazados por el capital?
México
es un país políticamente inestable, vive una guerra civil de baja intensidad
(las fosas comunes en que se han encontrado restos de huesos humanos, es la
prueba), la violencia no para. La corrosión de la sociedad está en su punto
culminante, en donde todos los ciudadanos ven a la corrupción como algo
“normal” parte de “nuestra cultura”. El odio social que tiene el mexicano y su
premisa del que: “El que no chingo, no chingo y el que no, se chingo” o “el que
no tranza no avanza” o el que “un político pobre, es un pobre político”.
Han
hecho estragos en los valores fundamentales en que se sostiene  una
sociedad verdaderamente democrática. Las instituciones se han corrompido y la
culpa no sólo es para los representantes y funcionarios que están trabajando
para hacer mover esas instituciones, sino del núcleo social, del que emanan los
individuos que darán forma a una sociedad, una organizada, democrática y
social.
La
pobreza es garantía de violencia, su hambre: votos garantizados para el partido
en turno.  El significado de la democracia es tergiversado cada vez más,
cada día, cada proceso electoral (que parece solo un show) y así se ha llevado
al Estado a ser esclavo del poderío capitalista, oligarcas que manejan la
economía mexicana. Le va bien a ellos, pero al resto lo mantienen ignorante,
hambriento y pobre para que su esquema perfecto de su sociedad perfecta no
caída, nunca y que los frutos del árbol sean exclusivos para ellos y nadie más,
porque la avaricia no tiene llenadera, es un barril sin fondo, nada la
satisface, nada la colma si no obtener más y más. Y así hasta el infinito.
Esta
clase es la más unida consciente de que debe permanecer unida y por ende tiene
claro cuáles son sus objetivos para mantener y retener el poder al costo que
sea.
La
que más me preocupa es la otra parte, la disgregada, la distraída, la
adiestrada, la rebelde, la domada, la ignorante, la que se conforma con futbol
y lo grita a los cuatro vientos. Esa a la que embrutecen por medio de la TV. La
diferencia de una con la otra es: la organización, ellos tienen partidos
políticos a su servicio, la otra parte se divide por esos mismos partidos,
porque ideología no hay, pero si colores y personas, pero ideas y razonamiento
no.
¿Qué
hará ésta sociedad mexicana? ¿Seguir creyendo en la farsa electoral? ¿Ir a las
urnas para dividir su voto? Porque crean o no, la mediocridad de la gente en la
política es muy visible, siguen al candidato de sensación, pero no veo que se
detengan a analizar y razonar las “propuestas” que “ofertan” (si es que a eso
se le puede llamar propuestas) son una tomada de pelo, lo mismo de siempre, la
misma terapia, nos tienen trabados con el “ahora sí” “si se puede” y al final
nunca se pudo.

Para reflexionar.
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